Ricardo Ponte: “Mendoza se volvió una ciudad copiona, por eso debe recuperar el patrimonio de las acequias”

Jorge Ricardo Ponte debe ser uno de los hombres que más ama y conoce la Ciudad de Mendoza. Sin embargo, vive sobre una de las calles más cortas, en la Quinta Sección. Una que va de Boulogne sur Mer a Paso de los Andes, y que después de un codo sigue apenas hasta Alpatacal. Paradojas …

Secretario General de Redacción Mendoza Today
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Raúl Pedone

Jorge Ricardo Ponte debe ser uno de los hombres que más ama y conoce la Ciudad de Mendoza. Sin embargo, vive sobre una de las calles más cortas, en la Quinta Sección. Una que va de Boulogne sur Mer a Paso de los Andes, y que después de un codo sigue apenas hasta Alpatacal. Paradojas del destino, dirá él, que después de tantos años de mirar hacia afuera (el entorno de su provincia natal y los lugares más emblemáticos del mundo), ha decido mirar hacia adentro y reconstruir (valga la expresión tan arquitectónica) su historia familiar, desde aquel bisabuelo Giuseppe, que nació en la región italiana del Piamonte, la primera mitad del siglo XIX,  y del que se empecinó en rastrear para conocer sus orígenes.

La casa donde recibe a Mendoza Today relata en las paredes, muebles y decorado su vida, viajes, gustos,  lecturas y obras. La Historia y su historia. Empieza reivindicando a los Huarpes, lamentando la falta de apego a nuestras raíces. Habla de su infancia pobre en Pedro Molina, cuenta por qué decidió ser arquitecto. Y termina ensayando una lograda selfie generada en inteligencia artificial, sentado en un bar mendocino, con un café y su último libro, “El buscador de estrellas” sobre la mesa (ver la imagen al final del texto).

— ¿Cómo impacta en una ciudad como Mendoza los cambios en el consumo, la geopolítica y las nuevas formas de vida cotidiana?

— Creo que, para poner un título provisorio a este momento, diría que Mendoza está perdiendo su identidad urbana. Y no es solo una cuestión de edificios. Es una identidad cultural. Podríamos decir que Mendoza está perdiendo su esencia y cabe preguntarse quiénes son los responsables. En parte es la propia cultura mendocina, pero los gobiernos son los responsables visibles de este cambio —o de esta falta de cambio— en lo que es la ciudad.

Usted suele hablar de un proceso de “homogeneización”.

— Sí, de pronto Mendoza se ha vuelto una ciudad copiona. Era una ciudad con identidad propia, pero hoy veo un proceso donde se busca imitar modelos ajenos. Esto sucede, en gran medida, porque el radicalismo no ha sabido generar un relato sobre la ciudad. Sin suscribir al kirchnerismo, debo reconocer que ellos tenían un relato, aunque manipularan la realidad. Cristina Kirchner, por ejemplo, sabía que hablaba para el futuro y cuidaba su discurso. Nunca mencionaba la palabra inflación, buscaba otras explicaciones para que en el análisis posterior pareciera que el problema no existía. El radicalismo, en cambio, no ha podido articular una propuesta superadora.

Pero el radicalismo gobierna la Capital desde 1983. ¿No cree que esa continuidad la benefició?

— Es casi una “casa real” que gobierna desde el retorno de la democracia. Tuvimos al “príncipe” Víctor Fayad, quien intentó construir un relato con ideas como la “Ciudad Jardín” o la ciudad más limpia. Pero hoy esa mística no se materializa en los seguidores por convicción, sino por lealtad política. Creo que se sostienen, en parte, porque el terror que inspira el kirchnerismo hace que el electorado los vea como el “mal menor”.

En concreto, ¿qué estamos copiando?

— Copiamos todo lo que hace Buenos Aires. ¿Cómo se explica, si no, que el gran proyecto sea un “distrito”? La palabra distrito —fuera de lo electoral o lo militar— no está en nuestro ADN urbano. No somos el Distrito Federal de México. Es un término que no está “querenciado” en nuestro vocabulario. Si tenés que explicar un chiste, es porque el chiste no es bueno. Si tenés que explicar qué significa “Distrito Mendoza” para entender que abarca desde el Área Fundacional hasta los terrenos del ferrocarril, es porque el concepto no tiene referencias geográficas ni en el topos.

Sí, pero ese desapego al topos es un problema del mendocino en general, no de un gobierno.

