Mugica, el cura que eligió a los pobres y desafió al poder
A 52 años de su asesinato, la figura del padre Carlos Mugica continúa creciendo en la memoria popular argentina. Su nombre no quedó atrapado en el pasado ni reducido a una estampita romántica de los años setenta: Mugica sigue siendo una voz incómoda para los poderosos y una referencia moral para quienes creen que la política, la religión …
A 52 años de su asesinato, la figura del padre Carlos Mugica continúa creciendo en la memoria popular argentina. Su nombre no quedó atrapado en el pasado ni reducido a una estampita romántica de los años setenta: Mugica sigue siendo una voz incómoda para los poderosos y una referencia moral para quienes creen que la política, la religión y la solidaridad deben estar al servicio de los más humildes.
Aquel 11 de mayo de 1974, el sacerdote había cumplido con algunas de sus rutinas habituales. Después de celebrar misa en la iglesia San Francisco Solano, en Villa Luro, se dirigía hacia su humilde Renault 4-L cuando fue interceptado por un sicario vinculado a la organización parapolicial Triple A. Los disparos terminaron con su vida, pero también con la ilusión de una Argentina donde las diferencias políticas pudieran resolverse sin odio ni exterminio.
Mucho antes de morir, Mugica intuía su destino. “Tengo los días contados. Sé que me van a matar y será López Rega”, había confesado a sus allegados. Sus palabras resultaron proféticas. El crimen fue atribuido a la maquinaria represiva organizada alrededor de José López Rega, el siniestro “Brujo”, durante el propio gobierno peronista. Pocos días antes, el país había asistido al dramático acto del 1° de mayo de 1974, cuando Juan Domingo Perón expulsó a los Montoneros de la Plaza de Mayo tratándolos de “imberbes” y “estúpidos”. La violencia política ya estaba desatada y Mugica quedó atrapado entre dos fuegos: el odio de la derecha y las sospechas de sectores revolucionarios que nunca terminaron de comprenderlo.
Sin embargo, reducir al padre Carlos a la violencia de aquellos años sería injusto. Su verdadera dimensión está en otro lado: en su opción radical por los pobres.
Nacido el 7 de octubre de 1930 en el seno de una familia acomodada de Buenos Aires, Mugica podría haber tenido una vida confortable, lejos de las miserias sociales. Su padre fue canciller de Arturo Frondizi y pertenecía al corazón de la elite conservadora argentina. Pero Carlos eligió otro camino. Estudió Derecho, viajó por Europa y finalmente descubrió su vocación sacerdotal. Ingresó al seminario en 1952 y fue ordenado sacerdote en 1959.
La renovación impulsada por el Concilio Vaticano II marcó profundamente su pensamiento. Mientras buena parte de la jerarquía eclesiástica argentina observaba con desconfianza las reformas promovidas por Juan XXIII y luego profundizadas por Pablo VI, Mugica abrazó con entusiasmo una Iglesia cercana a la gente y comprometida con la justicia social.
Fue también uno de los sacerdotes identificados con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y con las ideas de la Teología de la Liberación, corriente que proponía una Iglesia involucrada en las luchas populares de América Latina. Pero Mugica nunca aceptó la lógica de la violencia armada. Defendía la revolución social desde el Evangelio y no desde las armas. Por eso terminó siendo incómodo para todos: para la derecha que lo consideraba un subversivo y para algunos sectores de izquierda que lo juzgaban demasiado cercano al peronismo tradicional.
Su trabajo en la Villa 31 de Retiro fue el núcleo de su vida pastoral. Allí construyó la capilla Cristo Obrero, compartió el sufrimiento cotidiano de los más pobres y entendió que la miseria no era una estadística sino un drama humano concreto. El pueblo villero lo adoptó como uno de los suyos.
Por eso su entierro fue multitudinario. Miles de personas acompañaron el féretro desde la villa hasta el cementerio de Recoleta. Décadas más tarde, en 1999, sus restos regresaron finalmente a la Villa 31, donde seguramente hubiera querido descansar. En aquella ceremonia estuvo presente el entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, quien reclamó justicia no sólo por los asesinos materiales sino también por “los silencios cómplices”.
Ya convertido en Papa Francisco, Bergoglio volvió a recordar a Mugica el año pasado, al cumplirse medio siglo de su asesinato. En una carta enviada a la Arquidiócesis de Buenos Aires destacó que el padre Carlos “alienta aún hoy a que en cada barrio se fortalezca una comunidad que se organiza para acompañar la vida de nuestro pueblo”. También advirtió sobre “la cultura de la indiferencia”, una frase que parece escrita para estos tiempos donde crecen el individualismo, la exclusión y el desprecio por los más vulnerables.
Quizás allí radique la vigencia de Mugica. En una época donde gran parte de la dirigencia política discute porcentajes económicos mientras millones de personas quedan fuera del sistema, su figura reaparece como una interpelación ética. Mugica no hablaba de los pobres desde un escritorio: vivía entre ellos. No utilizaba la pobreza como consigna de campaña ni como discurso televisivo. La padecía junto a quienes no tenían agua, luz ni futuro.
En tiempos donde la palabra “solidaridad” parece haber sido reemplazada por “sálvese quien pueda”, la vida del padre Carlos vuelve a adquirir una dimensión profundamente política y humana.
Como homenaje final, vale recordar un fragmento de aquella conmovedora “Meditación en la villa”, escrita en 1972, donde resumió el sentido de toda su existencia:
“Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Ayúdame. Señor, sueño con morir por ellos; ayúdame a vivir para ellos”.


