Nicolás Sanz

De los bolsos a la cripto: la evolución del dólar de la corrupción en Argentina

Básicamente, quienes desvían fondos públicos lo hacen bajo las mismas reglas de mercado que cualquier inversor informal, buscando maximizar el valor de sus apropiaciones reduciendo al mínimo los riesgos de ser descubiertos.

Hay un hecho que es totalmente innegable y refiere a la radiografía del argentino que, por supervivencia, termina guardando dinero y ahorrando en divisas extranjeras, pero siempre preferentemente en dólares.

Es una apreciación a la que no escapa la corrupción, con la persistencia de dólares y en casos empaques termosellados en las causas más relevantes apuntando a un reflejo en el que los delincuentes actúan con una mentalidad corporativa.

Básicamente, quienes desvían fondos públicos lo hacen bajo las mismas reglas de mercado que cualquier inversor informal, buscando maximizar el valor de sus apropiaciones reduciendo al mínimo los riesgos de ser descubiertos.

Es que guardar dinero de procedencia ilícita en pesos carece de sentido debido a la devaluación constante que atraviesa el país, por lo que el uso del dólar se impone como la alternativa para conservar el poder adquisitivo a largo plazo.

Asimismo, la lógica del ocultamiento exige optimizar el espacio físico. El volumen de los pesos necesarios para igualar una fortuna en dólares haría imposible su traslado discreto, requiriendo transportes de gran tamaño que dejarían a la vista el entramado de corrupción.

Un millón de dólares cabe en un espacio reducido como una mochila, lo que facilita su almacenamiento en dobles fondos o cajas de seguridad. Esa misma cantidad de dinero en pesos necesitaría de una habitación para ser escondida.

Por otro lado, la utilización de plástico termosellado al vacío, visto en los allanamientos a Facundo Leal por la causa de ARSAT o en el patrimonio secuestrado a Martín Insaurralde, responde a la necesidad de proteger el papel de la humedad y el deterioro biológico durante los años que permanece escondido.

El origen de estos bloques compactos, idéntico al hallado en las cajas de seguridad de Florencia Kirchner, expondrían además la complicidad de sectores del circuito financiero que entregarían el dinero listo para el contrabando.

Es innegable, el corrupto no puede más que ahorrar en dólares u otras divisas sustancialmente más estables que el peso, hecho que pudo verse, además, en los pagos y desembolsos que hoy tienen contra las cuerdas al jefe de Gabinete Manuel Adorni.

Hay un hecho de trascendencia, bastante nuevo para la gran mayoría, que refiere a la digitalización de estos dólares, como puede comprobarse en el caso del criptoescándalo $LIBRA que también tiene bajo sospecha, además de al presidente Javier Milei, al propio Adorni.

¿Está la Argentina -y por qué no el mundo- frente a un nuevo esquema de ocultamiento de dinero sin necesariamente cambiar la divisa utilizada para esconder los más picantes casos de corrupción?

El paso de los bolsos y los cajones repletos de dinero a la adquisición de activos digitales parece hoy ser una nueva traba para las futuras investigaciones que haga la justicia.

De hecho fue hace poco que la causa $LIBRA quedó paralizada por, supuestamente, no contar el Ministerio Público Fiscal con las herramientas necesarias para asegurar la trazabilidad del dinero.

A ello se suma la excusa que utilizó Adorni, de haber encontrado medio millón de dólares en un pendrive que responden a una inversión y ganancias netas en su apuesta por el Bitcoin.

Todo indica que el mundo cripto llegó para quedarse en causas de corrupción y que si no se legisla urgentemente en esa materia y no se le otorgan las herramientas necesarias al Poder Judicial se estará al frente del indiscutible avance de la impunidad.

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