El Grito de Libertad

“Un día se sabrá que esta Patria fue liberada por los pobres, y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros, que ya no volverán a ser esclavos”. — José de San Martín Cada 25 de Mayo la historia vuelve a golpear la puerta de los argentinos. No se trata solamente de recordar una …

Roberto Suarez

“Un día se sabrá que esta Patria fue liberada por los pobres,
y los hijos de los pobres, nuestros indios y los negros,
que ya no volverán a ser esclavos”.
— José de San Martín

Cada 25 de Mayo la historia vuelve a golpear la puerta de los argentinos. No se trata solamente de recordar una fecha patria ni de repetir ceremonias oficiales, sino de volver a preguntarnos qué significado tiene hoy aquella palabra que movilizó a los hombres de 1810: libertad.

La Revolución de Mayo fue mucho más que el nacimiento del primer gobierno patrio. Representó el despertar de un pueblo que decidió dejar de obedecer un destino impuesto desde afuera y comenzar a construir el suyo propio. Fue el inicio de una idea de Nación que todavía continúa inconclusa y que, más de dos siglos después, sigue interpelándonos.

A comienzos del siglo XIX no existía la Argentina tal como hoy la conocemos. El Virreinato del Río de la Plata abarcaba extensos territorios que incluían regiones de las actuales Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. El poder político estaba concentrado en la Corona española y los criollos carecían de participación real en las decisiones de gobierno.

Las invasiones inglesas dejaron una enseñanza decisiva: los habitantes del Río de la Plata podían defenderse solos. Aquella victoria militar fortaleció el sentimiento criollo y alimentó la idea de autonomía. Mientras tanto, España atravesaba una profunda crisis política tras la invasión napoleónica de 1808 y sus colonias comenzaban a quedar aisladas y debilitadas.

En ese contexto empezó a crecer una elite intelectual y comercial que cuestionaba las restricciones económicas impuestas por la Corona y reclamaba mayores libertades. Las ideas independentistas comenzaron a circular con fuerza en Buenos Aires y encontraron respaldo en sectores militares criollos cada vez más organizados.

La noticia de la caída de Sevilla, el último bastión del poder español, terminó de precipitar los acontecimientos. El 25 de Mayo de 1810, el pueblo reunido frente al Cabildo impuso su voluntad y nació la Primera Junta de Gobierno, presidida por Cornelio Saavedra e integrada, entre otros, por Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Juan José Castelli. Comenzaba así el camino que conduciría a la declaración de la Independencia el 9 de Julio de 1816.

Sin embargo, cada aniversario deja también una sensación incómoda. Los argentinos ya no vivimos las fechas patrias con la intensidad de otros tiempos. Habrá actos oficiales, algún desfile, escarapelas aisladas y el tradicional locro familiar, pero parece haberse debilitado algo más profundo: el sentimiento de pertenencia, la idea de comunidad, el orgullo de ser parte de una misma historia.

Tal vez el desafío de este tiempo sea precisamente recuperar ese espíritu colectivo que animó a los revolucionarios de Mayo. No desde el discurso vacío ni desde el nacionalismo declamativo, sino desde el compromiso cotidiano con una patria más justa, más solidaria y más humana.

Porque el 25 de Mayo no debería ser solamente una efeméride. Debería seguir siendo, como en 1810, un grito de libertad.

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