— Es que el topos ha sido determinante: Mendoza es el fruto de un terreno fértil y de las acequias. En nuestra esencia están las acequias, pero hoy parecen ser un estorbo. He recorrido América visitando ciudades con acequias y la mugre no es inherente al sistema. El argumento de que “la gente tira basura porque están abiertas” es una excusa. He estado en ciudades de Estados Unidos con acequias y eso no pasa. El problema es que en la ciudad no hay basureros suficientes, como tampoco hay asientos.

Bueno, la gente ya no conversa tanto en las calles sino en las redes sociales.

— Claro, no se piensa en la gente que quiere sentarse a charlar sin consumir. Parece que la única opción para un peatón es entrar a un bar para tener un asiento. Entonces, se van tapando las acequias para facilitar la expansión de los negocios con decks de madera. Si bien el deck es desmontable y es una solución aceptable, el trasfondo es la homogeneización: copiamos a Buenos Aires, que copia a Barcelona, que copia a Berlín. Así, todas las ciudades terminan pareciéndose. Hoy tenemos la cultura del café de especialidad y los baristas, pero eso está en todo el mundo. Eso no nos distingue, nos iguala.

¿Qué nos falta para enfrentar esa globalización que borra los rastros propios

—Yo conocí Estambul en los años 70, con sus cafés turcos llenos de humo y gente jugando al backgammon. Hoy, Estambul se ha homogeneizado y es parecida a Berlín o París, pero Estambul tiene Santa Sofía, la Mezquita Azul y el Palacio de Topkapi. Barcelona también se moderniza, pero tiene la Sagrada Familia y el Barrio Gótico. Tienen un patrimonio arquitectónico tan fuerte que se “bancan” la homogeneización. Mendoza, cuando desdibuja sus veredas y sus acequias a cielo abierto, corre el riesgo de quedarse sin nada, porque no tenemos un respaldo monumental tan imponente. Nuestro patrimonio son las acequias y la toponimia, y lo estamos perdiendo.

Podría intentarse algo con el uso de los terrenos ferroviarios en la calle Perú.

— Ésa es un área que debería tener un uso excepcional: arquitectura futurista, un gran centro de convenciones o una torre con un mirador para ver la montaña. Pero se limitan a hacer lo mismo que en otras calles, como ocurrió en Tiburcio Benegas. Son proyectos que no miran más allá del corto plazo.

Usted mencionaba que Mendoza “copia” modelos. ¿Esto lo ve reflejado en la nueva generación de profesionales?

— Hay una camada de jóvenes, y no quiero discriminar, pero muchos arquitectos son grandes copiones de revistas. Miran lo que se hizo en Londres y quieren traerlo acá. Pero Londres tiene muchos “Londres”. Hay un distrito financiero donde sí se usa ese término, pero nosotros no lo usamos en nuestra tradición. Si vamos a empezar a usarlo, primero habría que avisar, porque hoy es un desvarío. No respetamos nuestra propia toponimia.

Bueno, tenemos el nombre de las calles.

— Te doy un ejemplo: Allayme. Fue un cacique que vivía en la zona de Benegas, en Godoy Cruz. Pero a los concejales de Guaymallén de la década del ‘50 se les ocurrió que era un nombre “lindo” para una calle de su departamento. Le robaron el nombre a otro lugar. Esa calle se llamaba originalmente “Calle de Guaymallén”. Y fijate qué error: “Guaymallén” no es el nombre de ningún cacique. Significa “tierra de ciénagas”.

Habría que enseñarlo correctamente desde la escuela.

— En ese sentido, soy un outsider porque vengo de la arquitectura y el urbanismo. Tuve la suerte de charlar mucho con Juan Draghi Lucero. Él me decía: “Ponte, usted que es joven, trate de convencerlos de que esto se debería llamar Goazap Mayu“. El “Cacique Guaymallén” es un invento. Y lo vamos a escuchar ahora en la Vendimia, cuando anuncien el carro: “Aquí llega el Cacique Guaymallén”. ¡No existió! Pero, ¿cómo les aviso a los locutores y guionistas que Guaymallén quiere decir tierra de ciénagas? La Vendimia es un gran constructor de relatos, pero a veces destruye en una noche lo que uno intenta explicar científicamente.

Otra vez el tema de los relatos.

