Walter Bressia: “Si todo sigue bien, vamos a tener una cosecha excelente y vinos espectaculares”
Como en tantos otros veranos, febrero vuelve a ser un mes desafiante para Walter Bressia. Y lo vive con la pasión de quienes aman lo que hacen. Ya arrancaron los tiempos de cosecha y pasa horas yendo y viniendo de su bodega, ubicada en el corazón vitivinícola de Agrelo, Luján de Cuyo. Por una parte, …
Raúl Pedone
Como en tantos otros veranos, febrero vuelve a ser un mes desafiante para Walter Bressia. Y lo vive con la pasión de quienes aman lo que hacen. Ya arrancaron los tiempos de cosecha y pasa horas yendo y viniendo de su bodega, ubicada en el corazón vitivinícola de Agrelo, Luján de Cuyo. Por una parte, imagina los vinos por nacer este 2026. Por otro, ultima detalles del tradicional Agasajo de las Bodegas, que desde hace años forma parte de la agenda oficial de la Fiesta Nacional de la Vendimia, y a la que asiste en su calidad de presidente de Bodegas de Argentina.
Aun con tantas exigencias, se toma un momento para analizar el presente y el futuro de la industria emblemática de Mendoza. Nieto de un viñatero siciliano e hijo de un tonelero, en cada botella rinde homenaje tanto a su familia como a su tierra. Pero en esa copa agrega, al mismo tiempo, a las nuevas generaciones. Un factor de degustación hoy imprescindible para encarar un mundo y una industria en plena etapa de transformaciones.
— La historia nos enseña que cada cosecha es un mundo. Por encima de los lamentos habituales, ¿cómo viene realmente la vendimia 2026?
— Es una de las grandes cosechas. El tiempo está acompañando y las lluvias de enero no afectaron en absoluto. De hecho, las tormentas llegaron en un momento que no es peligroso. Si nos mantenemos con estas condiciones normales, con calor y sin tantas lluvias, terminaremos con un resultado excelente. Las uvas que están ingresando a las bodegas, como las bases de espumantes, el Pinot Noir y el Chardonnay, están espectaculares.
— Sería una mejora en calidad y en cantidad.
— Sí, hay un poco más de uva que el año pasado. Las estimaciones hablan de entre un 3% y un 4% de aumento. En cuanto a la calidad, es similar a la de la temporada anterior, aunque hay que esperar a que termine la cosecha y ver cómo se comporta el tiempo. Pero por lo que vemos, viene muy bien.
Walter Bressia y el rol del INV
— El país sostiene un fuerte debate sobre la desregulación de la economía. Y el Gobierno nacional puso la lupa sobre el vino. Aplicó cambios en el Instituto Nacional de Vitivincultura (INV) y eliminó normativas burocráticas. ¿Cómo ha impactado esto en la práctica?
— En Bodegas de Argentina, ya en el discurso del año pasado, planteamos que el Instituto debía modernizarse. Había una cantidad de resoluciones que trababan la actividad y generaban costos innecesarios. Creemos que gran parte de lo que aplicó el Gobierno nacional con la desregulación del INV es muy positivo. Lo apoyamos desde el primer momento porque facilita mucho la tarea. Las resoluciones que se dieron de baja flexibilizan la actividad.
— ¿Podría dar un ejemplo concreto de cómo esta flexibilización ayuda al bodeguero?
— Vemos con muy buenos ojos que los controles se hagan de la bodega hacia afuera. Lo que realmente debe preocupar es que el producto llegue al consumidor como tiene que llegar. Los controles internos, como inventarios físicos y tomas de muestras constantes durante la vendimia, nos parecen obsoletos. Hoy todo eso se puede controlar perfectamente de forma digital e informática sin necesidad de un seguimiento físico tan estricto dentro de la bodega.
— Bajo este nuevo esquema, ¿a qué quedaría limitado el rol del INV?
— Al control del producto final. Es fundamental que se fiscalice la aptitud del vino que llega a la góndola. Por otro lado, el instituto seguirá emitiendo los análisis de libre circulación y de aptitud de exportación, porque es un ente muy reconocido y respetado a nivel internacional. Su función, limitada a estos controles estratégicos, es muy buena.
— La búsqueda de eficiencia invita a diversificar. Aparecen productos como el vino sin alcohol o bebidas más livianas para captar a los jóvenes. ¿Cómo ve estas tendencias un bodeguero “de raza” como usted, u otros que se aferran al vino tradicional desde hace décadas?
— Son decisiones empresariales. Lógicamente, antes de elaborar un producto así, se debe realizar un estudio de mercado. Creo que va a haber una convivencia entre los vinos tradicionales y estos nuevos productos. Hay consumidores potenciales que no se animan al vino porque no lo entienden o porque les preocupa la graduación alcohólica y los controles de alcoholemia. Diversificar es bueno para la actividad; es una forma de ofrecer algo nuevo a nuevos consumidores.
