Las redes (anti) sociales: un modelo económico que nos enferma
Estas líneas surgen a raíz de una nota que escuché hace unos días en Radio France, tras la prohibición del uso de celulares en los colegios de Francia, una medida que refleja la creciente preocupación por los efectos de las pantallas en la educación y la salud mental. De hecho, los franceses debaten si la …
Estas líneas surgen a raíz de una nota que escuché hace unos días en Radio France, tras la prohibición del uso de celulares en los colegios de Francia, una medida que refleja la creciente preocupación por los efectos de las pantallas en la educación y la salud mental.
De hecho, los franceses debaten si la medida se puede hacer extensiva hasta los 15 años y también al uso de redes sociales en general (no solo dentro de los establecimientos educativos). Los padres nos preocupamos y hasta el momento hemos tenido que ser los pioneros en esta lucha de intereses internos a las familias.
La clave: el acuerdo
Estas medidas nos legitiman justamente en la generación de acuerdos de uso de celulares y de pantallas con nuestros hijos siendo que nosotros como adultos también tenemos comportamientos de consumo compulsivo. El argumento del uso y costumbre “¿todos lo hacen, todos lo tienen y por qué yo no?” o nuestro mal ejemplo al menos queda por fin expuesto como trapitos al sol de la ciencia.
Cada vez está más claro que las redes sociales no son espacios de vinculación genuina, sino plataformas diseñadas para maximizar ganancias a través de la captación y monetización de nuestros datos, de nosotros como producto. Su objetivo no es informarnos ni fomentar el intercambio de conocimientos, sino retener nuestra atención el mayor tiempo posible.
Quiero más… dopamina
Para lograrlo, emplean mecanismos basados en sistemas de recompensas intermitentes (likes, seguidores, visualizaciones) que activan circuitos de dopamina en el cerebro, afectando especialmente a jóvenes, cuya capacidad de autorregulación aún está en desarrollo. Expertos de educación y de salud confirman que esta exposición prolongada altera la función ejecutiva y la atención sostenida, habilidades clave para el aprendizaje y la toma de decisiones.
Como advierte el presidente de ARTE France, Bruno Patino, estamos inmersos en una “civilización de los peces rojos”: nuestra capacidad de concentración se reduce a intervalos cada vez más breves, similares a los 8 segundos de memoria de estos animales. La neuróloga Servane Mouton (en su obra “Pantallas: un desastre sanitario”) alerta sobre los efectos físicos y cognitivos de las pantallas: desde la epidemia global de miopía hasta el aumento de trastornos del sueño y sedentarismo, vinculados a riesgos cardiovasculares y diabetes.
El problema no es la tecnología en sí, sino el modelo económico extractivista que prioriza el “tiempo de pantalla” sobre el bienestar. Plataformas como TikTok o Instagram replican la lógica tradicional de la televisión o de las máquinas tragamonedas —perseguir ratings— pero con algoritmos que personalizan la adicción a nuestra medida.
La falta de regulación permite que estos sistemas parasiten nuestra vida cotidiana, modificando comportamientos sociales y dañando la salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda limitar el uso de pantallas para menores, basándose en evidencia que vincula su uso excesivo con problemas de desarrollo cognitivo y emocional.
¿Es posible regularlo?
Algunas voces proponen rediseñar los algoritmos para limitar su poder adictivo: por ejemplo, eliminando los likes públicos (como hizo Instagram en 2019 para usuarios menores) o incorporando advertencias sobre uso prolongado. Sin embargo, las soluciones más efectivas surgen desde la sociedad civil. Un caso ejemplar es el Pacto Parental de Mendoza, una iniciativa donde familias acuerdan retrasar el acceso a redes sociales y limitar el uso de celulares en niños.
Su manifiesto —disponible en pactoparental.org— demuestra que la resistencia es posible: “No se trata de privar libertades, sino de proteger infancias”.
La batalla contra el consumo desmedido de pantallas no es técnica, sino política y cultural. Requiere regulaciones claras y, sobre todo, educación crítica desde las familias y las escuelas. Las generaciones criadas con smartphones muestran niveles sin precedentes de soledad, insatisfacción, ansiedad, descontento y de acosos.
La pregunta urgente es: ¿estamos dispuestos a pagar el precio de este experimento social que nos explotó en las manos sin controles? Por lo pronto, empecemos por informarnos y por formarnos para cuidarnos y defendernos.


