Changui Cáceres: “Los radicales que apoyan a Milei que se vayan a La Libertad Avanza”
Ya es otoño en Mendoza, pero a juzgar por el calor parece verano. El dirigente radical santafesino Changui Cáceres espera la entrevista con Mendoza Today vestido con una musculosa negra. Está sentado en la última mesa del restaurante del hotel Cervantes a pocos metros de la calle Leandro N. Alem. Se lo ve pegado a …
Ya es otoño en Mendoza, pero a juzgar por el calor parece verano. El dirigente radical santafesino Changui Cáceres espera la entrevista con Mendoza Today vestido con una musculosa negra. Está sentado en la última mesa del restaurante del hotel Cervantes a pocos metros de la calle Leandro N. Alem. Se lo ve pegado a los jardines, donde puede fumar tranquilo sus Lucky Strike. A falta de café, pide agua con gas. Y luce ansioso por conversar de los temas más calientes de la política argentina. No ahorra tiempo ni palabras para extenderse sobre un radicalismo de principios, valores y doctrina, del que ya pocos hablan y él vive con tanta temperatura.
Luis Cáceres se manifiesta como una reserva histórica de la Unión Cívica Radical. Como tal, desembarcó en Mendoza para analizar el crucial presente partidario y argentino. Fue legislador nacional por Santa Fe, convencional constituyente y candidato a gobernador de esa provincia. Fundó la Junta Coordinadora Nacional, resorte clave en el armado que llevó a Raúl Alfonsín a la presidencia. Y, por supuesto, no ve con buenos ojos el maridaje de algunos miembros de su partido con el presidente Javier Milei.
— ¿Qué lo trae por Mendoza, Changui?
— Me trae la inquietud de ver que los argentinos funcionamos como el cangrejo: generalmente para atrás. Somos el octavo país del mundo en extensión territorial, con baja densidad demográfica y una riqueza natural incalculable en el rubro que se te ocurra. Pero también hablo de la riqueza humana. No es solo lo material. En esta extensión podés encontrar cualquier cultivo, pero también oro, plata, cobre, níquel, tierras raras, litio, petróleo, gas y pesca, aunque esta última se la estén llevando toda hace tiempo.
— ¿Y por qué no logramos despegar?
— Hemos dado cinco premios Nobel. Alguien que nos mira de afuera no debe poder entender cómo, con esta potencialidad, estamos como estamos. No lo entienden por una razón sencilla: porque no viven acá ni han seguido el desarrollo de nuestra historia, marcada por una serie de malos gobiernos. Y algo más: en las oportunidades en las que tuvimos buenos gobiernos, tuvimos malas oposiciones. Hicieron imposible que esas gestiones desarrollaran sus políticas. Frustraron el esfuerzo de que Argentina despegara para ser la potencia que la naturaleza nos dotó para ser.
— Se referirá a gobiernos de su partido.
— Sí… nadie me ha explicado jamás el golpe de Estado a don Arturo Illia. Él tomó un país con un PBI que estaba en cuatro puntos negativos y el primer año lo llevó a 10.2. El segundo creció al 9.6, lo que hoy llamaríamos “tasas chinas”. Entendiendo que la función del Estado era dar igualdad de posibilidades, invirtió en educación, ciencia y técnica. Llevó un presupuesto educativo deprimido del 17% al 23%, con el compromiso de llegar al 25%. También fue significativo el desarrollo en energía nuclear y la recuperación de YPF como herramienta de crecimiento industrial. Eso se malogró por el golpe.
— Como para que nadie diga ahora que los radicales no saben gobernar.
— Es cierto. Siento que el radicalismo, a veces, oculta injustamente el período de Marcelo T. de Alvear. Si uno analiza la frialdad de los números, fue una etapa de lujo por el nivel de crecimiento. Quizás lo relegan porque venía de una familia de alcurnia, pero no contemplan que llegó con fortuna y se fue sin ella. Lo mismo pasó con HIpólito Yrigoyen: llegó con campos y ganado y se fue sin nada, entregando hasta su reloj de oro al médico porque no tenía con qué pagarle. Lo de Illia es conocido: su declaración de bienes al salir eran dos trajes, unas camisetas, ropa interior y dos pares de zapatos. Ni siquiera el auto le quedó. Lo vendió durante su mandato para pagar la internación de su mujer.
— Sin embargo, el radicalismo parece ahora languidecer.
