El hater frente al espejo: cuando el odio digital dice más del que comenta que de la comentada
En las últimas semanas, desde mi cuenta personal de Instagram, empecé a hacer algo simple y brutalmente revelador, y es exponer comentarios despectivos y odiosos que hombres dejan en publicaciones de mujeres famosas hegemónica y objetivamente bellas de la Argentina. No muestro nombres ni apellidos de sus autores. Sólo la foto de perfil pública y …
En las últimas semanas, desde mi cuenta personal de Instagram, empecé a hacer algo simple y brutalmente revelador, y es exponer comentarios despectivos y odiosos que hombres dejan en publicaciones de mujeres famosas hegemónica y objetivamente bellas de la Argentina.
No muestro nombres ni apellidos de sus autores. Sólo la foto de perfil pública y la frase que escribieron. Nada más. Y aun así, alcanza para entender casi todo.
La exposición funciona como un mecanismo básico de responsabilidad. En redes sociales, muchos se amparan en la ilusión de impunidad, creyendo que el comentario se pierde entre miles. Pero cuando ese mensaje se aísla y se observa fuera del ruido, queda desnudo en toda su violencia, incoherencia y su miseria.
Si alguien no soporta ver replicado lo que escribió, quizá la pregunta correcta no sea por qué se lo expone, sino por qué lo escribió en primer lugar.
El patrón se repite con una regularidad inquietante. La mayoría son hombres grandes, físicamente poco agraciados -incluso habiendo elegido de foto de perfil la mejor imagen de ellos mismos que podían tener en su bibioteca digital- opinando sin pudor sobre cuerpos que están, objetivamente, dentro de los cánones de belleza más aceptados. Y no, se trata de crítica estética inocente ni de humor. Es literalmente desprecio. Es casi un castigo simbólico. Es la necesidad de bajar del pedestal a alguien que nunca van a poder tocar, ni conocer, ni siquiera cruzar en la vida real.
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El caso más obsceno es el de la contradicción sin vergüenza. Un mismo usuario le comenta a la actriz, bailarina y conductora Laurita Fernández “estás muy gorda” en una foto, y en otra, sólo días después, “parecés anoréxica”. No hay cuerpo posible que satisfaga ese ojo tan exigente en una cara tan desordenada. Y es que el problema no es el cuerpo. El problema es ella mostrándose como es y siendo deseada por otros.
En sociología esto no es nuevo. El insulto funciona como mecanismo de defensa. Lo que no se puede poseer, se descalifica. Lo que genera deseo y frustración al mismo tiempo, se intenta ensuciar. El hater no busca corregir ni opinar. Busca equilibrar una balanza interna que siente injusta. Si yo no puedo acceder a vos, entonces es porque vos tampoco merecés acceder a mí. Las uvas estaban verdes.
Por eso estos comentarios casi nunca aparecen en perfiles privados o anónimos. Y raramente los veo en perfiles de hombres jovenes y atractivos. Están ahí, a la vista de todos. Son una performance. Una forma de decir “yo también existo” en un ecosistema que los ignora. Y la paradoja es que cuanto más bellas, exitosas y seguras son las mujeres, más violentos se vuelven los mensajes.
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“Es escrache”, “es lo mismo”, bla, bla bla…
Exponerlos —sin doxing, sin nombres, sin linchamiento— no es venganza. Es evidencia. Es poner el foco donde siempre estuvo el problema. No en el cuerpo femenino, sino en la fragilidad masculina que necesita humillar para no sentirse invisible.
Al final, estos reels no hablan de Laurita, ni de famosas, ni de belleza. Hablan de hombres mirándose en un espejo que no les gusta. Y reaccionando como saben, es decir, con odio.
Insisto: esto no es un escrache. Nadie es obligado a nada, nadie es perseguido, nadie es señalado por información privada. Lo que se muestra son comentarios públicos, escritos de manera voluntaria en cuentas abiertas, en perfiles verificados y con alto alcance. Es, lisa y llanamente, la reproducción de lo que ellos mismos decidieron decir en público.
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Un escrache implica revelar identidades, direcciones, datos sensibles o forzar una condena social. Acá no hay nada de eso. No hay nombre y apellido, no hay usuario, no hay cacería digital. Sólo hay una frase y una cara que el propio autor eligió como imagen de presentación ante el mundo. Si incomoda verse reflejado, el problema no es el espejo, sino lo que se dijo frente a todos.
Pero, ¿no es que el peor enemigo de una mujer es otra mujer?
¿Por qué, entonces, la mayoría de los expuestos son hombres y no mujeres, si comentarios crueles hay de ambos lados y en muchos casos son aún más los femeninos? La diferencia no es cuantitativa, es estructural. Noto que muchos hombres comentan desde una lógica de descalificación defensiva. No hablan del cuerpo de una mujer porque les interese realmente su salud, su estética o su bienestar. Lo hacen desde la frustración, desde la distancia entre el deseo y la imposibilidad. Cuando no pueden acceder, no pueden gustar, no pueden ser mirados, desprecian. Es un mecanismo clásico de compensación simbólica. El “si no te puedo tener, te rebajo”.
En el caso de muchas mujeres, cuando aparece el comentario hiriente, suele emerger desde otro lugar. Más ligado a la comparación, a la competencia internalizada, a una especia de envidia que no busca dominar sino medirse. No es vertical, es horizontal. Por supuesto que no es menos problemático, pero no es lo mismo.
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