Crónicas Menducas: Carlos Alonso, el pintor de la memoria
En el arte argentino hay nombres que trascienden el talento para convertirse en conciencia. Uno de ellos es, sin dudas, el mendocino Carlos Alonso: pintor, grabador y dibujante, nacido en Tunuyán el 4 de febrero de 1929 —aunque algunas versiones ubican su origen en la zona de Capacho, en San Carlos, al otro lado del …
En el arte argentino hay nombres que trascienden el talento para convertirse en conciencia. Uno de ellos es, sin dudas, el mendocino Carlos Alonso: pintor, grabador y dibujante, nacido en Tunuyán el 4 de febrero de 1929 —aunque algunas versiones ubican su origen en la zona de Capacho, en San Carlos, al otro lado del río.
Su formación comenzó temprano. En 1944 ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi en dibujo, Francisco Bemareggi y Ramón Gómez Cornet en pintura, y Lorenzo Domínguez en escultura. Muy pronto llegarían las primeras exposiciones y reconocimientos, iniciando una carrera que lo llevaría desde Mendoza al mundo.
En Tucumán estudió con Lino Enea Spilimbergo —figura clave en su desarrollo— junto a Víctor Rebuffo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay. Luego vendrían Buenos Aires, Europa y una intensa trayectoria internacional que lo posicionó entre los grandes artistas argentinos. Expuso en galerías y museos de América, Europa y Asia, ilustró obras fundamentales de la literatura —de Cervantes a Borges, de Neruda a Hernández— y obtuvo, entre otros reconocimientos, el Premio Konex de Platino en dos ocasiones.
Pero esa es apenas una parte de su historia.
Carlos Alonso es mucho más que una biografía brillante. Es un artista atravesado por la historia argentina en su dimensión más dolorosa.
Tuve el privilegio de conocerlo, de entrevistarlo y de compartir momentos con él en Mendoza, en los años posteriores a su exilio. Llegaba con esa mezcla de sabiduría y tristeza que sólo tienen quienes han visto demasiado. Lo conocí a través de mi querido amigo y maestro Fernando Lorenzo, con quien Alonso mantenía una relación entrañable. Aún conservo como tesoro aquel libro, Tránsito, con una viñeta suya.
El trágico suceso de la desaparición de su hija marcó profundamente al artista y a su obra, impulsándolo a exiliarse y a crear series como “Manos anónimas” para expresar el horror de la violencia y la pérdida, y para honrar la memoria de ella y de tantas otras víctimas.
Paloma Alonso, Era maestra jardinera y alfabetizadora, nacida en 1956. Fue secuestrada por el accionar represivo de la dictadura militar en 1977, cuando tenía 21 años.
El impacto en Carlos Alonso por su hija y las amenazas que recibió lo llevó a un exilio temporal y a un largo período de duelo. Su obra se convirtió en un testimonio de la brutalidad y el dolor de esa época.
Ese dolor lo empujó al exilio y transformó profundamente su obra.
El trágico suceso de la desaparición de su hija marcó profundamente al artista y a su obra, impulsándolo a exiliarse y a crear series como “Manos anónimas” para expresar el horror de la violencia y la pérdida, y para honrar la memoria de ella y de tantas otras víctimas.
Paloma Alonso, Era maestra jardinera y alfabetizadora, nacida en 1956. Fue secuestrada por el accionar represivo de la dictadura militar en 1977, cuando tenía 21 años.
El impacto en Carlos Alonso por su hija y las amenazas que recibió lo llevó a un exilio temporal y a un largo período de duelo. Su obra se convirtió en un testimonio de la brutalidad y el dolor de esa época.
Desde entonces, Alonso pintó como quien denuncia. Como quien no puede callar. Series como Manos anónimas —realizada entre 1981 y 1991— son un grito visual contra la violencia, la tortura y la desaparición. También lo son trabajos como Tormentos o Milicos, donde la crudeza no deja lugar a la indiferencia.
Su obra oscila entre la alegoría y un realismo feroz. Predomina la línea, el dibujo, la figura humana desgarrada. Hay en ella una insistencia temática deliberada: los mismos fantasmas reaparecen, una y otra vez, como si la memoria se negara a ser enterrada.
Alonso dialoga con la historia, con otros artistas y con los símbolos. En sus trabajos conviven Van Gogh, Spilimbergo, Borges o el Che Guevara, pero siempre atravesados por su mirada: crítica, incómoda, profundamente humana.
Su compromiso social no es un gesto: es el núcleo de su obra.
Por eso, contar con el Museo Carlos Alonso – Mansión Stoppel en Mendoza no es un dato menor. Es un acto de justicia cultural. Inaugurado en 2018 en la antigua residencia de Luis Stoppel, el museo no sólo preserva parte de su legado, sino que permite que nuevas generaciones se enfrenten a una obra que interpela, incomoda y obliga a mirar.
Porque Carlos Alonso no pintó para decorar paredes.
Alonso ha recibido en dos ocasiones el Premio Konex de Platino (1982 y 1992) como el mejor Dibujante de la década de la Argentina y en 2012 recibió el Premio Konex Mención Especial a la Trayectoria de las Artes Visuales por su trabajo de toda su vida.
Se consignan 102 exposiciones individuales y 112 colectivas: su obra recorrió, además de todo el país, las principales capitales americanas y europeas y llegó a Saigón, Tokio y Kioto, entre otras ciudades asiáticas. Cervantes, Viñas, Borges, Neruda, Lugones y José Hernández son algunos de los autores de los 36 libros que ilustró.
Carlos Alonso pinta para que no olvidemos.