— Los relatos legitiman nuestra historia. En la serie Game of Thrones, hay un momento en que se dice que lo que importa en los pueblos es su historia hecha ciudad. El desafío de Mendoza es conservar su memoria histórica. ¿Qué sería de nosotros sin los árboles? Sería un páramo. Tenemos un Ministerio de la Mujer, pero no tenemos un “Ministerio de la Acequia”. A nadie se le ocurrió que la acequia requiere una coordinación de tal envergadura que supere la división entre Irrigación y los municipios.

“Mendoza, aquella ciudad de barro”, la obra clave de Ponte, y “El buscador de estrellas”, sú último libro, de género autobiográfico.

Los gobiernos tiene su responsabilidad, pero los ciudadanos no ayudamos mucho en el cuidado e higiene de las acequias.

— Hay que hacer una campaña de educación y aplicar multas reales. Poner un millón de carteles que digan: “Prohibido tirar basura, multa de 10 dólares”. Al cobrarla en moneda internacional no tenés que actualizarla por inflación. Si un turista o un vecino tira una botella, se le saca una foto y paga. Solo así empezaremos a cuidar que el agua circule. También hay que “historizar” el tejido.

¿Cómo se “historiza”? El mendocino medio no siente el pasado huarpe, por ejemplo.

— Amojonando la ciudad. Yo viví en Florencia y allí hay carteles por todos lados: “Aquí vivió Miguel Ángel“, “A la vuelta vivió Chaikovski”. Eso te recuerda que caminás por una ciudad con sustrato. En Godoy Cruz, en la Avenida España, deberían haber carteles que digan: “Por aquí pasaba la acequia del Cacique Tabalquére”. Que el vecino sepa que esas calles pavimentadas fueron canales huarpes. He pasado 30 años predicando esto y siento que he arado en el mar.

Pese a todo, dicen que Mendoza tiene potencial para ser Patrimonio de la Humanidad.

— Mendoza es la única ciudad argentina que podría aspirar a ese título, pero no por sus edificios, sino por su sistema de acequias. En lugar de copiar la idea del “distrito” de Buenos Aires, deberíamos crear un Museo del Agua de alta calidad arquitectónica. Ese museo debería estar en los terrenos de la calle Perú, donde ahora quieren meter casitas de tres plantas. Necesitamos nuevos elementos de atracción turística que no sean solo las bodegas.

— ¿No cuenta que Mendoza haya sido diseñada con sus plazas para prevenir terremotos?

— ¡Anoten las escuelas de turismo! Es una mentira. El modelo de cuatro plazas periféricas y una central nace en Filadelfia y llega acá de la mano de Sarmiento y los agrimensores nacionales. No fue por los terremotos. En esa época, la gente creía que los sismos eran castigos por los pecados, una suerte de Sodoma y Gomorra. No tenían conocimientos científicos para diseñar una ciudad antisísmica. Lo que sí es cierto es que la generación liberal que reconstruyó la ciudad quiso romper con el pasado colonial.

¿Cómo se manifestó esa ruptura?

—Hay una ordenanza de 1888 que prohibía pintar los edificios de blanco, porque el blanco recordaba a la Colonia. Debían usarse tonos pasteles (celestes, amarillos, rosas) y dejar el blanco solo para molduras y columnas. Cuando hice el programa “Mendoza pinta muy bien”, seguimos esa ordenanza. Pintamos edificios de la calle Montevideo y la iglesia de San Francisco recuperando esos colores. La gente cree que la ciudad siempre fue gris o beige “consorcio”, pero el proyecto original era una ciudad vibrante de colores para dejar de ser esa aldea “fea y aburrida” que describió Darwin.

— Ricardo, ¿por qué no pensar que ahora estamos construyendo otra etapa de la misma historia, con las ciclovías, las peatonales, los espacios y calles como Arístides?

— La calle Arístides es un caso interesante. De día es una cosa y de noche es otra. Tiene su vida en la oscuridad, bajo las luces. Es un espacio ecléctico donde convive el vidrio, la madera y la lata. Sin embargo, hay un tapado de acequias innecesario. Se podrían haber usado más decks, que son reversibles. Pero más allá de eso, yo soy consciente de que somos pobres y no tenemos los recursos de ciudades que gastan miles de millones en estadios faraónicos. Pero la pobreza también tiene su encanto y su escala.

Si los recursos son escasos, ¿qué tipo de obras de infraestructura debería priorizar Mendoza?

