La última ronda de Taty Almeida
La docente y activista por los derechos humanos tenía 95 años. Estaba internada y acompañada por su familia.
La muerte de Taty Almeida cierra una de las páginas más dolorosas y heroicas de la historia argentina. Con ella se va una generación de mujeres que, frente al terror de la dictadura, decidieron enfrentar al poder cuando casi nadie se animaba a hacerlo.
Pero su desaparición física ocurre en un momento particular. La discusión sobre los derechos humanos ha vuelto al centro de la escena pública. Lo que parecía un consenso consolidado después de cuarenta años de democracia hoy vuelve a ser objeto de debate político, revisión histórica y confrontación ideológica.
Taty nunca ocultó sus posiciones. Tampoco aceptó la neutralidad frente a los crímenes de la dictadura. Para ella no había medias tintas: el terrorismo de Estado fue una tragedia que debía ser recordada para que nunca más se repitiera.
Su historia personal explica esa convicción. La desaparición de su hijo Alejandro en 1975 la transformó para siempre. Aquella mujer proveniente de una familia vinculada a las Fuerzas Armadas terminó convirtiéndose en una de las voces más potentes en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia.
Sin embargo, reducirla solamente a una madre que buscó a su hijo sería injusto. Taty fue también una dirigente política en el sentido más noble del término. Comprendió que el dolor individual sólo podía encontrar sentido si se transformaba en una causa colectiva. Por eso siguió marchando, denunciando y participando de la vida pública hasta sus últimos días.
Su muerte obliga a una reflexión que trasciende las simpatías partidarias. Una democracia madura necesita discutir su pasado, pero no puede hacerlo desde el olvido. Puede debatir interpretaciones, responsabilidades y contextos históricos, pero no puede negar el sufrimiento de miles de familias ni relativizar el horror de la desaparición forzada de personas.
Las Madres de Plaza de Mayo fueron, probablemente, la expresión moral más poderosa que produjo la Argentina en el siglo XX. Taty Almeida formó parte de esa generación irrepetible. Mujeres comunes que se volvieron extraordinarias porque decidieron no callarse.
Hoy la Argentina despide a una de ellas. La memoria colectiva deberá hacerse cargo de la posta. Porque las personas mueren. Las causas, cuando son justas, sobreviven.


