Pablo Perri, director de la Vendimia 2026: “Quiero hacer una Fiesta contra el olvido”
Pablo Perri dirigirá (ya dirige, en realidad) el espectáculo central de la Fiesta Nacional de la Vendimia 2026. Para conocerlo mejor, se lo podría definir como un creativo y un docente de alma. Aunque no tiene antecedentes familiares y su punto de partida es la plástica, siempre se sintió atraído por el arte en todas …
Pablo Perri dirigirá (ya dirige, en realidad) el espectáculo central de la Fiesta Nacional de la Vendimia 2026. Para conocerlo mejor, se lo podría definir como un creativo y un docente de alma. Aunque no tiene antecedentes familiares y su punto de partida es la plástica, siempre se sintió atraído por el arte en todas sus expresiones. Y como tal, le gusta crear. Así creó su propia definición: “Soy un vendimista”, le dice medio en broma y mucho en serio a Mendoza Today.
Pero Pablo tiene límites. O, mejor dicho, tiene líneas de partida. Por ejemplo, el puente que cruza el río Mendoza, donde empieza el distrito de Palmira viniendo desde la capital provincial. Ésa es su cuna, su tierra, su hogar, ya sea después de un largo día de ensayos en el espacio Julio Le Parc con bailarines, músicos, vestuaristas y técnicos, o después de un viaje por algún rincón del mundo donde viajó para conocer cómo otros pueblos valoran su cultura y sus tradiciones. Otro alimento para él.
La otra bisagra de su vida es temporal y fáctica. La marcó el momento, ese gran momento, cuando abrió el arcón de su abuelo analfabeto y descubrió parte del pasado mendocino, entre azarosos objetos y herencias domésticas. Y entre recortes de diarios impresos de otras épocas. Ese día supo que además de los puntos de partida, en la vida existen las metas. Con la suya no tuvo dudas: “Algún día, voy a hacer la Fiesta de la Vendimia”.
— Se acerca otro gran día, el sábado 7 de marzo. Imaginamos que los nervios son inversamente proporcionales al tiempo disponible.
— Sí, claro. Dirigir esta fiesta es un sueño que siempre anhelé. En esta oportunidad, hacer la “Vendimia de los 90” representa un gran desafío para todo el equipo, pero también una alegría inmensa. No quiero dejar pasar el hecho de disfrutar cada instante. Siempre hay situaciones difíciles y otras más amenas, pero trato de vivirlas con plenitud. En mi primera experiencia, en 2024, la inexperiencia y el no saber cómo abordar ciertas cosas me hacían “mala sangre” y eso me impedía disfrutar. Ahora estoy en otra instancia: disfruto cada ensayo, cada música que escucho y cada reunión para tomar decisiones. El espectro se va cerrando, hay que definir aspectos que ya no se pueden cambiar, pero lo hago siempre desde el respeto que merece la Fiesta.
— Ha dicho que su amor por la Vendimia le viene desde chico. ¿Nos comparte detalles?
— En mi familia no hay artistas, yo fui el primero. Cuando era muy chico, mi abuelo, que estaba enfermo, decidió dividir sus bienes en vida. Mi mamá heredó un baúl lleno de recortes de la Vendimia y de acontecimientos históricos de Mendoza. Mi abuelo no había terminado la primaria, no sabía leer ni escribir, pero guardaba las tapas de los diarios porque decía que algún día servirían para algo. Él trabajaba en Vialidad Provincial y también fue contratista de viña. Siempre estaba presente en las cosechas, era un hombre muy amiguero. Yo casi no lo conocí en su esplendor, pero creo que me heredó ese amor por la tierra.
— ¿Y cómo fue que esos recortes se convirtieron en su puerta de entrada a la Vendimia?
