El desvío de la SIDE: de la (no) prevención de atentados a perseguir periodistas

La embestida de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) contra la periodista de La Nación, Delfina Celichini, encendió las alarmas sobre el autoritarismo y el uso de los servicios de espionaje como herramientas de coacción política.  El conflicto escaló a niveles inéditos el pasado miércoles, cerca de la medianoche, cuando el organismo de inteligencia …

Nicolás Sanz

La embestida de la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) contra la periodista de La Nación, Delfina Celichini, encendió las alarmas sobre el autoritarismo y el uso de los servicios de espionaje como herramientas de coacción política. 

El conflicto escaló a niveles inéditos el pasado miércoles, cerca de la medianoche, cuando el organismo de inteligencia utilizó sus cuentas oficiales para señalar a la periodista, acusándola de difundir información falsa y de atentar contra los intereses nacionales tras la publicación de una nota que desnudaba las internas y las reformas en la estructura de espionaje del gobierno del presidente de Javier Milei

Este ataque no fue un hecho aislado, sino la clara exhibición de una campaña de violencia digital y acoso que Celichini venía sufriendo desde diciembre pasado, tras revelar la identidad detrás de cuentas de redes sociales vinculadas al oficialismo, lo que motivó una enérgica denuncia del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) en defensa de la libertad de prensa. 

Lo más grave de este escenario es el evidente apartamiento de las funciones específicas de la SIDE, que en lugar de volcar sus capacidades y su presupuesto (ampliado constante y significativamente bajo la gestión Milei) a la prevención de atentados terroristas o la ciberdefensa, el organismo parece haber sido reconvertido en una oficina de monitoreo y disciplinamiento del debate público. 

La utilización del apriete y el señalamiento público desde una estructura de inteligencia estatal representa un método intimidatorio que busca asfixiar al periodismo de investigación, desplazando la seguridad nacional por la persecución de quienes incomodan al poder. 

Este desvío funcional degrada la calidad institucional del país y deja a la ciudadanía desprotegida frente a amenazas reales, mientras los recursos del Estado se consumen en una guerra simbólica contra el periodismo valiente, consolidando un esquema de opacidad y hostigamiento que recuerda a las épocas más oscuras de los servicios de inteligencia locales. 

Al transformar una agencia de seguridad en un brazo ejecutor de la comunicación política, el gobierno de Milei cruza un límite democrático fundamental, donde la crítica periodística es tratada como una amenaza a la seguridad del Estado, invirtiendo la lógica de transparencia y rendición de cuentas que debe regir a cualquier organismo de inteligencia.

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