Por Roberto Suarez

Muhammad Alí, 10 años sin el más grande

A una década de su partida física, el recuerdo del mayor deportista del siglo XX sigue intacto. Más allá de su inigualable magia en el ring, el legado del campeón perdura como un símbolo imborrable de paz, rebeldía y lucha por los derechos civiles.

Se cumplen diez años desde que Muhammad Alí dejó lo terrenal para trascender al mundo de los inolvidables. Alí, el hombre que se inventó varias veces a sí mismo y reflejó los traumas y conflictos de los Estados Unidos de su época, murió el 3 de junio de 2016 en un hospital de Phoenix, Arizona, a los 74 años. El boxeador llevaba más de tres décadas batallando contra la enfermedad de Parkinson, un trastorno del sistema nervioso que afecta el movimiento.

Nacido como Cassius Marcellus Clay Jr. y rebautizado como Muhammad Alí tras su conversión al islam, encarnó dos etapas de una misma vida extraordinaria: la de un niño pobre marcado por el racismo en su Louisville natal y la del gran campeón mundial que se convirtió en una referencia deportiva y moral para varias generaciones.

Fue, sin dudas, el mayor deportista del siglo XX. Nombrado "Rey del Boxeo Mundial" por el Consejo Mundial de Boxeo, Alí hizo realidad una de sus frases más célebres: "Soy el rey del mundo". Y no era una exageración. Nadie redefinió el boxeo como él y muy pocos deportistas lograron trascender su disciplina de la manera en que lo hizo el campeón estadounidense.

Porque el mundo no olvida a Muhammad Alí, el hombre que a través de sus puños se convirtió en un defensor de los derechos humanos y en un deportista excepcional.

Muhammad Alí
Muhammad Alí

Para muchos fue el mejor de la historia. Trascendió boxeando y lo hizo a lo grande. Pero también trascendió como hombre, como defensor de los afroamericanos y, fundamentalmente, como un pacifista. Sin ser un activista político tradicional, su carácter contestatario lo enfrentó con la América blanca y conservadora de los años sesenta, convirtiéndolo en un símbolo de rebeldía para quienes luchaban por los derechos civiles más elementales.

Así fundamentó su histórica negativa a participar en la guerra de Vietnam: "¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10.000 millas de casa a arrojar bombas y disparar balas a gente de otra piel mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples?". También sostuvo: "No voy a dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar el dominio de los esclavistas blancos". Y dejó otra frase imborrable: "No tengo problemas con los vietcong, porque ningún vietcong me ha llamado ‘nigger'".

Luego de su última pelea, su coraje, su fino estilo y su demoledora pegada siguieron siendo símbolos poderosos de una época dorada del boxeo y de un momento crucial en la historia contemporánea de los Estados Unidos.

Tras su retiro, Alí se involucró en numerosas causas humanitarias y continuó desafiando al sistema político de su país con viajes a Corea del Norte, Afganistán, Cuba e Irak, entre otros destinos. En 2005 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil de los Estados Unidos.

En 1996, pese a los temblores provocados por el Parkinson, protagonizó uno de los momentos más emotivos de la historia olímpica al encender la antorcha de los Juegos de Atlanta. La imagen de sus manos temblorosas sosteniendo la llama emocionó al mundo entero.

Cassius Marcellus Clay Jr., luego Muhammad Alí, flotaba como una mariposa y picaba como una abeja. Su boca llegó a ser tan letal como su gancho de izquierda o su jab. Bailaba, jugaba, provocaba y demolía. Pero había algo más en Alí que su extraordinario carisma. Algo que definió de manera magistral Floyd Patterson, uno de sus grandes rivales: "Al final entendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio, era historia".

En su obra maestra Rey del mundo, David Remnick, ganador del Premio Pulitzer, le preguntó cómo le gustaría ser recordado. El viejo campeón respondió: "Como un negro que ganó el título mundial de los pesos pesados y que tenía sentido del humor y que trató a todos con justicia. Como un hombre que nunca miró por encima del hombro a quienes así lo miraban a él y que ayudó a tantos de los suyos como le fue posible, no sólo financieramente, sino también en su lucha por la libertad, por la justicia y por la igualdad. Como un hombre del que los suyos no se avergonzarían".

Hace una década, Louisville se unió para despedir a su hijo más célebre. La ciudad le rindió homenaje durante una semana que culminó con un multitudinario cortejo fúnebre frente a la modesta casa donde creció. El expresidente Bill Clinton y el actor Billy Crystal pronunciaron discursos en su funeral, mientras que Will Smith, quien lo interpretó en el cine, fue uno de los portadores del féretro.

La despedida fue seguida por millones de personas en todo el mundo. Diez años después de su muerte, Muhammad Alí sigue siendo mucho más que un campeón de los pesos pesados. Su legado trasciende los cinturones, los récords y las victorias. Permanece en la memoria colectiva como un hombre que desafió prejuicios, enfrentó al poder cuando creyó necesario hacerlo y utilizó su fama para defender causas que consideraba justas. Como dijo Floyd Patterson, Alí no fue solamente un boxeador: fue historia.

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