— El radicalismo es una suerte de religión laica. Desde su inicio, en su escudo se ve esa idea: la pluma por la inteligencia y el trabajo intelectual; el martillo por el esfuerzo físico. Nuestra bandera es blanca por la pureza de los ideales y roja por la sangre de nuestros mártires en las revoluciones para terminar con el fraude. Sin embargo, en ese desarrollo donde parece que vamos a crecer, las malas oposiciones nos frustran. Y después vienen los malos gobiernos con políticas populistas.
— En la Argentina hay y hubo populismos de todos los colores.
— Claro, hay populismo de derecha y de izquierda. Son aquellos que entienden que para sojuzgar a un pueblo y mantenerlo dócil se necesita que esté hambreado y sea ignorante. Ignorante para que no piense y hambreado para que le bese la mano al “hambreador” si le da un mendrugo de pan. Eso ha pasado con el kirchnerismo y está pasando ahora.
— ¿Qué es lo más urgente a resolver del escenario político actual?
— Me preocupa un gobierno que viene dando pasos en una dirección peligrosa. Cuando pienso en procesos históricos, recuerdo que figuras como Hitler o Mussolini no llegaron al poder mediante golpes de Estado, sino con apoyo popular. El actual presidente llega en una coyuntura particular, con un pueblo que venía de frustración en frustración y promesas incumplidas. Esa bronca se vio expresada en un sujeto mediático que insultaba duro y canalizaba la ira contenida de la sociedad.
— El presidente se define como un “topo” que viene a destruir el Estado. No le gustará eso.
— Lo viene cumpliendo metódicamente. Nos está destruyendo y el desastre se profundiza. Además, ha contagiado la idea de los “topos” dentro de los partidos políticos para romperlos desde adentro. No hay democracia sin partidos, por lo tanto, estamos en una situación crítica. Los republicanos sufrimos porque sabemos que una república sin división de poderes no existe. Este personaje (por Javier Milei), en sus avances sobre el Congreso y la Justicia, está liquidando la República. No respeta la Constitución ni las leyes.
— ¿Cómo vio la última apertura de sesiones en el Congreso?
— Fue un circo. Sentía vergüenza ajena pensando en cómo nos verían desde otros países. Su violencia verbal es preocupante porque toda violencia de palabra termina trasladándose a la violencia física. Plantea que viene contra la “casta”, pero lo más putrefacto de la casta está en su gobierno. Dice combatir la corrupción, pero este gobierno demuestra más velocidad que otros para saquear; tal vez porque piensan que su estadía será corta.
— Pero da la sensación de que la gente mira sólo la economía.
— No hay un modelo de país puesto sobre la mesa que la gente pueda analizar. Lo que plantea como salida son caminos que Argentina ya transitó y que fracasaron. Recuerdo las políticas de Krieger Vasena o Álvaro Alsogaray, o lo que hizo el peronismo (durante el gobierno de Carlos Menem), liquidando empresas estatales que habían costado tanto esfuerzo. Destruyeron los ferrocarriles; teníamos 47.000 kilómetros de vías y no solo pararon los trenes, sino que levantaron los rieles para que nadie pudiera reactivarlos. Transitar los mismos caminos que nos llevaron al fracaso y creer que el resultado será distinto es de una gran torpeza.
Partidos y “tercer movimiento”
— La situación de de la UCR en Mendoza es muy particular. ¿Qué les dice a los jóvenes radicales mendocinos en esta visita?
— Lo que trato es de volcar los elementos que vengo analizando en mi propia “asamblea de neuronas” para que ellos me ayuden a pensar caminos. Si los senderos que transitamos nos llevaron al fracaso, ¿por qué no analizamos lo que supimos hacer en los peores momentos para salir adelante? De joven, estuve en la construcción de las Juventudes Políticas bajo una dictadura. Confluíamos sectores de distintos partidos para recuperar la democracia. En los últimos meses, cuando un sector tomó el camino de la lucha armada, nos retiramos. Nos parecía un disparate llevar a la gente al matadero. Creíamos en la lucha de masas, arriesgando la vida, pero convencidos de que el pueblo abriría las compuertas hacia elecciones sin proscripciones.
