Informe especial 2026: las fotos, la película y la radiografía del vino argentino
El vino argentino atraviesa un presente de claroscuros, donde los indicadores estadísticos parecen librar una batalla dialéctica contra la realidad del territorio. Mientras las bodegas intentan sostener e incluso incrementar el prestigio internacional acumulado durante décadas, el entramado productivo de base cruje bajo la presión de costos ascendentes y un mercado doméstico que retrae sus …
El vino argentino atraviesa un presente de claroscuros, donde los indicadores estadísticos parecen librar una batalla dialéctica contra la realidad del territorio. Mientras las bodegas intentan sostener e incluso incrementar el prestigio internacional acumulado durante décadas, el entramado productivo de base cruje bajo la presión de costos ascendentes y un mercado doméstico que retrae sus gastos más elementales.
El escenario actual obliga a los actores de la cadena a mirar con lupa cada informe técnico, intentando descifrar si la resiliencia del sector será suficiente para capear una tormenta que combina factores macroeconómicos internos con una reconfiguración global del consumo de alcohol.
Por un lado, el último informe del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) aporta una bocanada de aire fresco al sector exportador, confirmando un crecimiento sostenido en los despachos de vinos fraccionados y a granel hacia los principales puertos del mundo.
Este repunte en las ventas externas no es un dato menor, ya que representa la consolidación de la calidad argentina en segmentos de valor que permiten sostener operaciones a pesar de la volatilidad financiera. Los mercados de Estados Unidos, Reino Unido y Brasil siguen siendo los destinos predilectos, mostrando una preferencia marcada por el Malbec, aunque con una incipiente apertura hacia otras variedades blancas y rosados de alta gama que buscan diversificar la oferta exportable del país.
Sin embargo, la otra cara de la moneda se observa en las góndolas locales, donde la situación del mercado interno arroja cifras que preocupan a los analistas de la industria. Según el relevamiento del INV, el consumo doméstico ha registrado una caída que refleja el deterioro del poder adquisitivo de los argentinos, impactando directamente en los vinos de mesa y en los segmentos de entrada de gama.
El cambio de hábitos, impulsado tanto por la inflación como por la competencia de otras bebidas, ha generado un stock acumulado que presiona los precios a la baja en la puerta de bodega, creando un cuello de botella logístico y financiero que asfixia especialmente a las estructuras más pequeñas que dependen exclusivamente de la venta local.
La gravedad de este escenario se ve refrendada por el último informe de las economías regionales de Coninagro, donde la producción de vino y mosto se mantienen firmemente estancadas frente a un firme “semáforo en rojo”.
Esta calificación no es aleatoria; responde a una combinación letal de falta de financiamiento, una carga impositiva que no da tregua y precios pagados al productor que suelen quedar por debajo de los costos de producción.
El vino no, el mosto tampoco
El mosto, que históricamente funcionó como una válvula de escape para equilibrar los excedentes vínicos, hoy sufre por la baja demanda internacional y la competencia de otros edulcorantes, dejando a los productores primarios en una situación de vulnerabilidad extrema frente a las grandes fraccionadoras.
A este complejo panorama económico se le suma una herida estructural que el INV ha documentado con precisión: la continua pérdida de superficie cultivada en las principales regiones vitivinícolas del país. Año tras año, las estadísticas muestran una disminución de las hectáreas productivas, un fenómeno multicausal que abarca desde el avance de la urbanización sobre tierras fértiles hasta el abandono de fincas por falta de rentabilidad y el envejecimiento de los viñedos sin una tasa de reposición adecuada.
Este panorama -sin dudas- no sólo erosiona el patrimonio geográfico de las regiones productivas como Mendoza, sino que también afecta la capacidad productiva futura, además de alterar el paisaje cultural y social de provincias como Mendoza y San Juan, donde la viña es el motor fundamental de su identidad.
