La responsabilidad de comunicar
Hace algunos días, un video de un programa radial de nuestra provincia comenzó a circular en redes sociales. En él, el conductor hacía “un chiste” usando una expresión peyorativa para referirse a una mujer trans que había protagonizado un episodio en un local de comida rápida de la Terminal. El clip se virializó. Y con …
Hace algunos días, un video de un programa radial de nuestra provincia comenzó a circular en redes sociales.
En él, el conductor hacía “un chiste” usando una expresión peyorativa para referirse a una mujer trans que había protagonizado un episodio en un local de comida rápida de la Terminal. El clip se virializó. Y con él, una pregunta incómoda: ¿en qué punto estamos realmente como sociedad?
Así es como ciertos discursos, lejos de desaparecer, encuentran refugio detrás de la pantalla del “humor”, la “espontaneidad” o el simple descuido. Pero las palabras nunca son inocentes. Y menos cuando salen por un micrófono.
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Estar al aire implica una responsabilidad social para con el otro. Decir “una trava” invisibiliza la identidad, aumenta los prejuicios, las burlas, la criminalización y la violencia.
El peso de la historia
Para entender el presente, hay que mirar el pasado. En los años 90, la conductora Mirtha Legrand entrevistó a Cris Miró, una de las primeras figuras trans en imponerse en la televisión argentina. En esas entrevistas, Legrand la llamaba constantemente con pronombres masculinos, hacía preguntas que hoy resultan inaceptables y naturalizaba una mirada que ponía en duda la propia existencia de Cris como mujer.
Esas entrevistas eran, en su momento, consideradas “normales”. Eso dice mucho del camino recorrido. Hoy, gracias a décadas de lucha de la comunidad LGBTIQ+, de leyes como la Ley de Identidad de Género (2012) y de un lento pero genuino cambio cultural, ya no toleramos esas cosas como sociedad. El problema es que algunos comunicadores siguen instalados en ese pasado, como si los años no hubieran pasado, como si el micrófono fuera una patente para decir cualquier cosa.
El hecho: una pelea, muchas lecturas
El episodio que disparó todo ocurrió en el local de comida rápida de la Terminal de Mendoza. Un altercado entre mujeres trans, motivado por celos en torno a un joven que se hizo presente. La escena fue registrada, subida a redes y retomada por distintos medios locales.
Algunos lo cubrieron con perspectiva de género, tratándolo como lo que era: un hecho de violencia entre personas. Otros, en cambio, lo convirtieron en espectáculo. Se burlaron. Se regodearon. Y cabe preguntarse: ¿por qué? ¿Porque eran mujeres trans? ¿Porque uno de los involucrados era un hombre cisgénero y eso generaba morbo? ¿O simplemente porque burlarse de la comunidad trans sigue siendo un camino para conseguir más “me gusta”, más seguidores, más virialización?
¿Qué es el discurso de odio y por qué importa?
En el lenguaje cotidiano, el “discurso de odio” puede sonar a algo lejano, pero en realidad está mucho más cerca de lo que creemos. Se trata de cualquier tipo de comunicación —oral, escrita o conductual— que ataca o utiliza lenguaje peyorativo o discriminatorio hacia una persona o grupo, basándose en características como su religión, etnia, nacionalidad, género u otras formas de identidad.
Usar un término como “trava” en tono burlesco en un programa de radio no es solo una torpeza. Es un acto que tiene consecuencias reales: invisibiliza la identidad de una persona, refuerza prejuicios sociales, habilita las burlas en el entorno del oyente y, en muchos contextos, contribuye directamente a la criminalización y la violencia. Las palabras crean realidades. Y las palabras al aire crean realidades para miles de personas a la vez.
La voz del Estado: “una cuestión de respeto”
Fernanda “Teté” Urquiza, subdirectora de Género y Diversidad de la provincia de Mendoza, tomó la palabra frente a este episodio y fue clara: esperaba una disculpa pública y sincera del comunicador. No como represalia. No como condena. Sino como gesto mínimo de reconocimiento.
“Una cuestión de ubicación y de respeto”, dijo Urquiza. Una frase que dice mucho en pocas palabras. No se trata de cancelar a nadie. Se trata de saber dónde uno está parado y qué poder tiene en sus manos. Un micrófono no es un arma, pero puede serlo si no se lo usa con consciencia.
La responsabilidad de comunicar
No hay comunicador neutral. Cada vez que alguien habla al aire, elige —consciente o inconscientemente— qué mundo quiere reproducir. Si elige reírse de una mujer trans, está reproduciendo un mundo donde esas personas no merecen respeto. Si elige nombrarla con dignidad, está eligiendo otro mundo. Uno más justo. Uno en el que el lenguaje suma en lugar de restar.
Los términos cambian porque la sociedad cambia. Porque personas reales, con nombre y apellido, pelearon durante años para ser nombradas con dignidad. Ignorar ese avance no es “ser auténtico” ni “no ser políticamente correcto”. Es simplemente quedarse atrás. Y cuando uno es comunicador, quedarse atrás también arrastra a su audiencia.
El episodio en la Terminal fue un hecho de violencia. Merece ser contado con seriedad y respeto. Merece que quienes lo cubrieron se pregunten, honestamente, si lo hicieron para informar o para entretener a costa de las personas más vulneradas.
Claramente hay hechos que no puedo dejar pasar. Soy comunicadora trans, formada en la UNCUYO y recibida. Claramente mi título no tiene que estar colgado en la pared, sino en alertar sobre lo que pasa en la sociedad, alertar sobre los discursos de odio y la desigualdad. Estamos en 2026. No es tarde para aprender. No es tarde para pedir disculpas. No es tarde para elegir las palabras con el cuidado que merecen las personas que van a recibirlas.