— De chico me costaba la escuela. No me gustaba leer ni las matemáticas. Mi mamá, con tal de que leyera algo, me daba esos diarios. Yo empecé a contarle: “Mamá, mirá, en el 80 pasó esto, en el 60 pasó aquello”. Hasta que un día vi la Fiesta en la televisión y ahí le tomé el gusto. Le insistía con que quería ir, pero mi abuelo cumplía años el 28 de febrero y lo festejaban el primer sábado de marzo, por lo que nunca podíamos asistir al Acto Central.
— ¡Qué paradoja! ¿Y cuándo logró finalmente llegar al Teatro Griego?
— Cuando mi abuelo cumplió 80 años, yo estaba muy enojado porque me perdía la fiesta otra vez. Mi mamá me prometió que, si cambiaba la cara, al día siguiente iríamos a la repetición. Fuimos el domingo, me senté en los cerros y quedé maravillado. Ese día le dije a ella que algún día quería dirigir en ese lugar. Mamá, muy sabia, me dijo: “Bueno, si querés llegar ahí, tenés que aprenderte las tablas”. Con los años entendí que “estudiar las tablas” significaba capacitarse, perseverar y ser paciente. Finalmente, a mis 40 años, llegué a ser el director de ese sitio majestuoso. Es un amor que no va a claudicar nunca.
— Ser director de la Vendimia implica gestionar presupuestos y recursos, algo que a veces choca con la visión romántica del artista. ¿Cómo se lleva con “el Pablo administrador”?
— Es un aprendizaje constante. A veces creés que todo está bien y surge un problema, o tomás una decisión y te das cuenta de que no fue la correcta. Cada Vendimia tiene su contexto. Este año, la toma de decisiones ha sido muy colectiva. Aprendí con el tiempo a escuchar a mi equipo y a apoyarme en una “mesa chica” de confianza.
— Pero siempre obligado a articular el aspecto artístico con la gestión del espectáculo.
— Es un trabajo conjunto con la Secretaría de Cultura y todos los supervisores. Nos unimos tanto el staff como el Gobierno para que esto salga adelante; si sale bien, nos sale bien a todos. Siento que las cosas se están cumpliendo en tiempo y forma. Existe un respeto mutuo: el Gobierno me consulta permanentemente y yo hago lo mismo con ellos. Ese manejo hace que el proceso sea mucho más ameno.
— ¿Se da margen para el erro o “no se perdona una”? Porque imaginamos de afuera un gran rompecabezas.
— En mi primera experiencia en 2024 cometí errores, y tuve que ponerme al frente de ellos, reconocerlos y volver atrás si era necesario. Mi manera de manejarme es confiar en el equipo y solucionar los problemas en conjunto. Aunque la última decisión sea mía, siempre es enriquecedor abrirse a otros puntos de vista.
— ¿Cómo vive la dicotomía del mendocino promedio, que por un lado pide innovación, porque “siempre es igual”, pero por otro exige que no pierda su esencia?
— Es complejo. Los mendocinos somos un poco así: si la fiesta es igual a las anteriores, nos quejamos; pero si alguien intenta algo distinto, decimos que “eso no es Vendimia”. Es un camino estrecho que hay que saber transitar con respeto por la identidad, pero sin miedo a evolucionar. Es un aprendizaje constante. Hasta el día de hoy sigo aprendiendo.
— Cada Vendimia se igual, cada Vendimia distinta…
— Claro, cada Vendimia tiene su particularidad y su propio contexto. Este año, el proceso de toma de decisiones ha sido siempre en conjunto con el equipo. Mi manera de trabajar se basa en escuchar. Eso es algo que aprendí con el tiempo: la importancia de hacer reuniones con esa “mesa chica”, la gente de confianza que tira para el mismo lado. Uno necesita sostenerse en ellos para tomar la mejor resolución.
— Sin mucho margen para el método “prueba-error”.