— Eran otras épocas, el mundo cambio…
— Antes existía la “Hora del Pueblo”, donde los grupos más activos de los partidos, sindicatos y universitarios empujaban a las estructuras orgánicas. Es indudable que la derrota de Malvinas aceleró la retirada militar, pero el proceso civil ya estaba en marcha. Yo recorro el país planteando un camino de tres escalones: primero, la unidad del partido; segundo, la unidad con los parecidos para ganar una elección; y tercero, sentarse con los que piensan diferente para acordar políticas de Estado. Así lo hicieron Alemania y Japón tras la guerra. Pero hoy, me replanteo esto porque lo veo inviable.
— ¿Quiere decir entonces que no hay salida?
—Es que ya no existe ese “envase” que contenía las líneas internas del radicalismo, desde el centro a la izquierda o la derecha. Cuando el marco se rompe y aparecen sectores que se dicen radicales pero están fuera del programa histórico, la unidad es imposible. Los peronistas siempre fueron más laxos: su marco de movimiento les permitía ir de López Rega a Firmenich, aunque a veces terminaran a los balazos. Yo tengo amigos peronistas, socialistas o de la democracia cristiana con los que pienso igual. El problema es que hoy tenemos gente dentro de nuestros propios partidos con la que las diferencias son irreconciliables.
— ¿Se refiere a los que se hacen amigos de Milei?
— Me refiero a que hay gente que se dice radical y no ha leído ni un cuerno del programa del partido. Recuerdo que, en las crisis más duras, los dos grandes partidos supieron juntar fuerzas. El abrazo de Perón y Balbín fue significativo: buscaban unir a la sociedad en un momento jodido. En el 2001, poner fin a la anarquía fue posible porque había un Alfonsín de un lado y un Duhalde del otro. Ellos pusieron el tren sobre los rieles. Alfonsín planteó en Parque Norte su anhelo del “Tercer Movimiento Nacional”. En ese momento no le llevé el apunte, pensé que la fruta no estaba madura. Cuarenta años después, me pregunto si no dejamos que la fruta se pudriera en el árbol por no haberla cortado a tiempo.
— ¿Qué siente cuando ve a legisladores radicales rindiendo pleitesía al oficialismo actual?
— Me enerva. Ver un bloque de senadores votando lo que votan me resulta inaceptable. Los que respetamos la línea histórica quedamos envueltos en una imagen que no nos pertenece, levantando políticas que siempre combatimos. Yo les sugeriría a esos diputados y senadores que se sinceren: si viven votando las políticas de Milei porque cambiaron de idea, que se vayan directamente a La Libertad Avanza. Tienen derecho a cambiar, pero que no nos jodan más la vida a los radicales. Aunque quedemos menos, vamos a rearmar el partido. En 68 años de militancia escuché mil veces que el radicalismo estaba muerto y, sin embargo, le dimos tres presidentes más a la República. Argentina necesita un “bote salvavidas” ético y moral para cuando el torbellino arrecia.
— Pero Cornejo, en el día a día, necesita recursos. Los gobernadores saben que no pueden pelearse con el Gobierno nacional.
— Mire, mi historia personal está marcada por momentos donde me rompieron todos los huesos por sostener mis convicciones. Una cosa es la conducción del partido y otra es la función de gobierno. El partido no debe ser conducido por quienes están en el gobierno, porque lo suelen encerrar en un sótano para que no moleste. Debe haber una interrelación: el partido lleva los reclamos sociales al gobierno y explica a la sociedad por qué el gobierno toma ciertas medidas. No se puede tocar la campana y dar la misa al mismo tiempo.
— Mendoza no es, por cierto, el mejor ejemplo de eso.
— Es un análisis objetivo. Entiendo que llega el día 30, tenés que pagar sueldos y el gobierno nacional te maneja con la billetera y el látigo. O te sometés o no recibís una moneda, aunque te corresponda. Pero si por esa necesidad terminás entregando las banderas y la identidad, perdés la razón de ser.
“Látigo” financiero y batalla cultural
— Pero los gobernadores están entre la espada y la pared. No pueden gestionar sin dinero.
— Es poner rodilla en tierra y tener una moneda, o no ponerla y recibir látigo y castigo. Yo entiendo esas presiones, por eso planteo “zapatero a sus zapatos”: cada uno en su rol, pero con una interrelación permanente. Vengo de una provincia (Santa Fe), donde mi gobernador es un buen equilibrista. Logra desarrollar obra pública en plena crisis, pero los dinerillos no alcanzan para todos. La situación es durísima en todo el país.
— Hay otros gobernadores que no son tan “equilibristas”.
