Nicolás Sanz

Acerca de la polarización, el infértil juego de la política que alimenta sociedades

La polarización ciertamente es el juego que la política impone en la sociedad y una parte de esta última se alimenta de ello.

Es habitual encontrar discusiones políticas concentradas en cuestiones secundarias, mientras los problemas centrales quedan relegados. La polarización profundizó esta lógica hasta convertir buena parte del debate público en una comparación permanente entre gobiernos, partidos e ideologías.

La pregunta dejó de concentrarse en cómo está gobernando quien tiene hoy la responsabilidad de hacerlo, en su lugar, cada espacio político busca construir una comparación que le permita exhibir al adversario como peor. Es decir, la gestión propia no se evalúa por los resultados propios, sino por el desempeño ajeno.

Los datos económicos son unon se los ejemplos más que evidente. La inflación, la pobreza, los salarios, el empleo o la deuda pueden analizarse tomando distintos períodos de referencia.

Cada elección modifica el relato y permite destacar el indicador que mejor favorece a una determinada posición política a piaccere. Spoiler: el resultado es una discusión en la que el mismo dato puede ser presentado como una tragedia o como un logro dependiendo de quién y cómo lo utilice.

La comparación con el pasado también funciona como una herramienta de legitimación, ya que un gobierno puede justificar sus dificultades señalando la herencia recibida, mientras sus adversarios pueden utilizar esa misma herencia para explicar los problemas posteriores.

En otras palabras, el esteril e inutil debate queda atrapado entre el gobierno anterior y el actual, mientras las responsabilidades y los hechos que preocupan realmente a una sociedad pierden protagonismo.

Sería deshonesto hablar solo desde la perspectiva de los oficialismos de turno siendo que esta lógica alcanza también a las oposiciones que en lugar de discutir qué políticas implementarían, muchas veces concentran su discurso en demostrar que el oficialismo es peor que su antecesor o de quien quiera ser el sucesor.

La disputa termina reducida a la misma naturaleza del acto electoral: quién es el menos malo, quién hizo menos daño, quién dejó una situación más complicada o quién consiguió mejores números.

La polarización ciertamente es el juego que la política impone en la sociedad y una parte de esta última se alimenta de ello evitando de esta forma que se evalúe razonablemente y se separen los resultados positivos y negativos de determinada gestión.

Por el contrario, se trata de un sistema que empuja a elegir entre dos relatos cerrados donde solo se puede optar por celebrar todo lo que hace el propio espacio y cuestionar todo lo que hace el adversario.

En tal caso, comparar períodos puede aportar contexto y ayudar a comprender una situación, pero convertir esa comparación en el argumento principal desplaza la discusión hacia el pasado y permite que el presente quede permanentemente condicionado por la disputa partidaria.

En fin. La pregunta verdaderamente relevante, entonces, no debería ser quién fue peor. Debería ser qué está funcionando, qué está fallando y qué responsabilidad tiene cada gobierno sobre la realidad que administra. Allí comienza una discusión política mucho más incómoda, pero también mucho más útil y fértil para una sociedad que realmente busca salir de un estancamiento político permanente con un movimiento pendular que se repite sin solución de continuidad.


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