— Hay que tener audacia. Yo imagino un monorriel que vaya por el Canal Zanjón, desde el Río Mendoza hasta la calle Buenos Aires. Veinte kilómetros de una estructura metálica por encima del canal, un tren rápido que atraviese la ciudad sin obstáculos. Te subís en Luján y en cinco minutos estás en el centro. En Las Vegas o en los parques de diversiones de Estados Unidos funciona, ¿por qué no podríamos tenerlo nosotros sobre el Cacique Guaymallén? Sería una obra de la posmodernidad, algo rápido para conectar puntos estratégicos.

Un “Museo del Agua”, ¿dónde debería ubicarse?

— El museo no debería estar en la ciudad, sino al lado del dique Cipolletti, donde nace Mendoza. Mendoza es fruto de ese pequeño río que generó esta gran conurbación. Podríamos conectar ese museo emblemático con la ciudad a través del monorriel y además pensar en un cable carril hacia el Cerro de la Gloria. Me parece bien que el gobernador busque capitales privados para estas cosas, porque el Estado no tiene dinero. Copiemos buenas ideas del mundo, pero con un sentido local.

Un fenómeno arquitectónico innegable en Mendoza son las nuevas bodegas. ¿Qué valor les asigna?

— Las bodegas son los palacios que no tuvimos. Si mirás fachadas como la de Cavas de Weinert, con ese ladrillo visto que recuerda al Palacio del Risorgimento en Turín, ves arquitectura de altísima calidad. Hoy hay una competencia de proyectistas y paisajistas que es muy sana. Las bodegas nuevas están aplicando un paisajismo xerófilo, acorde al lugar donde se implantan. Eso es un gran avance.

Hablando de paisajismo, el Parque San Martín sigue siendo nuestro gran referente. ¿En qué estado lo ve hoy?

— Deberíamos llamarlo “Parque Histórico General San Martín”. Es un parque del siglo XIX que responde a un concepto francés, como el Bois de Boulogne. Tiene plátanos y especies exóticas que cuestan mantener, pero es un coto cerrado, una joyita que riega a manto, con la tecnología tradicional de Mendoza. No pretendamos transformarlo en un parque xerófilo. Hay que mantenerlo en su esencia histórica ahora que cumple 130 años. El problema es que no hay un think tank pensando Mendoza. Dejamos que solo las fuerzas empresariales opinen sobre el futuro.

Con tantos carteles publicitarios y un hotel que parece una caja de cartón, ¿no cree que contaminamos y malogramos la monumental entrada a la Ciudad?

 — Le voy a responder con lo que escribí en la página 553 del segundo tomo de mi libro “El buscador de estrellas”. Mendoza es una gran puesta en escena. Una idea que nunca fue formulada como propósito deliberado, pero se fue dando en este horizonte utópico planteado por la generación liberal en la reconstrucción de la Mendoza posterremoto. Una ciudad linda habitada por gente laboriosa. Exactamente lo contrario de aquel juicio lapidario de Darwin cuando conoció Mendoza en 1835 “ciudad de aspecto triste y desagradable”. Mire los Portones del Parque sino es como telón de un teatro.

Usted introdujo en su libro Mendoza, ciudad de barro la idea de las “dos ciudades”. ¿Cómo define ese quiebre?

— Antes de ese libro no se hablaba de una “vieja ciudad”. Yo conté que la calle San Martín separaba la ciudad pre-terremoto de la post-terremoto. Los pobres se quedaron en la vieja y los ricos se fueron a la nueva, pero ninguno de los dos sectores pudo mantener la centralidad en sus plazas (Pedro del Castillo o Independencia). La contradicción se resolvió en otro plano: el encuentro de ambas ciudades.

Por el mundo. Ponte, en Ouro Preto (Brasil), ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

El Este y el Oeste…

— Exactamente, en la Avenida San Martín. Mendoza rompió con la tradición hispánica de que el centro es una plaza. Aquí el centro es una calle larga, la avenida de las dos ciudades. Y eso, paradójicamente, nos une a París. En París el centro no es una plaza, son los Champs-Élysées. ¿Dónde se festeja en Francia? En la avenida. ¿Dónde festejamos los mendocinos? En la San Martín. Sin haberlo planeado, resultamos ser parisinos por la forma en que usamos el espacio público.

Entonces, ¿cuál sería, en definitiva, la originalidad que deberíamos preservar?

