“Derribaremos al papa Francisco”
La frase es brutal y reveladora: “Derribaremos al papa Francisco”. Según los llamados Archivos Epstein, ese habría sido el mensaje que el estratega de la nueva derecha global, Steve Bannon, le transmitió a Jeffrey Epstein en el marco de intercambios que hoy vuelven a sacudir la escena internacional. La desclasificación de millones de documentos por parte del Departamento de …
La frase es brutal y reveladora: “Derribaremos al papa Francisco”. Según los llamados Archivos Epstein, ese habría sido el mensaje que el estratega de la nueva derecha global, Steve Bannon, le transmitió a Jeffrey Epstein en el marco de intercambios que hoy vuelven a sacudir la escena internacional.
La desclasificación de millones de documentos por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos expuso correos electrónicos, vínculos y zonas oscuras del financista acusado de dirigir una red internacional de explotación sexual, quien murió el 10 de agosto de 2019 en una celda del Centro Correccional Metropolitano de Nueva York. Entre esos intercambios aparecen referencias al papa Papa Francisco y a la necesidad de “voltearlo”.
La hipótesis no es nueva, pero ahora adquiere otra densidad: habría existido una estrategia internacional para debilitar al pontífice argentino, impulsada por sectores ultraconservadores que vieron en su papado una amenaza directa a su proyecto político y económico.
El tema fue analizado en el programa Cumbre a la Carta, por AM Cumbre 1400. Allí, el periodista y escritor Aldo Duzdevich, citando investigaciones de la corresponsal vaticana Elisabetta Piqué, explicó que parte del material conocido incluye correspondencia en la que se menciona la necesidad de infiltrar estructuras del Vaticano y erosionar la autoridad del Papa. Aún resta analizar una enorme cantidad de documentación.
Pero más allá de lo judicial, el trasfondo es político.
Francisco: el Papa incómodo
Cuando fue elegido en 2013, pocos imaginaron que el pontificado de Francisco se convertiría en uno de los más disruptivos de las últimas décadas. No por alterar dogmas teológicos centrales, sino por intervenir en el terreno más sensible del poder contemporáneo: la economía global.
Desde Evangelii Gaudium hasta Laudato Si’, Francisco cuestionó lo que definió como “la economía que mata”: un modelo financiero desregulado, centrado en la maximización de ganancias y desligado de sus consecuencias sociales y ambientales. Denunció la financiarización sin límites, criticó los paraísos fiscales, defendió la función social de la propiedad privada y habló sin eufemismos de desigualdad estructural y descarte social.
Reintrodujo la ética en un terreno que el neoliberalismo había presentado como puramente técnico.
Para Bannon —ideólogo del nacional-populismo y articulador de redes de ultraderecha en Europa y Estados Unidos— ese discurso no era ingenuo. Era subversivo. Desarmaba la alianza entre conservadurismo moral y liberalismo económico que había sostenido a buena parte de la derecha religiosa global.
Francisco apostó por el multilateralismo, el diálogo interreligioso, la defensa de los migrantes y una diplomacia activa con el Sur Global. Todo lo contrario a la visión de la nueva derecha, que concibe la política como una guerra cultural permanente.
¿Por qué querían destronarlo?
La pregunta es inevitable: ¿por qué el poder económico mundial querría desplazar a un Papa?
Porque Francisco no se limitó a predicar valores abstractos. Interpeló directamente la estructura del poder financiero. Y lo hizo desde el centro simbólico de una institución con 1.300 millones de fieles en todo el mundo.
Epstein aparece en esta trama como una ventana hacia el costado más oscuro del poder global: la connivencia entre élites políticas, económicas y financieras, y la utilización de operaciones encubiertas para disciplinar o neutralizar a figuras incómodas.
Que un pontífice argentino cuestionara el dogma neoliberal desde el Vaticano era, para muchos, inadmisible.
La dimensión histórica
Hoy, con Francisco ya fallecido, su figura se agiganta. Su muerte lo coloca en una dimensión histórica que muchos argentinos no supieron —o no quisieron— reconocer en vida. Se quedaron en detalles menores, en disputas domésticas, sin advertir la estatura global de su liderazgo.
Los sectores que intentaron erosionarlo —dirigentes ultraconservadores, operadores políticos, referentes del poder económico— no lograron su objetivo. No hubo abdicación ni quiebre institucional.
Al contrario: el paso del tiempo consolidó su legado como el de un Papa que promovió una Iglesia más abierta e inclusiva, que impulsó el diálogo interreligioso y que puso en el centro a los descartados del sistema.
“Construyan puentes, no muros”, repetía. Esa frase sintetiza su visión de unidad en un mundo fragmentado por el odio, el miedo y la desigualdad.
Más allá de las operaciones, las conspiraciones y las miserias del poder, Francisco terminó imponiendo algo mucho más difícil de derribar: una ética.
Y eso —para algunos— fue siempre lo verdaderamente imperdonable.


