Contreras y Llorens, curas comprometidos con los pobres

En primer lugar traigo el recuerdo de Jorge Conteras, con el que llegué también a compartir una gran amistad. En el corazón social de Mendoza, su nombre sigue despertando un respeto casi unánime. Para muchos, es símbolo de ternura y coraje; para otros, un ejemplo de coherencia política, religiosa y moral. Jorge Contreras —el sacerdote …

Roberto Suarez

En primer lugar traigo el recuerdo de Jorge Conteras, con el que llegué también a compartir una gran amistad.

En el corazón social de Mendoza, su nombre sigue despertando un respeto casi unánime. Para muchos, es símbolo de ternura y coraje; para otros, un ejemplo de coherencia política, religiosa y moral. Jorge Contreras —el sacerdote que eligió caminar del lado de los pobres, de los presos, de los pueblos originarios y de los olvidados— dejó una marca imborrable en la provincia. Su vida, tejida entre la fe y la lucha por la justicia social, es también un retrato nítido del país que le tocó vivir.

Jorge Contreras nació el 27 de abril de 1925 en San José, Guaymallén. Pasó su infancia en Tunuyán, en Campo Los Andes, y desde temprano combinó estudio y trabajo. Fue maestro antes que sacerdote, una profesión que abrazó con entusiasmo juvenil.

La vida, sin embargo, le puso una pausa inesperada al camino religioso. No podía ingresar al seminario mientras su padre —ciego tras la muerte de su madre— necesitaba de sus cuidados. Su hermano estudiaba en La Plata, y él quedó al frente del hogar. Recién en 1955, a los 30 años, logró dar ese paso postergado.

Contreras y Llorens, curas comprometidos con los pobres

“Siempre había tenido una vida cristiana muy activa, pero jamás había imaginado ser sacerdote”, contaba entre risas. Recordaba un retiro con jesuitas que “no logró llevarse ni una vocación”, un noviazgo de cinco años que terminó abruptamente —“¡me colgó la galleta!”, rememoraba divertido— y una conversación decisiva con un capellán que le entregó una revista sobre “vocaciones tardías”. “Ese artículo me llegó al corazón”, relataba. Fue su señal.

Se ordenó en 1962, tras recibirse como profesor de Historia y Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Desde entonces viviría una máxima: no se concibe ser cura sin estar mano a mano con el pobre.

Contreras fue, por vocación y convicción, un cura de barrio. Humilde, firme, querido, incómodo para los poderosos. Integró el movimiento de curas del Tercer Mundo y defendió siempre a quienes no tenían voz. Su paso por la parroquia de Lavalle (1982-1986) fue determinante: allí se vinculó profundamente con las comunidades huarpes. “Descubrir el desierto y sus pobladores fue una de las experiencias más impactantes de mi vida”, diría años después.

Su trabajo dejó huella: promovió la reivindicación del pueblo originario, abrió caminos de diálogo, y se ganó un respeto transversal.

La vida sacerdotal de Contreras también estuvo atravesada por el peligro. Durante la última dictadura militar fue docente en la Escuela de Servicio Social. Con el golpe de 1976, la institución quedó en la mira de los militares, que la acusaban de “formar guerrilleros”.

Una mañana le pidieron firmar cesantías. Se negó. El director lo recibió armado; detrás de él, un suboficial apuntaba con una ametralladora. “Me acusó de ser tercermundista y fracasado”, recordó. Contreras respondió con serenidad: sí, pertenecía al movimiento, y no se arrepentía.

La escena más riesgosa, sin embargo, llegaría poco después. Participaba de la Asamblea de Derechos Humanos de Mendoza cuando la sede fue allanada. Varias maestras —entre ellas Marta Agüero— quedaron detenidas. Contreras pidió mediación eclesiástica; no la obtuvo. Fue él mismo a declarar ante las autoridades. Gracias a su intervención, las liberaron. “Ahora que lo pienso bien, fue una jugada de pellejo”, confesaba Jorge.

En 1995, otra sorpresa lo encontró: fue nombrado capellán de la penitenciaría de Boulogne Sur Mer. “Es una tarea sufriente. El hacinamiento imposibilita cualquier resocialización”, decía con tristeza. Pasó diez años entre pasillos de rejas, dialogando con internos, escuchando dolor y esperanza”.

Pero, el barrio La Gloria, uno de los más grandes y pobres de Mendoza, fue su lugar en el mundo desde 1991. Allí se consolidó su figura de cura militante. En 1996 se creó la parroquia Virgen Peregrina, nacida de su trabajo con la comunidad. Contreras vivió y murió ligado a esos vecinos que lo consideraban un padre, un hermano, un compañero.