— La que ya tenemos. Sarmiento, cuando era embajador, les escribía a los mendocinos diciéndoles: “Hagan como en Nueva Inglaterra, planten los árboles primero y construyan después”. Esta ciudad arbolada es nuestra marca. Estuve en Jerusalén y vi una avenida muy parecida a la nuestra, con un tranvía eléctrico moderno por el centro. Nosotros tenemos esa base histórica y técnica; solo hace falta tomar conciencia de nuestra originalidad y no dejar que se desdibuje con nombres y conceptos que no nos pertenecen.

Usted menciona que la Avenida San Martín es el eje que une las “dos ciudades”. ¿Cómo se imagina su evolución en términos de movilidad?

— Estuve en Jerusalén y vi una avenida muy parecida a la nuestra, pero con un tranvía eléctrico supermoderno que circula por el centro. Han sacado los estacionamientos y el tren va y viene sin obstáculos. Sería un éxito absoluto para nosotros. Ya pasó la remodelación de los años 80. Hoy deberíamos apostar por un tren eléctrico que conecte desde la Panamericana hasta Las Heras por toda la Avenida San Martín. Ahora que el Gobierno tiene buena relación con el Estado de Israel, podríamos pedir asesoramiento para replicar ese modelo. Sería una modernidad que suma y no quita.

Hablando de cambios en la fisonomía urbana, ¿qué opina de los strip centers que crecen en el Gran Mendoza?

— Es un fenómeno social que excede la nota. Es, le diría, casi para un libro. Estos centros comerciales y de servicios funcionan muy bien, especialmente en Luján de Cuyo. Pero ahí ocurrió algo tremendo: la municipalidad se trasladó y abandonó el centro histórico. Dejaron la plaza, la iglesia y el casco antiguo a su suerte. El referente ya no es el centro tradicional, sino estos espacios controlados.

-Su nuevo libro no es una investigación, sino una novela autobiográfica. ¿Cómo incorpora a la arquitectura, que es su especialidad?

— Mi nuevo libro se llama El buscador de estrellas. Es una novela que nació de la búsqueda de mi bisabuelo italiano, nacido en 1833. Me resultó tan difícil encontrar datos sobre él, parecía que no quería ser encontrado, que mi “teoría de la sospecha” se activó. El libro es una hipótesis de cómo ha jugado el destino en mi vida. Como soy un convencido de que el destino interfiere en nuestras vidas, decidí jalonar historias donde hablo de esa fuerza que obra sobre los hombres.

¿Cómo operó el destino en este caso?

— Decidí invocar al destino como un actor más. Necesitaba que se alineara conmigo. Como decía Picasso: “Que la inspiración te encuentre trabajando”. En mi caso, que la asistencia del destino me encuentre buscando. El libro parte de recordar la infancia, ese periodo donde nada se elige y todo nos es dado. Cuando decidí iniciar esta búsqueda, mi padre ya llevaba 20 años muerto y no quedaba nadie que pudiera darme información. El libro es ese viaje hacia lo desconocido.

Una novela con raíces familiares. ¿Cómo nace esa idea?

— Nace de los recuerdos con mi padre. Vivíamos en una casa vieja, con galerías. En las noches de verano, mi viejo tiraba un colchón matrimonial en las baldosas del patio y nos invitaba a mi hermana y a mí a dormir mirando el cielo. Él nos contaba historias, mitologías y nos recitaba poesías. Esa idea de buscar algo en el infinito, de preguntarse si algún día viajaríamos a las estrellas, quedó grabada en mí. De grande, le pregunté al Chat GPT qué opinaba del título y me dio una respuesta maravillosa: que un buscador de estrellas puede ser un astrónomo, un navegante o un soñador que busca su propio reflejo en la vastedad.

En el prólogo de su libro cita a Carl Sagan y habla de una “cosmología personal”.

— Es que los antiguos unían puntos de luz para formar constelaciones y explicar sus mitos. Yo hice lo mismo: uní localizaciones distantes y escenas lejanas de mi saga familiar para explicar mi propio destino. En este viaje no estuve solo; mi padre fue mi compañero. Él, que de niño nos abandonaba al alba para ir a trabajar y de grande nos acompañó hasta tarde en la noche de su vida, fue quien me habló por primera vez de mi bisabuelo Giuseppe. Sin su memoria, esta historia no existiría.

¿Qué relación tiene lo que me cuenta con la arquitectura?

— Abro mi corazón para largar ese secreto. Yo vivía en una casa alquilada en la calle Pedro Molina. Una casa pobre, con los techos rotos. Yo no sabía que era pobre porque mis amigos también lo eran. Pero el destino intervino: me consiguieron una beca en una escuela modelo universitaria, la “Carmen Vera Arena”. Ahí entré en un mundo que no era el mío. Vi que las casas de mis compañeros tenían living, que los dormitorios tenían placares y que los chicos no dormían amontonados con sus hermanas.

