Acerca de Milei y el periodismo: ¿por qué el Gobierno le teme tanto a la prensa?
La realidad es que Milei no odia a la prensa por razones genuinas.
La relación del presidente Javier Milei con el periodismo parece complicarse y volverse más compleja con el paso del tiempo en un momento en que la confrontación política se vuelve cada vez más exacerbada.
El jefe de Estado convirtió a periodistas y medios críticos en blancos habituales de sus ataques, los señala públicamente, cuestiona su credibilidad y los presenta como parte de una estructura de intereses enfrentada con su Gobierno.
Ciertamente es a los críticos a quienes califica de "mierdas humanas" casi como convirtiendo su el relato antiperiodístico en el eje de su campaña comunicacional como así también política y, por qué no, electoral.
Pero no son sólo las formas, como se atreve a asegurar el presidente, porque mientras el discurso se vuelve cada vez más virulento, las condiciones para ejercer el periodismo dentro de la propia Casa Rosada se fueron deteriorando.
Las restricciones de acceso y circulación para los periodistas acreditados ya habían marcado una confrontación sin vuelta en la relación entre el Gobierno y los medios de comunicación.
A ello se suma el ingreso a la sala de periodistas de la Casa Rosada el fin de semana pasado, con cajones abiertos, pertenencias revueltas y objetos faltantes, en el edificio más custodiado del país.
El vocero presidencial Adrian Ravier comenzó a hablar de las pertenencias faltantes como una suerte de chicana al hacer mención a los paquetes de yerba y cartones de leche, hecho al que se sumaron no pocos fanaticos libertarios en redes sociales.
Es una retórica que busca minimizar un hecho de gravedad, ya que más allá de lo que falte, lo verdaderamente preocupante es lo que sucedió. ¿Alguien creería que es menos grave violar un espacio que no le pertenece solo porque se llevaron "paquetes de yerba"? Ciertamente la discusión termina resumiendose a lo más estupido.
Pero ello no queda allí, ya que a lo antes descrito se suma una retórica permanente del presidente que encuentra eco en la militancia que exponen periodistas con insultos y acusaciones de lo más insólitas ya que, para ellos, preguntar y cuestionar al Gobierno de turno es básicamente ser un enemigo de la patria.
Ese clima puede trasladarse con facilidad de las redes sociales a la calle y de la descalificación verbal a situaciones de hostigamiento y violencia, hechos que ya se vivieron de hecho mientras el kirchnerismo habitaba la Casa Rosada.
No es un hecho aislado, ya que es el propio Gobierno el que alimenta este escenario, como en el discurso del presidente en la ORT, llamando a los alumnos a abuchear al periodismo en una clara muestra de adoctrinamiento que muchos de los republicanos del pasado que se rasgaban las vestiduras por hechos similares del gobierno kirchnerista hoy defienden al presidente porque "son sus formas". La imbecilidad parece no tener límites.
Lo propio sucedió el pasado martes, cuando la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva adelantó en redes sociales que denunciará a tres periodistas por difundir información falsa que la perjudicaba y terminó exponiendo datos sensibles de estos hombres y mujeres de prensa.
No cabe mala interpretación. Monteoliva tiene todo el derecho en denunciar hechos que son falsos si así lo son e intimar a los periodistas responsables de la difusión de la fake news, lo que no puede es brindar información sensible abierta al público siendo que es ilegal y aún más grave en el contexto de un Gobierno que "no odia lo suficiente al periodismo".
Es decir, el periodismo puede equivocarse, puede ser cuestionado y debe responder por sus errores. Lo que no puede es ser sometido a la presión y los ataques del aparato estatal que ostenta recursos de los más variados para avanzar contra la prensa que, dicho sea de paso, termina por perjudicar a la propia ciudadanía en su derecho a informarse.
Hay que ser honestos. Sí es cierto que hay una parte del periodismo que es parte del corporativismo. Hay incluso periodistas que cobran suculentos sobres de este Gobierno. Pero la realidad es que Milei no odia a la prensa por razones genuinas, sino porque es esta la que investiga y destapa los actos de corrupción, espionaje ilegal y hasta vínculos con el narcotráfico... y el Gobierno tiene miedo, por eso Milei grita y se desata.


