Celebremos al Malbec
A fines del siglo XIX, Eugenio Bustos protagonizó un trueque que cambiaría para siempre su historia —y, con el tiempo, también la de Mendoza. Dueño de tierras en San Carlos, en el Valle de Uco, ofreció su mejor caballo a cambio de estacas de vid de uva Malbec, una variedad que había llegado al país pocos …
A fines del siglo XIX, Eugenio Bustos protagonizó un trueque que cambiaría para siempre su historia —y, con el tiempo, también la de Mendoza. Dueño de tierras en San Carlos, en el Valle de Uco, ofreció su mejor caballo a cambio de estacas de vid de uva Malbec, una variedad que había llegado al país pocos años antes. Sin saberlo, se convirtió en uno de los primeros en plantar la cepa que con el tiempo se transformaría en emblema nacional.
Pero para entender ese gesto hay que retroceder aún más. El 17 de abril de 1853, la Legislatura de Mendoza aprobó la creación de la primera Quinta Normal de Agricultura de la provincia, un proyecto impulsado por Domingo Faustino Sarmiento, quien veía en estas instituciones una herramienta clave para el desarrollo productivo y educativo. A propuesta suya, el ingeniero francés Michel Aimé Pouget fue designado como su primer director.
Pouget, visionario y pionero, introdujo al país diversas variedades europeas de vid hasta entonces desconocidas en esta parte del mundo.
Entre ellas estaba el Malbec, una cepa originaria de Francia que encontraría en el suelo mendocino un lugar ideal para desarrollarse y alcanzar una identidad propia.
Por eso, cada 17 de abril se celebra el Día Mundial del Malbec, una fecha que no solo remite a un hecho histórico, sino también al inicio de una transformación profunda en la vitivinicultura argentina.
Este año, más de 600 vinotecas de todo el país se suman a la celebración con degustaciones y actividades especiales, en una iniciativa impulsada por la Cámara Argentina de Vinotecas y Afines (CAVA), con el apoyo del Fondo Vitivinícola. La ocasión también invita a repasar algunos datos que reflejan la magnitud de esta cepa:
El Malbec es la variedad más cultivada en Argentina, con cerca del 24% de la superficie total —unas 47.000 hectáreas—, de las cuales el 85% se concentra en Mendoza.
En el mercado interno, más de la mitad del vino que se consume es Malbec, y en el plano internacional, tres de cada diez litros exportados corresponden a esta variedad, que hoy llega a 119 países. Incluso en el comercio digital, cuatro de cada diez vinos vendidos son Malbec.
Estos números no hacen más que confirmar una realidad: Mendoza no solo produce más del 60% del vino argentino, sino que también ha sabido construir, a partir de su diversidad de suelos, climas y altitudes, una identidad única para esta cepa.
Desde vinos jóvenes, frescos y frutales hasta ejemplares complejos y de gran potencial de guarda, el Malbec expresa como ningún otro la riqueza de su territorio.
En definitiva, el Malbec es mucho más que un vino: es historia, trabajo, cultura y símbolo. Es el resultado de decisiones, viajes y apuestas que comenzaron hace más de un siglo y que hoy posicionan a la Argentina en el mundo.
Quizás por eso sigue vigente aquella simple verdad que supo decir Horacio Guaraní: “con amigos, el vino no hace mal”.
Y también por eso resuenan, como un brindis que atraviesa el tiempo, los versos de Jorge Luis Borges, en su Soneto al Vino:
¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?
Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.
En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto
otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.


