El Mundial de las sombras
El torneo más grande de la historia comienza en un mundo más dividido que nunca.
Hoy se inicia el Mundial de Fútbol 2026. La competencia más grande y más mercantilizada de la historia. Con 48 selecciones, 104 partidos y tres países organizadores, la FIFA intentará conquistar definitivamente Estados Unidos, un mercado de más de 350 millones de habitantes donde el fútbol aún busca instalarse como deporte dominante.
La antesala del torneo ya dejó una frase que resume muchas de las contradicciones de esta Copa del Mundo. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, lanzó un mensaje tan directo como incómodo: "Vengan, pero váyanse rápido".
Después de haber cubierto ocho campeonatos mundiales, esta vez, pese a que la FIFA volvió a acreditarme, he decidido no asistir. Por lo tanto, en lo personal, la advertencia de Trump no me preocupa demasiado. Pero sí ayuda a entender el clima que rodea a este torneo.
Comienza entonces el Mundial más grande de la historia. El estadio Azteca volverá a ser escenario de una inauguración mundialista, mientras que la final se disputará el 19 de julio en Nueva Jersey. Aunque México y Canadá comparten la organización, Estados Unidos concentrará 78 de los 104 encuentros.
Será también un Mundial para bolsillos fuertes. La vigesimotercera Copa del Mundo promete convertirse en la más costosa para los aficionados.
Un estudio de Open Economics, realizado junto con la FIFA y la Organización Mundial del Comercio, estima una asistencia total de 5,2 millones de personas. De ellas, 1,2 millones llegarán desde el extranjero y gastarán más de 11.000 millones de dólares de manera directa. El impacto económico total sobre Estados Unidos rondaría los 17.200 millones de dólares y generaría cerca de 185.000 empleos.
Dicho de otro modo: quien viaje al Mundial estará haciendo una contribución importante a la economía estadounidense. Pero, según el mensaje presidencial, será mejor que no se quede demasiado tiempo.
Hay algo en los mundiales que siempre tuvo relación con la suspensión temporal de la realidad. Durante un mes, las guerras parecen quedar lejos, las fronteras se vuelven difusas y millones de personas hablan un idioma común hecho de goles, ilusiones y abrazos improvisados. Tal vez sea una de las últimas utopías compartidas por la humanidad.
Por eso inquieta que este Mundial ya no se imagine únicamente como una fiesta deportiva sino también como una incógnita política.
Estados Unidos, Canadá y México ofrecen un escenario inmenso, moderno y eficiente. Todo parece preparado para funcionar. Sin embargo, la pregunta es si en ese orden perfecto habrá lugar para el desorden del mundo actual.
El fútbol siempre convivió con la política. Pero esta vez parece respirar a través de ella.
Basta mencionar un caso. Irán logró clasificarse para el Mundial, pero su participación se encuentra rodeada de tensiones diplomáticas y restricciones migratorias. El equipo persa deberá afrontar condicionamientos que trascienden por completo el aspecto deportivo.
Y los problemas comenzaron incluso antes del puntapié inicial. Árbitros, futbolistas y delegaciones sufrieron retrasos, revisiones extraordinarias, dificultades para obtener visas y controles migratorios especialmente rigurosos. Situaciones que en otros mundiales habrían sido simples anécdotas y que hoy alimentan la sensación de que el principal desafío no está dentro de la cancha sino en las fronteras.
Así se llega a esta Copa del Mundo después del exitoso torneo de Qatar 2022, que coronó a la Argentina de Lionel Messi como campeona del mundo.
También será un Mundial con nuevas reglas. Entre ellas, sanciones más severas para las protestas, mayores atribuciones para el VAR, límites estrictos a las sustituciones y protocolos especiales para enfrentar las altas temperaturas previstas en varias sedes.
La selección que levante la Copa del Mundo el próximo 19 de julio deberá superar una verdadera carrera de resistencia. El nuevo campeón jugará ocho partidos, el doble de los cuatro que necesitó Uruguay para conquistar el primer Mundial en 1930 y uno más de los siete que disputó la Argentina para consagrarse en Qatar.
Comienza la mayor fiesta deportiva del planeta. Pero lo hace en un escenario complejo.
Este Mundial llega cargado de sombras, polémicas, denuncias y temores. Los organizadores lo presentan como una herramienta de unión global. Sin embargo, corre el riesgo de transformarse en el escaparate involuntario de las fracturas que atraviesan al sistema internacional.
Los mundiales anteriores se desarrollaron en una etapa de globalización relativamente estable y optimista. Parecía que el mundo avanzaba hacia una integración cada vez mayor: más comercio, más movilidad y más intercambio cultural. El Mundial encajaba perfectamente en esa visión.
Ese mundo es el mundo de ayer.
Este torneo coincide con una etapa de creciente rivalidad entre potencias, polarización política, desconfianza institucional y cuestionamientos al orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial. Los tres países anfitriones representan además realidades muy distintas y mantienen relaciones cada vez más condicionadas por los vaivenes políticos de Washington.
El Mundial nació para unir al planeta alrededor de una pelota.
Esta vez llega a un mundo más dividido, más desconfiado y más imprevisible.
Durante un mes intentará volver a ser una fiesta universal. La gran pregunta es si el fútbol todavía puede suspender la realidad o si, por primera vez, la realidad terminará imponiéndose sobre el fútbol.