— Y no. Pero hasta ahora todo ha salido muy bien y estamos a tiempo con lo planificado. Igual, siempre hay que estar listo para ajustar. En 2024, durante mi primera experiencia, algunas decisiones fueron acertadas y otras no. Cuando te equivocas, tenés que ponerte al frente, reconocerlo y decir: “Bueno, me equivoqué, vamos por este otro lado”. Siempre confío en mi equipo; cuando hay un problema, lo hablamos en conjunto para solucionarlo. Si bien la última palabra la tengo yo, es fundamental abrirse a otros puntos de vista.
— El que a veces no perdona es el público local. Ni hablar de los periodistas, ¿no?
— Sin desmerecer a mi provincia, los mendocinos somos un poco criticones con la Vendimia, pero creo que eso es lo que la mantiene viva. El año pasado tuve la oportunidad de viajar a Grecia y charlé con gente de allá sobre sus tradiciones. Ellos repiten actividades año tras año, exactamente de la misma forma, y la gente lo espera y lo respeta. Si no se hiciera así, sentirían que pierden su esencia.
— ¿Cree que esa lógica se puede aplicar aquí?
— Lo trasladé a Mendoza y entendí que la Vendimia es eso. Si no ponés a la Virgen de la Carrodilla o a San Martín, está mal; pero si los ponés, te dicen que es “siempre lo mismo”. Yo me planto en esto: la Vendimia tiene un proceso que es parte de su identidad. Si no, sería la fiesta del algodón o de cualquier otra cosa. Aquí lo particular es la mano del hombre que convirtió el desierto en un oasis pese a la sequía. La innovación no está en cambiar los elementos, sino en el secreto de cómo contar la historia.
— ¿Cómo se logra eso sin traicionar la identidad?
— La poda, la cosecha, el granizo, los inmigrantes y los huarpes tienen que estar porque son nuestra idiosincrasia. El desafío es quién cuenta la historia o desde qué ángulo se hace. Para esta “Vendimia de los 90”, hablando con la guionista, pensamos: ¿y si damos vuelta la historia? En vez de que unos personajes narren lo que pasó, ¿por qué no la cuenta el pueblo? Así surgieron dos personajes muy significativos que vienen del “más allá” a preguntarnos qué hemos hecho como pueblo en estos 90 años y qué legado vamos a dejar. Por eso quiero hacer una fiesta contra el olvido.
— Casi filosófico, Pablo. El olvido es uno de los miedos que más nos angustia a los humanos.
— Exactamente. Todos tememos ser olvidados. Pasa en las casas cuando alguien dice: “Hago la receta de la abuela porque ella la hacía así”. Esta historia nos hace reflexionar sobre qué vamos a dejar los mendocinos para que las futuras generaciones continúen con la fiesta. Mi gran preocupación —y la de muchos en este ambiente— es si dentro de diez años, cuando se cumplan los cien, la juventud se seguirá entusiasmando. La indiferencia y el olvido son los únicos riesgos reales de que esto deje de hacerse. La fiesta ha durado 90 años porque supo adaptarse; el formato de los años ’30 no es el de los ’90, ni el de hoy, pero la esencia se mantiene.
— Se dice que la Vendimia es un género en sí mismo porque mezcla teatro, danza, música y literatura. ¿Cuál de estos lenguajes prevalecerá en el Teatro Griego y cómo piensa equilibrar todas esos factores?
— Coincido en que es un género único en el mundo. He hablado con profesionales del exterior que no pueden creer que tengamos a más de mil artistas bajo nuestra dirección o que el escenario tenga esas magnitudes. En mi caso, mi formación como diseñador escenográfico me ayuda, porque el escenógrafo debe saber un poco de iluminación, vestuario, actuación y baile.
— Es una formación integral, casi como un “hombre de orquesta”.
— Mi mamá siempre me insistió en que hiciera más de una cosa. Aprendí música, canto y baile. No soy bailarín profesional ni cantante solista, pero entiendo esos lenguajes porque me formé en ellos. Soy, en definitiva, un “vendimista”: alguien que suma un poco de todo para que el conjunto funcione.