— Hay gobernadores que directamente le ceden los locales, los senadores y los diputados a La Libertad Avanza en una suerte de arreglo: “no me jodas en la provincia y yo no te jodo en la Nación”. Esa película no va. Yo entiendo que un intendente necesite al gobernador y el gobernador al presidente, debe haber flexibilidad institucional, pero dentro de un marco. Cuando rompés ese marco, hermano, sinceráte. Miráte al espejo, ponéte la camisa de La Libertad Avanza y dejémonos de joder.
— Para justificarse, Cornejo sostiene que además de los valores partidarios, el radicalismo debe identificar lo que la sociedad necesita. Y que esa sociedad se ha “derechizado”.
— Si la sociedad se derechiza, acostumbrémonos a perder elecciones, pero el rumbo del partido debe seguir siendo el mismo si se quiere seguir siendo radical. Salirse de ahí genera una confusión enorme. El que votó esto va a despertar y posiblemente sea el más violento, porque no va a admitir su responsabilidad y sentirá que lo agarraron de pelotudo una vez más. Eso nos puede llevar a una explosión de violencia muy dura en el corto plazo.
— ¿El oficialismo de hoy es consciente de ese desgaste?
— Las encuestas que ellos mismos pagan muestran que la imagen positiva baja punto a punto. Por eso ya plantean adelantar procesos electorales o modificar la ley electoral, algo similar a lo que hizo Trump, que es un desquiciado aún más peligroso porque tiene la “botonera” nuclear. Yo estoy convencido de que a Trump lo van a hacer pedazos en las elecciones de noviembre, y sin esa muleta internacional, el presidente de Argentina capota. Me preocupa qué pasará a fin de año, cuando un padre no pueda comprarle una muñeca a su hija o un pan dulce para la mesa. Esos escenarios terminan con piedras contra las vidrieras y despelotes en todo el país.
— ¿Qué iba a hacer el pobre ciudadano argentino? En 2023, tuvo que elegir entre Massa (que representaba a Cristina, Alberto, la inflación, la corrupción, etcétera) o aventurarse a Milei. ¿Fue una “falla de la oposición”?
— Totalmente. Fue responsabilidad de la política no haber generado una alternativa. Hoy esa alternativa sigue sin existir, por eso trato de generar esta “asamblea de neuronas” en cada cabeza. Es trágicamente gracioso: hay dirigentes que votan leyes que van a contramano de la historia del partido y al día siguiente le hacen un homenaje a Crisóstomo Larralde o inauguran un busto de Alfonsín. Se aguantan que insulten a Alfonsín mientras impulsan leyes opuestas a su legado.
— El Gobierno ha reflotado discusiones sobre los años 70 y la “memoria completa”. ¿Cuál es la mirada del alfonsinismo?
— No admitimos, ni Alfonsín lo hizo, que se pongan en un pie de igualdad el terrorismo de Estado y la guerrilla. No lo son. A mí me tiene que proteger el Estado, no tirarme vivo de un avión ni regalar a mi hijo nacido en cautiverio. Eso no se lo pido a un guerrillero; él debe purgar en la justicia por sus crímenes, pero son cosas diferentes. Y no entro en la discusión de si fueron 10.000 o 30.000. Diez mil personas en mi provincia es una ciudad entera; es como si hubiera caído una bomba. A esta altura, el número 30.000 es un símbolo y no voy a ayudar a que se distorsionen las cosas.
— Milei es un límite para la UCR pura. ¿No le daria hoy otra vez una chance a Mauricio Macri?
— Yo creo que el tema es ponerse de acuerdo en un plan de gobierno. El que firma el plan, está adentro. Hay que dejar de ser hipócritas: no podemos declamar democracia hacia afuera y no tener democracia interna. Hace más de 20 años que mi partido no me da la posibilidad de hacer campaña con un candidato propio para ganar o perder. La responsabilidad de que este sujeto sea presidente es nuestra, por no dar opciones.
— Me habla como si el radicalismo hubiese sido perfecto como gobierno y oposición. ¿Ninguna autocrítica?
— El radicalismo, en líneas generales, no ha tenido las actitudes destructivas que otros partidos tuvieron hacia nosotros cuando fuimos gobierno. Aspiro a que hayamos aprendido la lección de no bloquear posiciones correctas solo por especulación electoral. Fuimos un partido latinoamericanista, de YPF, del voto femenino, de la no intervención en conflictos ajenos. Este presidente rompió eso con planteos esotéricos, como la declaración de guerra a Irán. Es una locura involucrarnos en un conflicto bélico que puede terminar con una célula dormida volando una sinagoga aquí. Esa responsabilidad caerá sobre una sola persona.
