Murió el Indio Solari

La voz que no tenia dueño

Carlos Alberto Solari, el Indio, murió esta mañana a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Se fue el hombre que construyó, sin proponérselo, la religión popular más grande del rock argentino.

Hay artistas que hacen canciones. Hay artistas que hacen historia. Y hay, muy de vez en cuando, uno que hace todo eso y además construye un mundo: una cosmogonía, una tribu, un lenguaje propio. 

El Indio Solari era ese tercero, ese caso único. Esta mañana, con el frío quieto del invierno porteño, ese mundo perdió a su creador.

Nació el 17 de enero de 1949 en Paraná, Entre Ríos, pero fue en La Plata donde se transformó en el mito. La ciudad de las diagonales y los vientos lo formó, lo politizó, lo hizo. Allí, en 1976 -el mismo año en que la Argentina se hundía en su noche más oscura- fundó junto a Skay Beilinson la banda que cambiaría para siempre el curso del rock nacional: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

No había nada casual en ese nombre. La elección de un nombre ridículo, de un rey de utilería, era ya un manifiesto: seriedad en lo periférico, subversión en lo absurdo, profundidad disfrazada de carnaval. Los Redondos nacieron en sótanos platenses, circularon en cassettes copiados a mano, crecieron de boca en boca en una época sin internet, sin algoritmos, sin ninguna plataforma que no fuera el murmullo urgente entre amigos.

El Parkinson me anda pisando los talones, pero yo lo voy corriendo de adelante.

El poeta del margen

Hay poetas que escriben desde el centro del poder. El Indio escribió siempre desde el margen, desde el costado, desde el ángulo que los demás no miraban. Su lírica era una arquitectura improbable de surrealismo lunfardo, referencias cultas y metáforas callejeras. Podía citar a Rimbaud y a la vez capturar el olor de una villa miseria con una sola imagen. Eso no se aprende: se tiene o no se tiene.

Sus canciones no venían con manual de instrucciones. "Jijiji", "La bestia pop", "Hablando de la generación perdida", "Vencedores vencidos": cada título era una puerta sin cerradura que cada oyente abría a su manera. El Indio nunca explicó sus letras. Esa negativa -que algunos leían como soberbia- era en realidad el mayor regalo que podía hacerle a su público: la dignidad de la interpretación propia.

La mística: una religión sin templos fijos

Lo que los Redondos generaron no fue simplemente una base de fans: fue una comunidad de pertenencia. Los "ricoteros" -como se llamaron a sí mismos con orgullo- construyeron una identidad que cruzaba clases sociales, provincias, generaciones. Una bandera naranja en una autopista, una estrella de cinco puntas pintada en una pared, una cita de una canción en la conversación: eran las contraseñas de una hermandad tácita.

El Indio nunca dio entrevistas en los medios masivos. No salía en televisión. No aceptaba que lo filmaran en los recitales. Esa distancia estratégica alimentó la leyenda de manera exponencial. Mientras el mundo del espectáculo mostraba sus costuras, él elegía el misterio. Y el misterio, en el imaginario popular, vale más que cualquier nota de prensa.

Sus recitales no eran shows: eran rituales. La espera de horas, a veces bajo la lluvia, en estadios repletos, formaba parte del ceremonial. Cuando el Indio aparecía en el escenario -siempre tarde, siempre con cierto aire de dios distraído- el rugido de la multitud tenía una temperatura distinta a la de cualquier otro concierto de rock. Era algo más antiguo, más visceral.

Ya no tengo ganas de seguir siendo un artista que está peleando en el escenario. El Indio ya cumplió su tiempo.

- Carlos Solari, 2023, anunciando su retiro definitivo de los escenarios

La soledad elegida y el silencio productivo

Cuando los Redondos se disolvieron en 2001, muchos dieron por terminada la historia. Se equivocaron. El Indio siguió, a su ritmo imperturbable, con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Siguió convocando multitudes que desafiaban la lógica del mercado musical: sin sencillo radial, sin presencia en MTV, sin campaña de marketing, llenaba estadios que otros artistas soñaban.

En 2016, ante 70.000 personas en Tandil, confesó que el Parkinson le pisaba los talones. Lo dijo sin patetismo, con la misma actitud de costado que había caracterizado toda su carrera. La enfermedad fue avanzando, y en 2023 anunció su retiro definitivo de los escenarios. Siguió haciendo música hasta el final, aunque ya no para el directo. "El Mister no tiene vocación de directo", dijo, con esa tercera persona que usaba para referirse a sí mismo como si hablara de otro.

Murió esta mañana en su casa de Parque Leloir, Ituzaingó, con 77 años. A su lado, el silencio que él mismo había elegido como hábitat natural.

El legado que no necesita epitafio

El rock argentino tiene varios panteones. Está el de los pioneros -Almendra, Manal, Los Gatos-, el de los que le pusieron cuerpo en la dictadura -Charly García, Spinetta-, el de los que masificaron el género en los ochenta. El Indio Solari ocupa un rincón solo, inaccesible a las comparaciones. Lo que construyó no tiene equivalente local ni fácil espejo internacional.

No es solo música lo que deja. Deja un modo de entender la relación entre un artista y su público: basada en el respeto mutuo, en la negativa al espectáculo fácil, en la insistencia de que el arte popular puede ser también complejo, exigente, inagotable. Deja una prueba de que se puede ser masivo sin ser masticable.

Sus canciones van a seguir sonando en los autos a las tres de la mañana, en los asados, en los estadios donde algún cover le rinde homenaje. Van a seguir apareciendo en paredes, en tatuajes, en conversaciones que empiezan con "¿vos escuchás al Indio?". 

Esa pregunta, que durante décadas funcionó como reconocimiento entre pares, ahora tendrá una carga nueva: la de quienes lo alcanzaron en vida y la de quienes llegan demasiado tarde.

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