— El espectáculo parece un engranaje donde, al mover una pieza, se altera todo el sistema. ¿Lo siente así?
— Es un todo. Te doy un ejemplo: vos escribís el guion y, de repente, la música te encanta pero el texto no entra en la introducción. Ahí empieza un trabajo constante. Hablo con la guionista para ver si podemos quitar tres palabras sin perder el sentido, o le pregunto al músico si existe la posibilidad de agregar dos compases más. Yo vengo trabajando en la puesta desde julio; a esta altura, los detalles ya son minuciosos. En instancias previas nos permitimos cambios grandes, como sustituir una música por otra o modificar el guion, pero hoy ya estamos en la etapa de pulir lo mínimo. Cada director tiene su librito, pero esta es la manera que a mí me funciona.
— ¿Entonces, cuál es el secreto para que todas las áreas luzcan equilibradas en el escenario?
— Siempre trabajo pensando en el otro. Busco que se revalorice la iluminación, las cajas lumínicas y las pantallas. Este año tenemos un cuadro exclusivamente audiovisual que será el desencadenante de la fiesta. Quizás dure solo un minuto y medio, pero ese es el momento de gloria para esa área específica. Lo mismo sucede con el maquillaje o el vestuario; aunque el vestuario está presente en toda la fiesta, hay momentos diseñados para que luzca especialmente.
— Hace años se instaló la presencia de músicos en vivo. Usted, que vivió la época de la música grabada, ¿lo ve como una ventaja o como una limitación técnica?
— No te voy a mentir: cuando hacía vendimias departamentales y todo era grabado, uno tenía la tranquilidad de dar “play” y saber que no había riesgos hasta el final. Sin embargo, en 2019 dirigí una fiesta en Maipú donde pusimos música en vivo por primera vez y descubrí algo maravilloso: la adrenalina y la conexión con el público. Con lo grabado, cuesta mucho más que la gente responda; en cambio, cuando un cantante en vivo pide palmas, la respuesta es inmediata. Tenemos músicos totalmente capacitados para espectáculos de esta envergadura.
— Prefiere asumir el riesgo.
— Por supuesto, tiene todos los riesgos habidos y por haber. Por eso tomamos la precaución de grabar un backup por si ocurre alguna inclemencia climática o problema técnico. Pero el vivo suma muchísimo a la puesta, la fiesta y al artista. Suelo ir a los ensayos de los músicos y me sigo emocionando hasta las lágrimas. Al principio se asustaban y me preguntaban si algo estaba mal. Yo les decía que era la emoción de ver cómo mi idea ya no era mía, sino que se multiplicó y ellos lo estaban transmitiendo. La música es el mayor protagonista: sin ella no hay danza, ni luces, ni cajas lumínicas.
— Más allá del escenario, hay elementos esenciales como el Carrusel o la Bendición de los Frutos, que nadie discute. Pero la figura de la Reina viene generando polémica. Hay monárquicos y antimonárquicos. ¿Cuál es su postura?
— La Vendimia de este año tiene que ver un poco con eso. En 1936, la fiesta se oficializa mediante el decreto 87. En aquel entonces, el ministro Frank Romero Day envió indicaciones a los departamentos para que cada uno estuviera representado por una mujer. Para la época, la condición social de la mujer era muy distinta a la actual. Lograr ese lugar de ser elegida como representante de su pueblo fue un hito que, año tras año, fue evolucionando. Creo que es una parte fundamental de nuestra historia y de la estructura de la fiesta.
— ¿Es tolerante a las críticas del día después? ¿Lee y escucha todo lo que se dice en los medios y en las redes sociales sobre su trabajo?