En medio de esta transformación estructural, la industria recibió una noticia que marca el fin de una era: el fallecimiento de Michel Rolland, una figura cuya influencia fue determinante para el salto de calidad de los vinos nacionales.
Según destacó Mendoza Today, el legado del “flying winemaker” francés fue el catalizador que permitió a la vitivinicultura mendocina salir al mundo con un perfil moderno, elegante y técnicamente impecable.
Su llegada en la década del ’80 no solo revolucionó las bodegas con las que trabajó directamente, sino que impuso un estándar de excelencia y una visión de negocio que profesionalizó a toda la cadena, transformando al Malbec de una uva de corte olvidada en una marca global indiscutida.
La desaparición física de Rolland deja un vacío que invita a la reflexión sobre el rumbo que debe tomar la “industria madre” de Mendoza en un contexto de cambio climático y mercados hipercompetitivos. El desafío actual ya no es solo alcanzar la calidad, objetivo que Rolland ayudó a cimentar, sino lograr la sostenibilidad de un sistema que pierde productores mientras intenta mantener su brillo internacional.
La paradoja de exportar más mientras se pierden viñedos y cae el consumo interno define hoy la encrucijada de la vitivinicultura, un sector que se debate entre su glorioso pasado técnico y la urgencia de una reestructuración económica que devuelva la rentabilidad a los surcos.
Distintos medios especializados han destacado que el legado de Michel Rolland está íntimamente ligado al despegue del Malbec argentino y a la profesionalización de muchas bodegas de Mendoza justo en el período en que el vino del país pasó de ser un consumo masivo y barato a un producto “identity marker” en los mercados internacionales.
El vino más deseado
Rolland repetía que su trabajo era “hacer vinos que la gente quiera beber”, insistiendo en los frutados, redondos, con taninos amables y listos para tomar, una filosofía que ayudó a que el Malbec mendocino encontrara un estilo reconocible y deseado afuera sin perder su raíz de clima continental y altura.
Cuando criticaba los vinos “verdes” y mal elaborados –“¿por qué hacer un vino que no es bueno? El mercado no lo quiere”– apuntaba a algo que hoy suena dolorosamente actual para la Argentina: si el consumidor siente que el vino es áspero, extremo o incoherente con su precio, se irá a otras bebidas. Y tenía razón.
Esa mirada contrasta con una vitivinicultura mendocina que hoy enfrenta caída del consumo interno, acumulación de stock, aumento de costos y pérdida de viñedos, incluso mientras mantiene terroirs de clase mundial y un capital humano enológico que Rolland (entre otros famosos del mundo) siempre destacó.
Los datos del INV muestran los típicos contrastes de un reacomodamiento. “Todo cruje”, como dijo el gobernador Alfredo Cornejo en el Agasajo de Bodegas de Argentina, para la reciente Fiesta Nacional de la Vendimia. Con ese diagnóstico, el vino compite con la cerveza, los destilados y las bebidas azucaradas, en un contexto de fuerte crisis económica encima.
Así, la herencia de Rolland funciona casi como una hoja de ruta: honrar el terroir mendocino con vinos bien hechos y consistentes, evitar la tentación de abaratar sacrificando calidad, y volver a pensar el vino como un placer cotidiano y no solo como un lujo ocasional para exportación.
El eslabón más débil
Por otra parte, entre los surcos sucede la vendimia real. Y como siempre, entre tacho y tacho de uva surge la puja entre representantes obreros y patronales. Dirigentes de Foeva (Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines) han rechazado los últimos días la oferta de las bodegas de pagar durante 6 meses ajustes del 0,5 por ciento mensual para los cosechadores y 1% para el personal de bodega.
El rechazo ha derivado en una ruptura de las negociaciones paritarias. Pese a todo, el sindicato ha negado con firmeza que el sector vitivinícola argentino esté viviendo una “crisis terminal”. Creen que ése es un simple eslogan para no pagarles de más.


