Por Belina Yuffrida

Cómo se forma un femicida: el rol de la crianza en el fenómeno incel que nadie quiere ver

¿Qué son los incels y por qué preocupan? Del caso Florencia Peña a la serie Adolescencia de Netflix: cómo estos grupos radicales afectan a jóvenes vulnerables y qué pueden hacer las familias.

Hay una pregunta incómoda que la serie Adolescencia de Netflix puso sobre la mesa y que el caso de Florencia Peña volvió a instalar en los hogares argentinos: ¿cuándo empieza todo?

No en el momento del crimen. No en la adolescencia tardía. Mucho antes.

El detonante que abrió el debate

Hace algunas semanas, Florencia Peña participó en un programa de streaming junto a su hijo de 8 años. Contó una anécdota sobre una compañera de escuela que le gustaba al nene. Nada extraordinario. Pero la periodista Laura Ubfal tomó el comentario y sugirió que ese tipo de discursos podía estar fomentando conductas asociadas al universo incel.

 Aislamiento y cambios bruscos de humor, una de las señales de alarma

La respuesta de Peña fue inmediata: su hijo tiene 8 años, las etiquetas sobran.

Sin embargo, más allá del cruce mediático, algo quedó flotando: ¿qué son exactamente los incels y por qué tantos especialistas advierten que el problema empieza antes de lo que imaginamos?

La serie que expuso lo que muchos preferían no ver

Adolescencia es una de las producciones más impactantes que llegó a Netflix en los últimos meses. La historia sigue a Jamie, un chico de 13 años acusado de matar a una compañera de escuela.

Lo perturbador no es el crimen en sí. Es el camino que lo llevó hasta ahí.

A lo largo de los episodios, la serie muestra cómo ciertos espacios digitales se convierten en refugio para jóvenes que se sienten solos, rechazados o invisibles. Y cómo esos mismos espacios, poco a poco, transforman la frustración en odio.

La ficción incomoda porque no habla de monstruos. Habla de chicos comunes.

¿Qué es un incel y por qué debería importarte?

La palabra incel viene del inglés involuntary celibate: célibe involuntario. En su origen, describía simplemente a personas que querían tener vínculos afectivos o sexuales y no lo lograban.

Aislamiento y cambios bruscos de humor, una de las señales de alarma

Pero el término mutó. Hoy identifica a comunidades virtuales que comparten una visión profundamente negativa hacia las mujeres y las relaciones de pareja. Espacios donde la frustración personal se convierte en resentimiento colectivo y donde ese resentimiento, en los casos más extremos, deriva en violencia.

 Hablar sobre ello sin ridiculizar ni juzgar, fundamental
 Hablar sobre ello sin ridiculizar ni juzgar, fundamental

Lo que hace especialmente peligroso al fenómeno no son las ideas en sí mismas, sino la velocidad con la que pueden encontrar eco en un adolescente que se siente solo.

El origen más sorprendente de la historia

Pocos lo saben, pero el concepto nació en los años 90 de la mano de una joven canadiense llamada Alana. Creó una comunidad virtual con una intención genuinamente noble: que personas que se sentían solas pudieran compartir sus experiencias sin ser juzgadas.

Décadas después, esos mismos espacios se convirtieron en algo completamente diferente. Foros donde se culpa a las mujeres de los fracasos relacionales de los hombres. Comunidades donde se construyen teorías basadas en la desigualdad, el rechazo y la venganza.

La misma idea que nació para contener terminó, en muchos casos, amplificando el daño.

Por qué la crianza importa más de lo que creemos

Los especialistas en género, salud mental y educación coinciden en un punto: el riesgo no está solo en internet.

Detrás de cada joven que encuentra en estas comunidades un lugar de pertenencia hay una historia previa. Soledad. Falta de modelos de masculinidad saludables. Dificultad para procesar el rechazo. Ausencia de adultos que acompañen emocionalmente.

Los patrones que más preocupan a los expertos son concretos: culpar a las mujeres por los propios fracasos afectivos, construir la identidad en torno al resentimiento, naturalizar el enojo como respuesta válida al rechazo, rechazar a otros hombres considerados más exitosos y aceptar el discurso violento como algo normal.

Cuando un adolescente vulnerable encuentra un espacio que valida exactamente eso que siente, la radicalización puede ser más rápida de lo que cualquier padre imagina.

Lo que las familias pueden hacer hoy

Prevenir no significa controlar cada pantalla ni prohibir el acceso a internet. Significa algo más difícil y más importante: construir vínculos donde los chicos puedan decir lo que sienten sin miedo a ser juzgados.

Los especialistas subrayan tres pilares fundamentales. El primero es hablar de emociones desde temprano, enseñando que la frustración y el rechazo son parte de la vida y que no justifican el odio hacia otros.

El segundo es promover el pensamiento crítico frente a los contenidos digitales, ayudando a los chicos a identificar discursos que normalizan la violencia o la discriminación. 

El tercero es estar presente, porque los jóvenes que tienen adultos disponibles emocionalmente son menos vulnerables a buscar contención en comunidades tóxicas.

El fenómeno incel no es un problema exclusivamente digital. Es, en muchos casos, el síntoma de algo que empezó mucho antes: en la mesa familiar, en el aula, en los modelos de masculinidad que se transmiten sin que nadie los cuestione.

La buena noticia es que también ahí, en esos mismos espacios, está la posibilidad de cambiarlo.



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