Crónicas menducas

Crónicas Menducas: Leo Marini, la voz mendocina que conquistó al bolero de América

Al transcurrir tantos años por el oficio de periodista, le ha permitido a este cronista conocer figuras que dejaron una profunda huella en la memoria de muchos por su trayectoria. Un día hace varios años atrás en la década de finales de los 70, Polo Márquez me presentaba en Buenos Aires a un cantante mendocino que yo no sabía que existía y que fue el pionero de un trípode de cantantes románticos que Mendoza brindo al exterior, se trababa de Leo Marini, que abrió el camino latinoamericano a los otros dos grandes: Daniel Riolobos y el propio Polo. Los tres están en el recuerdo en estas Crónicas Menducas.

Luego de brindarme el honor de conocer a Marini, Polo me contaba como lo conoció él: "Fue mi referente. Lo iba a ver cuando estaba en Mendoza a un lugar de arte llamado El Patio, en Rivadavia casi 9 de Julio; también a El Refugio, de Carlos Montbrún Ocampo, en la calle San Martín, pasando el zanjón; varias veces en los auditorios que tenían las radios de mis tempranos años. Recuerdo que en Radio Aconcagua cantaba con la orquesta que dirigía el maestro Osvaldo Larrea. Una maravilla. Después, cuando yo adquirí alas propias y volé también, solíamos encontrarnos en diversos escenarios. En Colombia lo adoraban, en Venezuela lo escuchaban con devoción, en Cuba llenaba en todas sus presentaciones. No por nada cantó con la Sonora Matancera. Recuerdo esa vez que llegué a cantar en el Hotel Embajador en Santo Domingo. Un amigo del lugar me dice al verme: - Tuviste mala suerte, chico. Hoy también canta aquí ‘El maestro': era Leo. Yo actuaba en la azotea del hotel y él en los jardines. A mí me escucharon no más de ochenta personas, él tenía público hasta arriba de las palmeras. Así que hice mi espectáculo y le dije a la gente: - Disculpen lo corto del show, pero es que quiero ir a escuchar al maestro - Me nombró esa noche. Nos hicimos amigos, pero nadie me creía, decían: ¡Qué vas a ser amigo de Leo Marini! Era un tipo muy noble y muy valorado entre sus pares. Un día, yo estaba caminando por la calle Lavalle, en Buenos Aires, cuando veo adentro de un bar a Daniel Riolobos. Se notaba que estaba discutiendo acaloradamente con un grupo de personas. Cuando me vio se vino a la vereda y me arrastró al interior, casi a los gritos me dijo: - Polo, decile a estos güevones quién fue el mejor cantante de boleros de todos los tiempos - Yo miré a los presentes y simplemente dije: - Leo Marini. - Entonces Daniel me abrazó diciendo: - Bien, hermano. Sabía que no me ibas a fallar.

Crónicas Menducas: Leo Marini, la voz mendocina que conquistó al bolero de América

Ahora me ocupo de traer a la memoria a Leo Marini, para lo que supieron de él y para las nuevas generaciones que deben saber quiénes fueron mendocinos destacados.

Alberto Batet Vitali nació el 23 de agosto de 1920 en la calle Rioja al 1040, casi esquina Garibaldi de Mendoza. Hijo de almacenero, creció en una casona amplia, con patios, acequias abiertas y una ciudad todavía rural. Aquel niño del barrio terminaría siendo conocido en todo el continente como Leo Marini, "la voz que acaricia".

Su infancia estuvo marcada por el juego en la calle, el fútbol entre amigos y una educación rígida en la escuela de San Francisco. Pero fue el silbido su primera forma de música. "Todos sabían que si se escuchaba un silbido, era porque yo estaba llegando", recordaba. Antes, la gente silbaba por la calle: era una manera de andar acompañado, de ponerle melodía a la ciudad.

La música llegó casi sin proponérselo. Mientras trabajaba en una gomería y estudiaba de noche, empezó a cantar en su casa, especialmente en el baño, atraído por la resonancia. Vecinas lo escucharon y lo invitaron a cantar en la radio. Tenía 16 años y el debut fue un fracaso. Pero no sería el final: sería el comienzo.

La Mendoza radial de los años 40 tenía un nombre dominante: LV10 Radio de Cuyo. Allí Leo conoció a un tenor que lo orientó hacia el estudio formal del canto. Así llegó al maestro Juan Díaz Andrés, con quien aprendió técnica, respiración y estilo propio. Cuando estuvo listo, el propio maestro lo llevó a la radio. Ese día nació artísticamente Leo Marini.

Crónicas Menducas: Leo Marini, la voz mendocina que conquistó al bolero de América

El bolero vivía su edad de oro y Leo encontró en ese género su forma definitiva de expresión. Su voz cálida, su modo íntimo de decir y su sensibilidad lo convirtieron rápidamente en una figura destacada. En la década del 40 comenzó a viajar: Chile fue su primera escala internacional. En Valparaíso y Viña del Mar grabó sus primeros discos con el pianista cubano Isidro Benítez para RCA Víctor.

Luego llegó Buenos Aires y Radio Belgrano, una de las emisoras más importantes del país. Allí, junto al violinista Américo Belloto Varoni, grabó para el sello Odeón con el grupo "Don Américo y sus Caribes". El éxito fue inmediato.

En 1948, Leo Marini ya era una figura en expansión. Recorrió Venezuela, Cuba, Puerto Rico y República Dominicana. En 1950 firmó con el sello Seeco, cuyo dueño le propuso grabar con La Sonora Matancera, el conjunto más influyente de la música caribeña.

La sociedad fue histórica. De esa unión nacieron clásicos como Luna Yumurina, Mi desolación y Desde que te vi. Desde entonces, el continente lo conoció como "La voz que acaricia".

Durante las décadas siguientes, Leo Marini fue solicitado en toda América Latina. Grabó decenas de discos, actuó en radio, teatros, clubes y televisión, y participó en películas en Argentina y Chile. En 1958 editó Reminiscencias, el álbum más vendido de su carrera. En 1978 fue condecorado por el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez.

Los especialistas le atribuyen 55 LP y casi 600 grabaciones.

Tras una vida de viajes y escenarios, Leo regresó a Mendoza. Enfermo de cáncer de próstata, pasó sus últimos años en la misma casa donde había nacido. Murió el 15 de octubre de 2000, a los 80 años. En esa misma fecha, y en una extraña coincidencia, fallecía en La Habana, también a sus 80 años, otra figura cimera de la canción: Tito Gómez. Transcurridos cinco días de la muerte de Leo, en la ciudad de Caracas, y víctima de una enfermedad pulmonar causada por el tabaquismo, moría Gloria Solano, su última esposa, de la cual se había distanciado tres años antes.

Su despedida fue tan silenciosa como injusta: apenas una decena de personas acompañaron el velorio. Mientras tanto, radios de toda Latinoamérica llamaban para confirmar la noticia.

Quedaba, sin embargo, lo esencial: una obra inmensa y una huella profunda. Colegas y críticos lo compararon con Frank Sinatra por su impacto continental. Gabriel García Márquez lo definió con una frase inolvidable:

"Leo Marini, responsable de tantos paraísos y tantos suicidios de amor".

Y tal vez no haya mejor definición para una voz que no gritaba, no imponía, no forzaba.

Una voz que, simplemente, acariciaba.

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