— ¿Pero cómo han sido los radicales como oposición?
— El radicalismo, en líneas generales, ha sido mucho más responsable que otros partidos. No recuerdo que hayamos votado en contra de políticas afines a nuestro programa solo para dificultar el éxito de un gobierno y especular con la elección siguiente. Otros partidos sí lo han hecho cuando el radicalismo fue oficialista. Aspiro a que todos hayamos aprendido la lección histórica de no bloquear posiciones que son correctas por mero ventajismo.
— Además, aquí ya tenemos otra batalla, la “batalla cultural”.
— A los jovenes radicales les digo que hay que presentar batalla. Este muchacho (por Milei) dice que la tierra es plana o que no hay cambio climático y lo votan. Dice que el que evade impuestos es un héroe. Está invitando a todos los grupos narcotraficantes del mundo a venir a lavar dinero a la Argentina porque nadie les va a preguntar de dónde sacaron la plata. Les metieron en la cabeza a los jóvenes que el empleo en blanco es esclavitud. Entonces el chico sale en bicicleta a repartir pizza gritando “soy libre”, hasta que se le gasta la cubierta y se da cuenta de que no tiene obra social ni jubilación.
— ¿Le echa la culpa a los grandes capitalistas argentinos?
— No creo que los grandes grupos económicos lo hayan empujado a ganar, pero cuando vieron que ganaba, pusieron a sus estudios jurídicos a trabajar en la Ley Bases y el RIGI para vaciar las riquezas del país. Pusieron a sus propios directivos de ambos lados del mostrador. Pasó algo parecido con Menem. Argentina es un país que, si algo nos garantiza, es que nunca vamos a tener un minuto de aburrimiento.
Democracia y costo de la libertad
— Entonces, la responsabilidad mayor del ascenso de Mieli es la política.
— Absolutamente. No se le dio una alternativa a la sociedad. Por eso insisto en que debemos acordar un plan de gobierno: el que lo firma está adentro y el que no, afuera. Las PASO deberían servir para que confronten dos visiones de país: de un lado, los que pensamos que el Estado tiene la obligación de garantizar educación, salud y seguridad; del otro, los que creen que eso es un gasto inútil. Pero para eso, los partidos —especialmente el mío— deben dejar de ser hipócritas: no se puede declamar democracia hacia afuera y no ser demócratas hacia adentro.
— A ver… ¿no hay democracia interna en la UCR?
— Hace por lo menos 20 años que no tenemos una democracia interna real en el radicalismo. Hace dos décadas que mi propio partido no me da la posibilidad de salir a hacer campaña por un candidato a presidente propio, para ganar o para perder. Esa acefalía de propuestas es la que posibilitó que este sujeto llegara a la presidencia. Y hoy seguimos teniendo la responsabilidad de generar una alternativa que todavía no existe.
— Usted es un “histórico”, que vivió otras épocas del país. ¿Cómo le explica esa esencia radical a los chicos de las redes sociales y la inteligencia artificial?
— Somos un partido latinoamericanista que impulsó YPF y el voto femenino. Siempre sostuvimos que el hombre es sagrado para el hombre y que no debemos intervenir en conflictos mundiales. El actual presidente rompió eso con planteos esotéricos. Declararle la guerra a Irán no solo ignora que esa es una facultad exclusiva del Congreso, sino que es una locura que nos involucra en un conflicto ajeno. Esto puede reactivar células dormidas en la frontera y terminar con una tragedia en nuestras sinagogas. Esa responsabilidad caerá sobre una sola persona, que ya tiene varios escándalos de corrupción encima.
— ¿Qué les dice a esos jóvenes, entonces?
— Hay que dar la batalla cultural, porque hoy la estamos perdiendo. Si raspás un poco la superficie de este gobierno, encontrás disparates: dicen que la tierra es plana, que no hay cambio climático o que evadir impuestos es un acto heroico. Están convirtiendo a la Argentina en un lavadero: con los blanqueos cada tres meses, le están diciendo a cada grupo narcotraficante del mundo que venga, que nadie les va a preguntar de dónde sacaron la plata.