— ¿Es una alternativa costosa de producir?
— Los equipos para desalcoholizar no son accesibles, son bastante costosos. Sin embargo, hay empresas que ya lo están haciendo, incluso con espumantes sin alcohol o de bajo alcohol que están siendo exitosos. Me parece que en los espumantes es donde se logra un producto más agradable y similar al vino original, más que en los vinos tranquilos.
— En el último tiempo se conoció que algunas bodegas de renombre atraviesan problemas financieros graves. ¿Es una crisis puntual de esas empresas o es un síntoma que debe alertar a toda la industria?
— Sostengo que son problemas limitados a cada empresa. Quizás son situaciones que vienen de antes y salen a la luz ahora porque se suma una caída en el consumo que acelera los procesos negativos. Pero no es algo generalizado. Hay muchas bodegas que funcionan muy bien, que son exitosas y que incluso crecen en exportaciones. En el mercado interno, las bodegas han venido absorbiendo la merma del consumo resignando rentabilidad para no perder espacio.
— ¿Será un año de supervivencia para el sector? Suena dramático, pero el contexto luce difícil.
— Será una temporada compleja. Venimos de dos años donde la economía argentina se está reacomodando y eso exacerbó la caída del consumo. Lo veo estrictamente por el lado del bolsillo: frente a la necesidad de elegir entre una botella de vino o un producto de primera necesidad, lógicamente se resigna el vino. Eso pasará hasta que el bolsillo se empiece a acomodar, que es lo que lentamente está ocurriendo.
— Menciona que el bolsillo manda, pero también se observa una recuperación del salario en dólares respecto a meses anteriores. ¿Esto permite proyectar un alivio para el mercado interno?
— Estimamos que ese curso va a seguir. Aunque pensamos que será un año complejo, notamos que puede haber un leve crecimiento en el mercado interno. Hay que ser cautos, pero este reacomodamiento de la economía se va estabilizando y nos vamos adaptando al nuevo modelo.
— Durante un brindis de Wines of Argentina, todos coincidieron en que era el momento justo para que las bodegas “se miraran hacia adentro y revisaran su eficiencia.
— Coincido plenamente. Soy de los que piensan que en los momentos difíciles es cuando hay que hacer los cambios. Es un momento para mejorar la productividad sin perder la calidad; al contrario, hay que seguir apostando por subir la vara, que ya de por sí es muy alta en el vino argentino. En mi empresa, por ejemplo, hemos realizado inversiones incorporando equipos para mejorar la calidad y la eficiencia. La vitivinicultura siempre ha salido adelante de momentos duros porque es una actividad expuesta al clima, al granizo y a las heladas; estamos acostumbrados a adaptarnos y este año no será la excepción.
— Respecto al mercado externo, ¿qué impacto espera del reciente acuerdo con Estados Unidos?
— Aunque la reacción no sea inmediata, es muy beneficioso. Siempre hemos competido en desigualdad de condiciones arancelarias frente a países como Chile, que tenía arancel cero. Hoy, con los nuevos esquemas, quedaríamos en mejores condiciones que los vinos europeos, que enfrentarán aranceles de entre el 18% y el 20%. Eso mejora sustancialmente la posición argentina en Estados Unidos.
— Aun así, la carga fiscal interna sigue siendo el gran reclamo hacia la macroeconomía nacional.
— Por supuesto. Nosotros hacemos el esfuerzo desde la industria, pero necesitamos que el Gobierno haga su parte. Estamos esperanzados en una ley laboral que mejore las condiciones actuales y en una baja de impuestos. Una botella de vino en góndola tiene un 46% de carga impositiva. Es una cifra muy fuerte que nos resta competitividad. Bajar esos valores nos permitiría reducir costos y llegar al consumidor con un producto más accesible.
— A nivel provincial, parece haber un cambio de paradigma: se está terminando la mirada del “Estado papá” que auxiliaba ante cada contingencia climática. ¿Cómo afecta esto a las bodegas, especialmente a las más chicas?
— Es un tema recurrente. Lo ideal es que cada uno pague un seguro y pueda valerse de él ante una granizada o una helada. No es sano que la actividad pretenda que el Gobierno ponga siempre los fondos para salvar el año. Eso es parte de una madurez necesaria. Debe haber una transición gradual. El modelo de San Rafael con los aviones de lucha antigranizo y el esquema de seguros conjuntos es el camino: un acompañamiento equilibrado donde no todo recaiga en un solo lado.
— El enoturismo, que tuvo años dorados, parece haber entrado en una meseta. ¿Cómo se recupera ese auge?