Su mirada social era amplia y plural. Tejió lazos con organizaciones barriales, movimientos sociales, la UNCuyo, comunidades indígenas, internos penitenciarios y voluntarios de todas las procedencias. Su puerta siempre estuvo abierta.

La amplitud de sus obras —educativas, sociales, espirituales, culturales— habla de un hombre que ejerció el sacerdocio con las manos en el barro y los ojos en la justicia. Su paso por Lavalle, por La Gloria, por las cárceles, por los espacios de derechos humanos, por la UNCuyo y por cada rincón donde se necesitara dignidad, construyó una figura inmensa y popular.

Contreras y Llorens, curas comprometidos con los pobres

Sobre el padre José María Llorens, voy a describir otra historia de entrega cristiana en favor de los desprotegidos.

José María Llorens, más conocido como el padre Macuca, fue uno de los sacerdotes más queridos y respetados de Argentina, cuyas huellas perduran en la historia de la ciudad de Mendoza y en el corazón de su gente. Nacido en Buenos Aires el 19 de enero de 1913, Macuca se ordenó sacerdote el 23 de diciembre de 1944, y pronto se embarcó en una vida de servicio y compromiso con los más necesitados. Su legado se sigue honrando hoy en día con el proceso de beatificación que se lleva adelante en su nombre, un camino que reconoce no solo su profunda espiritualidad, sino también su dedicación a la justicia social.

Desde sus primeros años como sacerdote, Macuca mostró un interés profundo por la educación y la formación espiritual de los jóvenes jesuitas. Su dedicación lo llevó a ser designado para la dirección espiritual de la Compañía de Jesús, donde pasó diez años acompañando a nuevos miembros en su camino de fe y reflexión. Sin embargo, fue en su destino mendocino donde el padre Llorens dejaría una huella imborrable en la historia.

En 1958, Macuca llegó al Barrio San Martín, en Mendoza, un lugar que, por entonces, era un basural. Aquí, el sacerdote encontró a una comunidad de personas marginadas y con profundas necesidades, pero también con un fuerte espíritu de lucha y un deseo de salir adelante. Fue en este entorno donde Macuca consolidó su visión de la “opción por los pobres”, una corriente de la Iglesia Católica que pone en el centro a los más vulnerables.

Con el paso de los años, Macuca se identificó profundamente con las angustias de los pobladores del Barrio San Martín. Sabía que la pobreza no solo se resolvía con la caridad, sino con proyectos sostenibles que permitieran a las personas organizarse y desarrollarse de manera autónoma. Bajo su guía, se crearon cooperativas de trabajo que permitieron a los vecinos del barrio acceder a terrenos y construir sus casas propias, un proceso que transformó no solo el espacio físico, sino también las relaciones sociales y económicas de la comunidad.

El sacerdote se mostró siempre dispuesto a acompañar a los pobladores en cada paso. Como solía decir: “Primero la casa de los hombres, después la casa de Dios”. Para Macuca, la dignidad humana debía ser la prioridad, y solo después de que la comunidad estuviera en condiciones de vivir de manera digna, se podría pensar en la construcción de una capilla.

El barrio comenzó a desarrollarse, y con él, la identidad de los vecinos que, organizados en cooperativas, fueron capaces de tomar las riendas de su propio destino.

A 34 años de su fallecimiento, el legado del padre Macuca sigue vivo, y su memoria se honra a través de la fundación “Tras las huellas de Macuca”, creada por sus vecinos y feligreses. Desde esta organización, se está promoviendo su beatificación, un proceso que podría culminar con su canonización como santo.

El primer paso en este proceso será la presentación de pruebas ante las autoridades eclesiásticas, que incluyen testimonios sobre su vida y su dedicación. Además, se está trabajando en la documentación de un posible milagro atribuido a su intercesión. Mientras tanto, la comunidad sigue difundiendo la historia de su vida, educando a nuevas generaciones sobre su obra de amor, solidaridad y compromiso con los más necesitados.

“Macuca decía: ‘Si trabajas en una comunidad, no pienses que el desarrollo podrá venir desde afuera. Una comunidad es capaz por sí misma”.

La historia de estos curas es una lección de cómo el compromiso con los demás puede transformar realidades. En un país marcado por desigualdades, sus ejemplos de trabajo conjunto, fe y dedicación siguen siendo un faro para aquellos que luchan por un mundo más justo.

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