— En 2024 hice algo particular: leí casi todos los comentarios. A quienes decían que la fiesta era “aburrida”, les contestaba preguntándoles qué harían ellos si fueran directores para que no lo fuera. De cientos de personas, solo una me respondió con fundamentos y sigo charlando con ella hoy. De hecho, tomé algunas de sus sugerencias para corregirlas este año. A veces se critica por una canción o un detalle y se generaliza sobre toda la fiesta. De todas formas, esas opiniones mantienen viva la Vendimia, aunque te aseguro que no hay crítico más duro conmigo que yo mismo.
— En la actualidad, la televisación es fundamental para llevar la fiesta al resto del país y al mundo. ¿Trabaja usted en conjunto con los directores de cámara, por ejemplo?
— Son dos formatos distintos. En el teatro, el espectador mira lo que quiere; en la pantalla, ves lo que el director de cámaras decide mostrarte. Es como filmar un partido de fútbol: imprevisible. Tenemos un equipo audiovisual y un “guion de hierro” con planos pensados para que el dron capte las figuras coreográficas, pero en el momento siempre pueden surgir imprevistos, como una utilería que se cruza. Trabajamos detalle por detalle para que la transmisión sea lo más fiel posible a la obra.
— ¿En qué se inspira el resto del año, cuando no está sumergido en la fiebre vendimial?
— Soy docente de artes visuales en primaria y secundaria, y mis alumnos son mis mayores inspiradores. Sus clases nunca son iguales a lo planificado porque ellos ven cosas en el arte que los adultos ya no percibimos. Ahí es donde uno aprende la verdadera esencia del arte. También me inspira viajar, leer y conocer las historias de la gente en los pueblos. En la escuela trabajo con stop motion y festivales de cine; demostrarles a los chicos que este mundo apasionante existe me enriquece totalmente.
— Dice que viaja y conoce el mundo, pero siempre regresa a su lugar, Palmira.
— Son mis raíces. Puedo ir a cualquier lado, pero siempre vuelvo a mi pueblo y a mi gente. Salgo a comprar y los vecinos me saludan con cariño porque me conocen desde chiquito. Eso es impagable. Puedo ir diez veces a Mendoza en un día, pero cuando cruzo el puente del río y veo el cartel de “Bienvenido a Palmira”, siento que ya no me quiero ir más. Es mi pasión, el lugar que me dio las herramientas para crecer.
Claves para entender la Vendimia 2026
Vendimia 2026, equipo completo
Director general: Pablo Mariano Perri. Guion: Silvia Graciela Moyano. Dirección audiovisual: Gustavo Fabián Lenarduzzi. Dirección coreográfica general: Graciela Adriana Ruiz. Director en funciones: Javier Omar Falcón. Director musical: Julio Edgardo Figueroa. Responsable de la idea escenográfica: María Claudina Gomensoro. Responsable de las cajas de iluminación: Felipe Santiago Gerardi. Director técnico: Víctor Javier Carrión. Productor ejecutivo: Cristian Alejandro Arce. Jefe de traspuntes: Sergio David Ávila. Responsable y diseñador de iluminación: Sergio Alfredo Ahumada. Responsable y diseñador de sonido: Pablo Andrés Riquero. Responsable en efectos especiales: Miguel Ángel Cassella. Jefa de vestuario: María Isabel Jaime. Jefa en maquillaje: Sol Ayelén Castillo Gutiérrez. Responsable en utilería menor y/o mayor: Lucas Gustavo Grasso. Subdirector audiovisual y productor: Walter Omar Sastre. Director Coreográfico de Folclore (1): Leandro Agustín Morales. Director Coreográfico de Folclore (2): Pablo Germán Fernández. Director coreográfico contemporáneo: Cristian Martín Lara. Asistencia de dirección: Silvina Vanesa Murcia. Dirección orquestal: Alicia María Pouzo. Asistente de vestuario: Leila Romina Álvarez. Responsable del vestuario especial: Lucas Ariel Alfonso. Administrativa de vestuario: Stella Maris Vera. Responsable del diseño, realización y manipulación de titiriteros: Lorena María Pereyra.


