Por qué decidí amputarme la pierna 10 años después de mi accidente

Durante años me aferré a una idea que hoy me resulta casi ajena: que salvar un una parte del cuerpo a toda costa era sinónimo de salvarme yo. Principalmente porque era lo que correspondía, lo que se esperaba, lo que cualquier médico —y cualquier persona— iba a intentar como primera y última opción. Nadie te …

Eliana Toro

Durante años me aferré a una idea que hoy me resulta casi ajena: que salvar un una parte del cuerpo a toda costa era sinónimo de salvarme yo. Principalmente porque era lo que correspondía, lo que se esperaba, lo que cualquier médico —y cualquier persona— iba a intentar como primera y última opción. Nadie te prepara para cuestionar eso. Nadie te dice que, a veces, conservar también puede ser una forma de perder.

Mi accidente automovilístico ocurrió hace una década. Diez años que no se miden en calendario sino en dolor, en cirugías, en infecciones recurrentes, en operaciones que desafían el sentido común con tal de no perder un miembro no funcional. Diez años en los que conviví con una parte de mi cuerpo que, en lugar de ser un aliado, se convirtió en un problema, un estorbo, una fuente de sufrimiento.

Durante mucho tiempo hice lo que se supone que hay que hacer, resistir. Apostar a la recuperación, confiar en la medicina, esperar el avance que cambie el panorama. Y en ese camino también hay algo de presión silenciosa, la de la idea de que rendirse no es una opción. Pero, ¿qué pasa cuando lo que estás sosteniendo es justamente lo que te está rompiendo?

La decisión de amputarme hace unas pocas semanas no apareció de un día para el otro. No fue impulsiva ni desesperada. Fue, paradójicamente, una de las decisiones más racionales que tomé en mi vida. Analizada, pensada, conversada. Y, sobre todo, sentida. Porque hay un punto en el que el cuerpo habla más claro que cualquier diagnóstico.

Mi amputación fue electiva, no tramáutica. Elegida. Y esa palabra muchas veces incomoda. Porque rompe con la narrativa clásica de la amputación como último recurso inevitable. En mi caso no había una urgencia que me llevara directo al quirófano en ese momento puntual. Había algo distinto, la certeza de que seguir así no era vivir. De que un panorama de futuras operaciones e infecciones “porque hay que salvar el miembro” se vuelve caprichosa y retrógrada.

Elegir amputarme fue elegir calidad de vida. Fue priorizar el futuro por sobre una lucha que ya no tenía sentido. Fue aceptar que, en mi caso, conservar la pierna no era sinónimo de bienestar. Fue concientizarme en que una protesis biónica es mejor que mi pierna humana. Y sí, también fue enfrentar miedos al cambio, a lo desconocido, a cómo iba a ser mi vida y mi cuerpo después.

En ese proceso, el Hospital Central de Mendoza tuvo un rol clave. No solo desde lo técnico, que fue impecable, sino desde lo humano. Me encontré con profesionales que escucharon, que entendieron que esta no era una decisión caprichosa, y que acompañaron sin juzgar. En un sistema de salud que muchas veces puede ser frío o protocolar, ese tipo de acompañamiento no es menor, sino que es fundamental.

En más de una oportunidad pensé en el caso de Angelina Jolie y su decisión de realizarse una mastectomía preventiva. Las situaciones son distintas, claro, pero hay un punto en común que me resulta potente, y es la idea de intervenir el propio cuerpo de manera consciente para evitar un sufrimiento mayor. Tomar una decisión difícil hoy para tener una mejor vida mañana. Una esperanza. Una luz. Y, sobre todo, apropiarse de esa decisión.

Porque al final, más allá de las opiniones externas, de los miedos ajenos o de las expectativas sociales, hay una verdad simple, la que vivía en ese cuerpo era yo. La que sentía el dolor todos los días era yo. Y la que iba a convivir con las consecuencias de cualquier decisión, también.

Hoy, a la distancia —aunque todavía todo es reciente—, no siento que perdí una pierna. Siento que recuperé algo mucho más importante, y es la posibilidad de vivir sin dolor constante, sin un miembro que no me a acompaña, de proyectar, de volver a pensar en un futuro que no esté condicionado por el sufrimiento y las constantes intervenciones quirúrgicas.

Sí, elegí perder una parte de mí para volver a tener un todo. Y en esa elección, lejos de haber derrota, hay libertad.

 

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