Crónicas Menducas: Nicolás Catena, cambió el destino del vino

Entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII surgieron en Mendoza las primeras bodegas y viñedos. Algunas de ellas alcanzaron dimensiones realmente importantes para la época, sobre todo si se tiene en cuenta que en su primer siglo de historia, Mendoza no pasaba de 60 vecinos, es decir, jefes de familia. …

Roberto Suarez

Entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII surgieron en Mendoza las primeras bodegas y viñedos. Algunas de ellas alcanzaron dimensiones realmente importantes para la época, sobre todo si se tiene en cuenta que en su primer siglo de historia, Mendoza no pasaba de 60 vecinos, es decir, jefes de familia. El progreso de Mendoza, desde el punto de vista de la población, fue muy lento en los primeros años de su historia, debido a la aridez del clima y la situación de aislamiento que sufría la capital cuyana. No obstante ello, aún en esas precarias condiciones, los vecinos de la ciudad pusieron rápidamente en marcha la industria vitivinícola, y llegaron a levantar bodegas de grandes dimensiones.

Los viñedos y bodegas de Alonso de Reinoso (siglo XVI), Alonso de Videla, Juan Amaro y Antonio Moyano Cornejo (siglo XVII) son buenos ejemplos.

Alonso de Reinoso llegó a Mendoza poco después de la fundación, procedente de Chile. Durante catorce años vivió en esta ciudad, y realizó un intenso trabajo de fomento de la agricultura y la industria. Plantó una viña e instaló una bodega con capacidad de 5.500 litros de vino.

Otro destacado empresario vitivinícola fue don Alonso de Videla, cuya bodega alcanzó dimensiones notables. En efecto, hacia 1618 su bodega tenía 75.000 litros de vino, pues almacenaba las cosechas del año en curso y de la vendimia anterior, en sus viñedos trabajaban unas 20 personas.

Caso interesante es el de don Antonio Moyano Cornejo; representa la segunda generación en la historia de Mendoza. Don Agustín se abrió camino, a través del comercio y las tropas de carretas, hasta constituir una sólida posición. Plantó una viña con 12.000 plantas y una bodega que, sobre el final de su vida (1658), tenía una capacidad de 30.000 litros.

La presencia de estas bodegas en Mendoza es realmente notable para la época. Los documentos hablan de una docena de viñedos durante el siglo XVII y una superficie cultivada de viñas de unas 20 hectáreas aproximadamente.

Con el tiempo llegó la gran inmigración de Europa, que se dedicaron a la producción de viñedos y la elaboración de vinos. Uno de esos inmigrante italianos que llegó a Mendoza persiguiendo la promesa de un horizonte más amable fue Nicola Catena, el abuelo de Nicolás.

Como miles de europeos que desembarcaron en la Argentina a comienzos del siglo XX, Nicola encontró en el oeste una geografía áspera pero generosa. Con un pequeño viñedo comprado casi a pulmón en 1902, inició una tradición que, por entonces, no tenía nada de glamorosa: la vitivinicultura era trabajo físico, sol ardiente, agua llevada por acequias y la esperanza de que las heladas no arruinaran todo en una sola noche.

Los Catena formaban parte de una generación de familias bodegueras que ayudaron a dar forma al mapa vitivinícola de Mendoza: los Giol, los Gargantini, los Toso, los Escorihuela, los López. Era una época de bodegas familiares que crecían en patios de tierra, con tachos de madera y lagares movidos a fuerza de brazos. No existía el concepto de vinos finos; existía, simplemente, el vino como alimento, como abrigo, como cultura cotidiana.

Nicola —como tantos inmigrantes— trabajó sin grandilocuencias. Sus primeras cosechas se vendían localmente, y la bodega era pequeña, casi doméstica. Pero dejó un mensaje silencioso que sus descendientes supieron escuchar: “La tierra responde al que la respeta”.

El hijo de Nicola, Domingo Catena, fue quien consolidó el proyecto familiar y le dio un perfil más empresarial. Nacido y criado entre viñas, entendió que el vino era algo más que una tradición familiar: era una industria capaz de sostener a generaciones enteras de mendocinos.

