Preocupación por el juego online en jóvenes mendocinos: estudio de la UNCuyo alerta sobre nuevas formas de consumo

Durante la semana que pasó, las comisiones de Salud de ambas cámaras legislativas de Mendoza se reunieron en una sesión conjunta para debatir sobre los consumos problemáticos en entornos digitales, poniendo especial atención en las juventudes. El encuentro fue encabezado por la senadora provincial Claudia Najul y contó con la presencia de profesionales del área …

Durante la semana que pasó, las comisiones de Salud de ambas cámaras legislativas de Mendoza se reunieron en una sesión conjunta para debatir sobre los consumos problemáticos en entornos digitales, poniendo especial atención en las juventudes. El encuentro fue encabezado por la senadora provincial Claudia Najul y contó con la presencia de profesionales del área de Salud Estudiantil de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO), quienes compartieron los resultados de una investigación reciente sobre el juego online entre estudiantes universitarios.

El relevamiento, llevado a cabo durante 2024, incluyó a 1045 estudiantes de grado y posgrado de distintas facultades de la UNCUYO. Se trató de una encuesta voluntaria, anónima y digital, realizada a través del sistema SIU Guaraní, con el objetivo de conocer los factores psicológicos y sociales que influyen en las prácticas de apuestas en línea dentro del ámbito universitario.

Entre los principales datos, se destacó que el 62% de quienes respondieron se identifican con el género femenino, el 36% con el masculino y el 1% con otras identidades. La mayoría de las personas encuestadas tiene entre 22 y 25 años, y más de la mitad (57%) trabaja actualmente, mientras que el resto se reparte entre quienes buscan empleo (21%) y quienes no trabajan ni buscan hacerlo (21%). Además, el 53% cuenta con obra social, frente a un 35% que depende del sistema público de salud.

La investigación abarcó estudiantes de todas las áreas académicas, y no detectó diferencias significativas en las conductas de juego según el lugar de residencia o la situación laboral, lo que sugiere que el fenómeno atraviesa distintos perfiles de manera similar.

Respecto a las prácticas de juego, el estudio reveló que más del 87% de los estudiantes nunca participó en apuestas. Sin embargo, entre quienes sí lo hicieron en el último año, las razones más mencionadas fueron la diversión y la curiosidad, aunque también se señalaron la influencia del entorno y la exposición a contenidos promocionales en plataformas digitales. Apenas un 0,2% reconoció hacerlo con frecuencia semanal —entre tres y cuatro veces—, y las modalidades más comunes fueron los casinos online, el bingo y las apuestas deportivas, todas en formato digital.

Uno de los hallazgos más significativos fue que el dinero no es el principal motivador para apostar. Por el contrario, muchos estudiantes señalaron razones emocionales como el deseo de experimentar algo nuevo, escapar de problemas personales o mitigar el malestar. En este sentido, el 11% admitió haber jugado para aliviar una carga emocional y el 10,5% como vía de evasión frente a conflictos personales.

Los especialistas destacaron que estas conductas deben analizarse dentro del contexto de salud mental juvenil. Aunque el juego problemático todavía no figura como una prioridad en la agenda sanitaria universitaria, remarcaron la necesidad de prestar atención a estas dinámicas emergentes en un entorno cada vez más atravesado por lo digital.

Desde Salud Estudiantil de la UNCUYO insistieron en la importancia de sostener políticas de prevención inespecífica y generar espacios de acompañamiento y reflexión. Algunas de las iniciativas actuales incluyen talleres grupales en facultades, actividades vinculadas a la salud emocional y abordajes que también buscan reducir otras problemáticas como el bullying o la ansiedad ante exámenes.

Finalmente, se propuso darle continuidad al estudio a través de un seguimiento longitudinal, que permitiría observar la evolución de estas conductas en el tiempo. Para ello, se analiza implementar un sistema de codificación anónima similar al que se utiliza en los testeos de VIH, lo que abriría la puerta a nuevas estrategias de intervención basadas en datos concretos.

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