Crónicas Menducas: Daniel Riolobos, la voz que Mendoza prestó al bolero
Pedro Nicasio Riolobos Vicario era su verdadero nombre. Nació en Mendoza, en el año 1932, en Villa Hipódromo de Godoy Cruz. Cuando apenas tenía tres años, ya canturreaba en las reuniones familiares y a los cinco debutaba en una radio sanjuanina, y su padre, asustado, consultó a un médico. Pero por esos días, Daniel, tenía …
Pedro Nicasio Riolobos Vicario era su verdadero nombre. Nació en Mendoza, en el año 1932, en Villa Hipódromo de Godoy Cruz.
Cuando apenas tenía tres años, ya canturreaba en las reuniones familiares y a los cinco debutaba en una radio sanjuanina, y su padre, asustado, consultó a un médico. Pero por esos días, Daniel, tenía otra gran pasión, el fútbol. Y allí se lo vio brillar, en 1947, cuando jugó en la primera de Independiente Rivadavia. Hábil goleador, dúctil con el manejo de pelota al igual que con su voz. Una lesión lo dejó afuera de ese mundo.
Por ese entonces estudiaba en el conservatorio Rossini, y a partir de 1950, luego de una breve estadía en Buenos Aires, -la demanda por cantantes de boleros era escasa en esta ciudad-, partió a Chile y comenzó a presentarse como crooner de la orquesta dirigida por el pianista británico Robert Inglez hasta que reemplazó al chileno Lucho Gatica.
Al poco tiempo, en La Habana, Cuba, conoció al artista que lo guiaría en su forma de cantar: Benny Moré, “el rey del ritmo”, como se lo conocía en la isla, fue quien le enseñó los secretos de la profesión. “Un día, Benny me encontró “fusilado y que no podía abrir la boca para cantar”.
“El secreto –me decía- es jugar con los tiempos. Si ves que no puedes llegar arriba con la voz, atrásate, corta las palabras y verás que llegas. Y si no, al revés. Y ya está, chico, ya está. Ahí empecé a conocer lo que era cantar de verdad”.
Benny Moré, recuerdan en la Isla que la gente esperaba con ansias cada vez que se presentaba en los bailables de La Tropical y la Sierra, a salón lleno y a veces, Benny ni aparecía, porque se paseaba de bar en bar, cantando y tomando, y donde lo esperaban, era tan pero tan querido, que el público ni siquiera se enojaba.
Riolobos también aprendió todo eso. En enero de 1959 arribaba a México, allí lo contratarían para actuar en el teatro lírico y a partir de allí comenzó a afianzarse, de la mano de Agustín Lara y de Lucho Gatica, precisamente, con este último, tuvo una vida artística paralela que siempre los encontraba juntos en distintos ámbitos, como por ejemplo cuando participaron en un certamen y Riolobos se llevó el premio Azteca al Mejor Cantante Internacional y el chileno terminó detrás de él. Hasta llegó a conducir un programa en la TV mexicana que se llamaba “Ahora voy yo”.
Los arregladores destacaban su afinación quirúrgica; los periodistas, su timidez fuera del escenario; el público, su manera de quebrar la voz en el último verso. Cantaba siempre como si estuviera diciendo la verdad más íntima.
Riolobos no fue un intérprete de gestos grandilocuentes: su carisma era la sobriedad. Ensayaba hasta agotarse, cuidaba cada respiración antes de subir al escenario y evitaba hablar de su vida privada. Esa distancia construyó un aura de misterio que convivía con la calidez de su voz. Más que un ídolo masivo, fue un artista respetado por músicos, productores y críticos por igual.
Aunque su vida artística se desplegó en Buenos Aires y México, nunca se desprendió de Mendoza. Tal vez para presentarse en algún teatro, para mostrar lo nuevo, porque entre otras cosas, también era un renovador. O volvía para visitar a su madre Felipa, quien seguía viviendo en su barrio. Y entonces cuando llegaba hacía estragos, como en 1968, en el Segundo Festival de Buenos Aires de la Canción, el cual ganó con un tema compuesto por Eladia Blázquez, titulado, “No es un juego el amor”.
Como tantos artistas de su generación, vivió una vida intensa. Los viajes, los compromisos y el ritmo de las giras terminaron afectando su salud. Murió en México, en el DF, el 17 de julio de 1992. La rotura de una arteria que derivó en padecimientos hepáticos y tres paros cardíacos sucesivos, fulminantes, se lo llevaron.
Su muerte sorprendió al ambiente artístico y dejó una sensación de orfandad entre quienes encontraban en su voz una forma de equilibrio: ni exagerada, ni fría; simplemente precisa y emocional.
Pero dejó una marca profunda en la música romántica argentina: abrió el camino para intérpretes que, como él, entendieron el bolero como un arte de precisión emocional. Hoy sus grabaciones circulan en radios, reediciones digitales y en la memoria de quienes lo escucharon en vivo.
En cada una suena todavía aquel chico mendocino que se animó a decir: “sí, yo canto”.
Y cómo cantó.
Para Mendoza, sigue siendo parte de ese linaje artístico que la provincia exportó al país: como un puente entre la tierra del buen vino y las noches mexicanas. Un mendocino que, sin proponérselo, terminó siendo continental.