Domingo expandió la producción, modernizó equipos en la medida que la economía lo permitía y mantuvo el espíritu de trabajo duro. Años después, sus propias palabras —que Nicolás repite a menudo— siguen resonando: “Hacemos vino para la gente. Si la gente confía en nosotros, la bodega sigue”.

No había entonces sueños de competir con Francia ni ambiciones globales. Había, en cambio, un respeto absoluto por el oficio y por la idea de que un buen vino es antes que nada un vínculo de confianza.

Domingo fue, sin saberlo, el puente entre dos épocas: la de los viejos bodegueros inmigrantes y la de los nuevos empresarios que, décadas más tarde, abrirían las puertas de Argentina al mundo del vino premium.

Cuando Nicolás tomó las riendas, heredó algo más que una bodega: heredó una forma de mirar la tierra. Pero también vivió un conflicto íntimo. ¿Continuar la tradición tal cual era, o animarse a soñar un vino argentino diferente?

Crónicas Menducas: Nicolás Catena, cambió el destino del vino

Durante una estadía académica en California, Catena encontró algo más que bibliotecas universitarias y cursos de economía. Descubrió un renacimiento vitivinícola. Regresó a Argentina con dos certezas: que el mundo estaba cambiando y que, si en Napa podían transformar un paisaje común en un destino enológico de prestigio, Mendoza no solo podía hacerlo, estaba destinada a lograrlo.

La idea era audaz. Incluso ingenua. Pero tenía un punto irrebatible: “Si queremos competir con los mejores, tenemos que hacer vinos para el mundo”. Y hacer vinos para el mundo implicaba romper moldes. El vino argentino, hoy celebrado en todo el mundo, es en parte la historia de ese gesto.

Su hoja de vida dice que Nació el 12 de octubre de 1939. Doctor en Ciencias Económicas (UNCuyo, 1963), Master en economía matemática (Universidad de Columbia, 1972). En 1963 se hace cargo de la empresa familiar viñatera y bodeguera fundada en 1902. Amplía el rumbo de la empresa convirtiéndose en el principal comercializador de Argentina de vinos embotellados finos y de mesa. A principios de los ’90 adquiere las dos bodegas más antiguas de Mendoza Escorihuela y Rutini. Junto al Barón Eric de Rothschild crean Bodega Caro (1998). Fundador y miembro del Consejo Directivo del CEMA.

DistinguidoDecanter Man of the Year (Revista Decanter, 2009),New World Winery of the Year (Revista Wine Enthusiast, 2010), Personalidad de los últimos 10 años (10° Argentina Wine Awards, 2016), Mejor Bodega de Argentina (publicaciones Guía Michelin y Wine Advocate, 2017), entre otros premios.

Así Nicolas logró convertirse en el principal referente de la industria vitivinícola en la Argentina. La respuesta está hoy en las copas. Nicolás honró la herencia familiar, pero la empujó hacia una dimensión inesperada: la investigación científica, la viticultura de altura, la obsesión por la calidad, la vocación exportadora. Donde su abuelo y su padre vieron trabajo, él vio también posibilidad. Donde ellos hicieron arraigo, él hizo revolución.

Su hija, Laura Catena, médica y cuarta generación, lidera hoy la bodega (Catena Zapata) y el Catena Institute of Wine, consolidando la reputación global con investigación y sostenibilidad.

Y un factor fundamental para destacar: Si la historia de los Catena es la historia de una visión que se animó a desafiar límites, la figura de Alejandro Vigil aparece como el socio perfecto para ese proyecto. No en el sentido empresarial, sino en el intelectual. Vigil es, para decirlo rápido, el hombre que convirtió la intuición de Nicolás en una teoría científica aplicada a la vitivinicultura.

Si Nicolás Catena fue el visionario que quiso mirar más alto, Alejandro Vigil fue el que explicó por qué valía la pena hacerlo. El que puso ecuaciones donde había corazonada, observación donde había intuición, y experimentación donde había tradición.

Juntos —el economista soñador y el enólogo científico— formaron la sociedad más influyente del vino argentino moderno.

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