Crónicas menducas: Darío Felman, Lobo, Bostero y Valenciano
Nació el 25 de octubre de 1951. Hizo las inferiores de Gimnasia y Esgrima y debutó a los 19 años en la primera del Lobo del parque. Tuvo un período en el Club Murialdo y jugó el torneo nacional de 1973 a préstamo para Independiente Rivadavia. Volvió a Gimnasia en 1974. Fue comprado por Boca …
Nació el 25 de octubre de 1951. Hizo las inferiores de Gimnasia y Esgrima y debutó a los 19 años en la primera del Lobo del parque. Tuvo un período en el Club Murialdo y jugó el torneo nacional de 1973 a préstamo para Independiente Rivadavia. Volvió a Gimnasia en 1974.
Fue comprado por Boca en 1975. Ganó con los xeneizes cuatro títulos: Metropolitano 1976; Nacional 1976; Copa Libertadores 1977 y Copa Intercontinental 1977. Participó del seleccionado del Interior formado por Menotti y fue compañero de Diego Maradona, en su debut, cuando la celeste y blanca derrotó 5 a 1 a Hungría en febrero de 1977.
Se sumó al Valencia C. F. a mediados de 1977, siendo compañero del goleador del mundial 1978, Mario Alberto Kempes, uno de sus amigos del alma. Juntos ganaron la Copa del Rey, la Recopa y la Supercopa de Europa, en una de las etapas más gloriosas del club valenciano. Volvió a Gimnasia de Mendoza para participar del Nacional del 84 y en ese mismo año se retiró.
Cuando comenzó a brillar en Boca, surgió una publicidad promocionando el vino mendocino Bordolino. Una publicidad icónica de un vino argentino de mesa de la bodega Peñaflor, que se lanzó en la década de 1970. La campaña se centraba en la historia de un inmigrante italiano, “Bordolino”, quien triunfa en Argentina, utilizando una canción interpretada por el famoso Domenico Modugno y el lema “Molto più sincero” (Mucho más sincero). Así la hinchada lo bautizo a Darío.
“Ha llegado Bordolino”. El alias quedó para siempre. “Por supuesto, en mi provincia nunca me habían llamado así. Me decían Bruja, Negro, Tutuca… Después, algunos quisieron explotar el apodo. Me gritaban borracho, o decían que tomaba vino antes de los partidos. Mirá, de mí como futbolista pueden hablar dos millones de cosas, pero en ese punto, no: ni escabio ni faso. Si hubiera sido como piensa la gente no habría hecho la carrera que hice”.
Y qué carrera, por ejemplo con este recuerdo:
Hugo Gatti; Vicente Pernía, José Luis Tesare, Roberto Mouzo y Alberti Tarantini; Jorge Benítez, Rubén Suñé y Mario Zanabria; Ernesto Mastrángelo, Carlos Veglio y Darío Felman fue el once que el Toto Juan Carlos Lorenzo mandó a la cancha la noche del 14 de septiembre de 1977 para disputar la final de la Copa Libertadores frente al Cruzeiro, en 1981.
“Asumí la responsabilidad de ejecutar el último penal de Boca. Me preguntó el Toto: ‘El primero o el último’. Le respondí: ‘El último’. Fue espectacular porque Gatti le contuvo el penal a Vanderley y festejamos enloquecidos el primer título internacional”.
Darío siempre estuvo dispuesto a hablar de su vida:
“Yo nací en villa Hipódromo, Godoy Cruz, pero crecí en la universidad de Juan B. Justo y Granaderos, en la zona de los conventillos, de donde brotaron otros jugadores de prestigio, como el Polaco Torres o el “Geniol” Ledesma, ejemplos para muchos chicos de esas humildes colectivas. Ellos, nacidos en la pobreza, llegaron a ser famosos pero jamás se olvidaron de sus orígenes”.
“En Gimnasia tuve la posibilidad de jugar en las inferiores y debutar en primera. Ahí crecí como persona y aprendí a vivir como jugador de fútbol. Mis maestros fueron el Negro Arrieta, el Mona García y Carlos Radrizzi. En aquel Gimnasia nos atendían bien, nos daban toda la ropa, hasta los calzoncillos. Tuve de compañeros a grandes jugadores: Tazare, Guayama, el documento Ibañez, el polaco Torres, Genolet, y para la época, el fenómeno, el distinto, Juan Gilberto Funes”.