¿Ese contraste le generó fue su impulso?

— Me generó una profunda vergüenza. No quería que nadie viniera a mi casa. En mi mente infantil, pensé que nadie hacía más feliz a las personas que un arquitecto, porque les hacía casas lindas. Si yo hubiera nacido en una casa cómoda, quizás hoy sería sociólogo, economista o escritor. Pero fui arquitecto para reparar una construcción interna. Me encantó mi profesión, pero hoy entiendo que fue una forma de sanar aquel pasado.

No cree entonces que el destino sea una condena atávica, sino una alternativa que se puede elegir.

— Totalmente. Hoy existe una tendencia a buscar los males del presente en ataduras del pasado y querer “romper” con todo. Yo creo que somos producto de eso, para bien o para mal. El destino no es una cárcel. Yo mismo he derrapado. Gané la Beca Guggenheim, una de las más importantes del mundo, y estando en un congreso en México se me acercó un hombre, un “ranchero” auténtico, y me invitó a conocer Nuevo México porque decía que nuestras acequias eran iguales.

¿Y qué vio en Nuevo México?

— No fui, y ese fue un error. Yo sigo una frase que dice: “Todo aquello que tenga que ver con tu misión te será facilitado”. Yo tenía el dinero y la oportunidad, pero no supe ver que ese hombre era un “agente del destino”. Me equivoqué y hoy, con el tiempo, me doy cuenta de que se me escaparon muchas señales por no estar alerta. Hoy vivo de otra manera, atento a quién aparece en mi vida, porque nunca sabés si un encuentro casual es la pieza que falta en tu rompecabezas.

Parece que su búsqueda actual es más espiritual que técnica.

— Me siento un tipo bendecido. El libro tiene 28 capítulos que son historias reales de mi familia y amigos donde el azar fue determinante. Como decía Fellini en Amarcord: “Me acuerdo”. Recordar la infancia es clave, en esos años están las claves de lo que somos. Mi padre ya no está, pero este libro es mi forma de seguir conversando con él y con ese bisabuelo Giuseppe, que tanto se resistió a ser encontrado.

Imagen generada con IA por Ricardo Ponte para Mendoza Today.

— Hacia mucho que no publicaba un libro…

— Me pasó algo que me paralizó por años. Leí un comentario de García Lorca sobre un joven escritor: “Qué lindo escribe, lástima que no tenga nada que decir”. Eso me enmudeció. Pensé que no importaba escribir bien si uno no tenía algo potente que comunicar. Tardé mucho en encontrar mi propia voz hasta que llegaron los viajes y las investigaciones.

Usted se define como un outsider. ¿Cómo impactó esa mirada en su libro más famoso, Mendoza, ciudad de barro?

— Ser un outsider me permitió mirar lo que otros no veían. Arturo Roig, que fue mi maestro, me dijo algo muy fuerte el día de la presentación: “No solamente has escrito un libro sobre la historia de Mendoza; con este libro has ingresado a la historia de Mendoza. Nadie podrá hablar de esta ciudad sin pasar por aquí”. Y otro gran profesor, Edmundo Correas, me provocaba diciendo que era el mejor libro escrito en Mendoza sobre Mendoza en todo el siglo XX.

Usted defiende el rol de los subsidios para la investigación científica y cultural. ¿Por qué es tan crítico con quienes piden cortarlos?

— Porque soy un ejemplo concreto de que el subsidio, en buenas manos, genera obras que quedan para siempre. Tuve un subsidio del BID de casi 150.000 dólares para investigar las acequias. Con eso no me pagué un sueldo: contraté seis dibujantes, digitalizamos planos cuando la computación recién empezaba y creamos un corpus documental increíble. Antes, los planos en los libros de historia eran adornos. Yo los convertí en documentos iconográficos. Sin ese apoyo estatal y científico, Mendoza no tendría hoy un libro de esa calidad técnica.

-¿Qué más le queda por hacer?

— Sigo investigando, pero con más calma. Mi gran aporte ya está hecho: logré que la legibilidad de la Ciudad, a través de sus planos y sus acequias, sea parte de la identidad de los mendocinos. Como decía Picasso, “que la inspiración te encuentre trabajando”. A mí, el destino me encontró buscando.

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