— Se está recuperando de a poco. El turismo extranjero, que venía favorecido por el tipo de cambio, está regresando, pero lo más interesante es la fuerte participación del turismo nacional, que antes prácticamente no existía. También están volviendo los brasileños. Ya para esta Vendimia hay muchas reservas en bodegas y restaurantes. Es un camino que se está retomando.
— ¿Está de acuerdo con las tarifas diferenciadas para turistas nacionales y locales?
— Sí, por supuesto. El nivel de ingresos de un visitante local no es el mismo que el de un extranjero. Muchas bodegas asociadas a Bodegas de Argentina ya trabajan con tarifas diferenciadas, incluso para los mendocinos. Es una buena fórmula para reactivar el sector.
— Usted suele mencionar a sus hijos. La vitivinicultura siempre mira al pasado, a los abuelos inmigrantes, pero hoy hay muchos jóvenes en el sector. ¿Cómo ve el futuro en sus manos?
— Los jóvenes viven otra etapa, pero traen una energía y una visión necesaria. El desafío es combinar esa herencia y ese respeto por la historia con la innovación que ellos proponen. Veo un futuro de mucho crecimiento porque la juventud viene con una mentalidad más abierta hacia los nuevos mercados y las nuevas formas de consumo.
Del abuelo a los hijos
— Sin menospreciar la “era fundacional” de la vitivinicultura, llegó el tiempo de las nuevas generaciones.
— Sí, veo a los jóvenes muy profesionales. Tienen una visión muy clara sobre los procesos y la sustentabilidad de las empresas, con una formación técnica muy sólida. Creo mucho en su capacidad y en su futuro. Esta es una actividad que, como decía Rothschild (el barón Philippe, que revolucionó la primera mitad del siglo pasado la industria vitivinícola de Francia y Europa, con nuevos métodos de embotellado y marketing) , requiere tiempo y pasión No genera riqueza de forma inmediata. Es algo más pasional que material, porque implica reinvertir permanentemente en viñedos y bodega con el único objetivo de lograr mejores vinos.
— Algo que los jóvenes de hoy, acostumbrados a la inmediatez, deben aprender a procesar.
— Exacto. Quizás no es la actividad que les dará los resultados que un joven espera de forma instantánea. Por eso hay que tomarlo desde el amor por lo que se hace. Los chicos que hoy están en la bodega lo sienten así y eso me da mucha confianza.
— Además, usted tiene la suerte de que sus hijos siguen en el rubro, algo que no siempre ocurre en las familias bodegueras.
— Mis hijos han participado del proceso desde que empezaron a caminar. Con mi esposa los llevábamos a la bodega los fines de semana de vendimia. Les hacíamos probar el jugo de uva o jugábamos en el laboratorio a cambiar los colores de las soluciones. Hemos transmitido ese espíritu de forma natural, por lo que su continuidad en el trabajo no fue algo forzado ni llegaron como “paracaidistas”. Hoy son cinco los que trabajan con nosotros, incluido un yerno, que es un hijo más. Me da mucha tranquilidad escucharlos y ver cómo proyectan la empresa a futuro.
— Con tanta experiencia acumulada, ¿es un papá que escucha los consejos de sus hijos?
— Sí, charlamos mucho. Tenemos reuniones todas las semanas para hablar puntualmente del trabajo. Cada uno expone su área y sus ideas para mejorar. Eso nos hace crecer a todos. Yo trato de aportar la experiencia para ir por un camino más seguro, pero sin frenar ese entusiasmo por el crecimiento. Los escucho mucho.
— Si tuviera que recomendar a los lectores de Mendoza Today uno o dos vinos de su bodega para este momento, ¿cuáles elegiría?
— Tenemos una línea joven que se llama Silvestre, donde mis hijos tuvieron una participación prácticamente total. El Sauvignon Blanc de esa línea está espectacular y el Malbec también. Pero si tengo que sugerir uno que me sigue movilizando, es el Profundo. Fue nuestro primer vino, el primero que llevó nuestro apellido y con el que empezamos a trabajar en familia. Se ha ganado un lugar muy especial.
— ¡Y no se olviden del Cabernet! Un varietal -ha dicho recientemente- que por legado familiar, merece una reivindicación
— Es verdad. A mi papá le encantaba el Cabernet. En aquella época no se distinguía tanto entre el Sauvignon o el Franc, pero eran esos vinos de damajuana muy buenos. Con la ola del Malbec, el Cabernet quedó un poco de lado, en parte por sugerencia de los críticos extranjeros que decían que Argentina debía identificarse con el Malbec para diferenciarse de Francia o Estados Unidos. Pero hoy creo que esa cultura está volviendo. El Cabernet Franc está dando notas excelentes y hay una reivindicación de la variedad con la que estoy muy de acuerdo.