También recuerda algunos goles emblemáticos:
“Copa Libertadores de América en cancha de Boca contra Nacional de Montevideo. El Chino Benitez puso una pelota larga cruzada de derecha a izquierda, creo que la pelota botó una sola vez, y la agarré de zurda de voleo, y la clavé en el ángulo. Me equivoqué. Yo mismo me sorprendí. Pero también hice goles feos. Metropolitano del 76, cancha de Chacharita, tenía la obligación, en los córneres del rival, de ir a cuidar el primer palo. Vino el centro, la peiné y se la puse en el ángulo al Loco Gatti fue el único gol en contra que hice en mi vida. Pero el gol inolvidable y que más recuerdo, fue el penal en la final de la Copa Libertadores, hasta hoy tiene un significado muy especial para todos los bosteros”
Sobre el clásico con River Felman rememora:
“Cancha de Racing final del metropolitano año 76 contra River. Nunca tuve la oportunidad de ver la cancha de Racing tan llena. Cuánta emoción me da saber que yo jugué el mejor clásico del mundo. El que menciono fue un parido vibrante, peleado, ganamos con un gol de Suñé de tiro libre y dimos la vuelta olímpica después de varios años, con los rivales aplaudiéndonos”.
Porque esto tiene de lindo el fútbol, antes y durante el partido todo es rivalidad entre los jugadores que van a enfrentarse, pero cuando el referí pita el final, todos volvemos a ser jugadores de fútbol, simplemente, colegas, simplemente, no digo amigos, pero sí digo compañeros.
“De todos ellos rescato a Comelles, entonces jugador de River, un rival a quien siempre respeté. Los defensores entraban con la misión de destruir al delantero, impedir que uno jugara libremente. Comelles era del interior, rápido, fuerte, áspero, pero cuando terminaba el partido venía y nos dábamos un abrazo. Esos gestos dicen la persona que uno tiene al frente”
“El día que me despedí de la cancha de Boca fue algo muy impactante. Sin egos personales creo que no hubo en la historia de Boca un jugador que se despidiera como me despedí yo, con claveles y toda la gente de pie gritando mendocino”.
“Juan Carlos Lorenzo fue quién me guió, el que me brindó la posibilidad de ser lo que fui, explotó mis condiciones y descubrió mis errores. Me impulsó a venir a España estando en el mejor momento de mi futbol en Boca me dijo: – Darío ándate – Me dio alas.
Menotti me aconsejó lo mismo. Y llegué a Valencia en un momento muy especial, con varios títulos en la espalda. Sólo había posibilidades de cupos extranjeros, una plaza la ocupé yo y la otra Mario Kempes. ¡ Mirá que compañero!”
Darío vivió una circunstancia muy especial cuando Boca fue a jugar el partido de vuelta contra el Borussia Mönchengladbach, en Alemania, por la final de la Copa Intercontinental. Siendo jugador de Valencia, intervino en ese partido para Boca Juniors. Darío lo cuenta así:
“Es curioso. Inicialmente fui a préstamo a Valencia por uno año y cuando se cumplió regresé a Argentina de vacaciones. Boca tenía que disputar la vuelta de final de la Intercontinental frente al Borussia, me pidieron que jugara y el Valencia lo permitió. En la ida habían empatado a dos en Buenos Aires y en Alemania ganamos 3 a 0. Yo hice el primer gol. Fuimos por primera vez campeones de América, fuimos por primera vez campeones intercontinentales. Fuimos los primeros. Estamos en la historia grande”.
“Ser bostero es un sentimiento, es un fenómeno social. Boca es el mejor club del mundo. Me brindó la posibilidad de ser protagonista, de ganar los títulos que ganamos. Cuando llegué a Boca volví a ser niño Yo de chico era hincha de Boca, a mí de gurrumín me pusieron la camiseta de Boca, lloraba, sufría, escuchábamos los partidos por la radio. Cuando ganaba festejábamos como los mejores. Yo cumplí con el sueño del pibe, ser hincha de boca y jugar en boca. Boca siempre resucita, de las cenizas, de debajo de la alfombra, porque el DNI de Boca no lo va a quemar nadie: poner todo el corazón. Hay un estandarte en boca en el vestuario, “ganar, gustar, golear”, eso es boca, pero cuando no se puede hay que poner sacrificio, ganas y honestidad”.
Como una síntesis de su vida nos dice:
“Mi mayor virtud era el sacrificio, soy de esos jugadores que nunca aflojan, que no dan perdida ninguna pelota. El sacrificio lo tenía incorporado, lo tengo incorporado a mi vida. A veces jugaba mal, jugué mal muchos partidos, pero mi camiseta pesaba tres kilos, era puro amor. Si no salían las cosas ponía lo que había que poner: huevos y corazón. Me gustaba correr hasta la última pelota, esas que parecen que se van afuera, yo llegaba, era rápido y veloz. No era goleador, pero hacía hacer goles”.
Darío Felman fue un grande del fútbol, pero mucho más de la vida. Lucho desde abajo para llegar a lo máximo con mucho mérito, quienes tuvimos la posibilidad de conocerlo y mantener, aún, su amistad podemos dar fe de su enorme madera humana.


