Jorge Luis Borges, 40 años después

Este 14 de junio se recuerda un nuevo aniversario del fallecimiento de Jorge Luis Borges, en momentos que sigue siendo noticia pese a los 40 años en que dejó la vida terrenal.

Oportunamente, Santiago Kovladof, ante las agresiones que reciben artistas, intelectuales y periodistas argentinos por parte del presidente Javier Milei, comentó, en una entrevista con Luis Novaresio, una emotiva anécdota, de cuando el filósofo visito, con un grupo de intelectuales, al presidente Raúl Alfonsín y Jorge Luis Borges le expreso al entonces presidente de la república: "Usted nos ha devuelto el deber de la esperanza".

Y en estos momentos se conoce una publicación en Argentina, el libro "Cuadernos y conferencias", que permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto Erígena, Francis Bacon o David Hume, y a escritores como William Blake, Robert Browning, Herman Melville, Mark Twain, Arthur Conan Doyle, Oscar Wilde, Franz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos "El sur" y "Funes el memorioso", entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La vigencia siempre latente del más grande escritor de nuestra historia que nació el 14 de agosto de 1899, en pleno centro de Buenos Aires y luego la familia se radico en el barrio de Palermo. El tango había nacido entre 1850 y 1950, el literato llegó al mundo 9 años después que el máximo exponente de ese género Carlos Gardel.

Descendía de una familia de próceres que participaron en las luchas de independencia y en las guerras civiles.

Su padre, Jorge Guillermo Borges, fue profesor de psicología e inglés. Influenciado por su abuela materna, Fanny Haslam, Borges aprendió a leer antes en inglés que en español y a los seis años ya había manifestado a sus padres su vocación de escritor.

En 1914, su padre decidió pasar una temporada con la familia en Europa. Al regresar, cinco años más tarde, redescubrió Buenos Aires y quedó fascinado con sus suburbios, tierra de malevos. Pronto conoció a Macedonio Fernández, y asistió a su tertulia de los sábados. Bajo su tutela participó en la fundación de varias publicaciones como Prisma y Proa. En 1923, antes de partir nuevamente rumbo a Europa con su familia, publicó Fervor de Buenos Aires. Más tarde publicaría Luna de enfrente, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, y Evaristo Carriego. De esta época datan sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Victoria y Silvina Ocampo, Alfonso Reyes y Oliverio Girondo. Escribió para Martín Fierro y Sur, y colaboró como asesor literario en el diario Crítica. Publicó más tarde Historia universal de la infamia, una colección de cuentos basados en criminales reales, e Historia de la eternidad. Más tarde publicó junto a Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares una Antología de la literatura fantástica. Luego vendrán Seis problemas para don Isidro Parodi, en colaboración con Adolfo Bioy Casares, y Ficciones, que recoge cuentos publicados con anterioridad.

En 1937 había conseguido un puesto de primer ayudante en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, pero en 1946, tras algunas declaraciones antiperonistas, Borges fue destituido de su puesto y nombrado inspector de aves y conejos en mercados municipales. Comenzó entonces a dictar cursos y conferencias, y dirigió la revista Anales de Buenos Aires.

En 1949 publicó El Aleph, Otras Inquisiciones y, tras el derrocamiento de Perón, fue designado director de la Biblioteca Nacional, miembro de la Academia Argentina de Letras y profesor de literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. También obtuvo en 1956 el Premio Nacional de Literatura. Publicó luego El Hacedor, El informe de Brodie y El libro de arena.

En 1961 compartió el Premio Formentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.

Allí las escorias de Borges descansan; él, que parecía nacido y hecho para la Recoleta, el cementerio patricio ordenado como un patio donde la muerte parece menos brava.

Así lo quiso a sabiendas del país que dejaba, temeroso tal vez de las crónicas y obituarios que su muerte desataría, al estilo sensacionalista y vulgar que él detestaba.

Jorge Luis Borges, 40 años después

Jorge Luis Borges / Clarín

Se llevó su muerte a Suiza, nación desapasionada, moderna, geométrica, pero capaz de producir algunas de las personalidades más candentes de la acción y el pensamiento humano. Nos tenía guardada esta última metáfora, esta saga donde la Parca roba de su tierra a un hombre que la amó y describió hasta el plagio de sí mismo y el delirio.

No estaba preparado el país para esa literatura. Y, si lo estaba, no faltaban, de década en década, los propiciadores de el ser nacional, el perfil argentino, que de los estrados políticos combatían -sin haberlas leído- todas las formas de expresión que superaban el entorno nacional en busca de lo universal.

Así, mucha gente que ni siquiera conoce el Martín Fierro osó calumniarle de extranjerizante (creyendo, por supuesto, que no ser nacionalista era pecado).

Borges soñaba para los argentinos una mitología que no tenía y que, en consecuencia, era urgente crear a partir de lo más mísero: los cuchilleros, los compadritos, echando mano, aunque fuera, a su inspiración en los grandes maestros de la literatura hiperbórea europea, menos conocidos aquí que los franceses, los italianos, los alemanes.

No tenían acaso nuestros temas el derecho de ser universales. Borges fue siempre un escritor comentado, envidiado y querido en pequeños círculos intelectuales del país, pero fue Europa con sus traducciones la que, lentamente, lo fue descubriendo y lanzando al mundo. Y en la medida que esa Europa lo festejaba y lo premiaba como un raro ejemplar de escritor de estas tierras, el hombre medio argentino que lo desconocía, se iba formando una imagen de él como escritor que hace abjuración de su nacionalidad.

Dueño de una prosa que no es ni criolla, ni española, ni gauchesca, que es sólo borgeana, anticastiza, americana de raíz hispánica pero lo suficientemente nueva como para deslumbrar a los españoles idiomáticos, dueño de una prosa que le nació del contacto con la "Luna de enfrente" , "El vino pendenciero", "Fervor de Buenos Aires'" fue reseñando una patria fantástica donde ya todo era posible, hasta la pesadilla de ser argentino, hasta ser agnóstico.

Borges estuvo solo en un país demasiado deshecho, en un país que tiene la rara virtud de hundirse interminablemente. Todos los que jamás lo leyeron continúan creyéndolo autor de una literatura de espalda al país y propensa a lo extranjero en detrimento de lo propio. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que Borges fue el único escritor argentino que supo o pudo "argentinizar" corrientes literarias eternas, cuando los temas fueron foráneos, y universalizar las pequeñas magias nuestras: el tango, el malevo, la orilla, los patios, el Bajo, San Telmo. Y prefirió dedicarle un ensayo, al "poeta menor'" Evaristo Carriego, amigo de su padre y visitante de su casa.

Lo que molestaba de Borges al lector medio era la diversa entonación, no académica, de sus creaciones y esa falta de imaginación para juzgar su obra cundió en lectores que repitieron la hazaña de considerarlo por poco enemigo de la patria.

Contra eso, tal vez, Borges, que nos dio gloria a raudales y más de una noche de lectura deslumbrante, hurtó su cuerpo muerto hecho para la Recoleta.

Los que nunca respetaron, ni leyeron, ni comprendieron su obra, acepten al menos, esta su última metáfora: elegir para yacer lo más lejano de lo que describió y amó: Ginebra.

Jorge Luis Borges, 40 años después
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