Crónicas Menducas: Félix Dardo Palorma, la voz de la tierra

Nació en La Paz, Mendoza, el 23 de mayo de 1918, con un nombre largo y antiguo: Félix Robustiano Palorma. Pero su destino estaba escrito antes que su nombre artístico. Era hijo de una joven puntana, Emilia Jacinta Palorma, y heredero de una raíz que nunca ocultó ni quiso pulir: la sangre huarpe. Esa pertenencia, …

Roberto Suarez

Nació en La Paz, Mendoza, el 23 de mayo de 1918, con un nombre largo y antiguo: Félix Robustiano Palorma. Pero su destino estaba escrito antes que su nombre artístico. Era hijo de una joven puntana, Emilia Jacinta Palorma, y heredero de una raíz que nunca ocultó ni quiso pulir: la sangre huarpe. Esa pertenencia, más que un dato biográfico, fue una bandera. Palorma se definía sin rodeos: negro, paceño, enamorado de su tierra. Antes que músico, hombre del lugar.

La infancia lo marcó temprano. Tenía apenas cinco años cuando murió su madre y quedó al cuidado de tías y de su abuela Benigna, mujer huarpe, guitarrera y guardiana de una memoria ancestral que Palorma llevaría a sus versos y melodías. Aquella ausencia y ese cobijo aparecen más tarde en su poesía, como una herida que no se cierra pero tampoco se oculta.

Aprendió guitarra casi como se aprende a hablar: por contagio. Primero con una tía, después con don Manuel Navarro Escudero, bandoneonista de La Paz, quien no solo lo enseñó sino que le regaló su primer instrumento. Tenía catorce años. Desde entonces, la música no fue una profesión sino una forma de estar en el mundo.

Crónicas Menducas: Félix Dardo Palorma, la voz de la tierra

A mediados de los años treinta se instala en la ciudad de Mendoza y se suma al conjunto Brochazos de Tradición, con el que recorre el país, pueblos y ciudades, escenarios y circos. Viajar fue su verdadera escuela. Donde llegaba, buscaba un profesor, absorbía teoría, comparaba métodos, sacaba conclusiones propias. No perseguía el virtuosismo académico sino algo más difícil: encontrar un sonido que naciera de la tierra. Así creó ritmos, como el tunduc o la mecedora, inspirados en sonidos mínimos, casi invisibles, que otros no escuchaban.

El circo lo llevó lejos. En Santa Fe cumplió el servicio militar, llegó a subteniente de reserva y hasta cantó por radio con permiso del Ejército. En Córdoba formó un dúo, en Tucumán se mezcló con el teatro popular y el folklore, compartió escenarios con artistas que luego serían nombres mayores. Allí compuso algunas de sus primeras obras y firmó con un seudónimo revelador: Maropal, su apellido dado vuelta, como si ya estuviera jugando a desdoblarse.

En Buenos Aires, a comienzos de los años cuarenta, terminó de nacer Félix Dardo Palorma. Fue un director artístico de Radio Belgrano quien le sugirió simplificar su nombre. Desde entonces, la radio, los radioteatros, las compañías folclóricas y los escenarios porteños lo tuvieron como protagonista. Integró el núcleo duro del folklore cuyano que dominó esa época, junto a figuras como Hilario Cuadros, Eusebio Zárate y Margarita Palacios. También fue parte de la fundación de la Agrupación Argentina de Artistas Folclóricos, señal de un tiempo en el que los músicos no solo cantaban: se organizaban.

En 1948 publicó su primer libro de poesía, Ecos de cencerro. No era un gesto lateral: Palorma escribía como cantaba. Sus poemas eran paisajes, vendimias, memorias, oficios. Un año después compuso “Póngale por las hileras”, cueca destinada a convertirse en emblema de Mendoza y de Cuyo. La canción cruzó fronteras, fue estrenada en Uruguay y grabada por múltiples intérpretes. Desde entonces, su nombre quedó ligado para siempre a la identidad cuyana.

Crónicas Menducas: Félix Dardo Palorma, la voz de la tierra

La consagración tuvo un episodio inesperado: Hollywood. En 1952 participó en la musicalización de Way of a Gaucho, producción de la Twentieth Century Fox filmada en Argentina. Palorma compuso, asesoró, cantó y convivió con el equipo durante semanas. Aquella experiencia le permitió construir su casa en Hurlingham, a la que llamó El Cancionero, como si ya supiera que su obra iba a ser, ante todo, un refugio.

Siguieron los discos, las peñas, los hoteles, los festivales, los cruces con el tango y el folklore, Troilo grabando una milonga suya, Ariel Ramírez poniendo música a sus textos, Los Fronterizos y Goyeneche interpretando sus canciones. Sin embargo, nunca dejó de insistir en lo mismo: no alejarse de la tierra. Para Palorma, crear era escuchar lo elemental, lo que otros pasan por alto.

En los años sesenta, mientras el país cambiaba, su figura se fue retirando de los grandes medios. Cantó por última vez en Radio El Mundo en 1961. Su zamba “Zamba del Uturungo”, cargada de resonancias políticas y míticas, quedó como una señal de ese cruce entre arte y época que siempre aceptó sin estridencias.

Félix Dardo Palorma no fue solo un músico ni solo un poeta. Fue un intérprete profundo de una región, de una memoria indígena y campesina, de un modo de decir y cantar que no pedía permiso. Su obra sigue ahí: ni más ni menos que una voz que todavía brota de la tierra.

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