El comienzo del fin: los nietos pagaron cara la diversión de la abuela

Soy fanática de la época vintage no por romanticismo vacío ni por negación del presente, sino porque allí reconozco un sistema de valores que hoy parece totalmente extraviado. Hablo de educación, decencia, formas, respeto, mérito, y hasta cultura, cine, moda, y también de una idea de progreso asociada al esfuerzo y a la responsabilidad individual. …

Eliana Toro

Soy fanática de la época vintage no por romanticismo vacío ni por negación del presente, sino porque allí reconozco un sistema de valores que hoy parece totalmente extraviado.

Hablo de educación, decencia, formas, respeto, mérito, y hasta cultura, cine, moda, y también de una idea de progreso asociada al esfuerzo y a la responsabilidad individual. Incluso en tiempos de guerra y posguerra, Occidente supo reconstruirse con una ética clara, de la mano de la disciplina, familia, trabajo y sentido de pertenencia. La Argentina hasta hace no mucho tiempo era descendiente directa de ello.

“La Argentina era Occidente”, dígalo sin culpa, no somos caribeños. No tiene nada de malo. Se dio así.

Amo la estética vintage, pero no sólo por estética. Sino porque era una consecuencia visible de una sociedad que creía en límites, jerarquías, deberes y aspiraciones. Había normas, y había orgullo en cumplirlas. La libertad no se confundía con el capricho, ni la rebeldía con el desorden.

Algo se quebró a fines de los años sesenta. Y ese quiebre tiene una fecha simbólica, la de mayo de 1968, cuando una serie de protestas estudiantiles y obreras estallaron en París contra el gobierno de Charles de Gaulle. Se presentaron como una revuelta contra la autoridad, la tradición, el capitalismo, la familia, la moral sexual y cualquier forma de orden heredado. Sus consignas hablaban de liberación, imaginación y ruptura total con el pasado.

Lo que dispara esta reflexión tiene que ver con la discusión que generó en todas partes del mundo la foto publicada en X por la cuenta Explorer of Moments, que muestra a una estudiante sacándole la lengua a la policía, piedra en mano, en medio de una multitud. Para muchos, simboliza rebeldía. Para mí, simboliza el momento exacto en que una generación decidió despreciar los logros que no había construido.

No fue una revolución que propuso algo mejor. Fue una demolición cultural.

Esos estudiantes que se creyeron guerreros revolucionarios no estaban peleando contra una tiranía, sino contra una civilización que les había dado educación, estabilidad, derechos y futuro. Confundieron autoridad con opresión, disciplina con violencia y tradición con atraso.

El resultado no fue una sociedad más libre, fue una más frágil. Se erosionó la familia como institución básica, se debilitó la disciplina social, se ridiculizó el amor por lo propio, se promovió una moral “permisiva” sin responsabilidad, se desdibujó la identidad cultural común.

Europa no perdió cohesión por exceso de orden, sino por renunciar a defenderlo. La incapacidad de sostener reglas propias, valores compartidos y fronteras culturales claras derivó en un multiculturalismo mal entendido, que no integró sino que fragmentó, y que tal vez esté llegando a su límite.

No es una crítica a personas o pueblos, sino a élites culturales que renunciaron a exigir adaptación, respeto y reciprocidad para optar por cooptación total. Y una civilización que no se valora a sí misma termina siendo administrada por otros.

El paso de los años 50′ a los 60′ no significó sólo un cambio de valores, sino una marcadísima mutación estética y cultural totalmente deliberada, casi programática.

En los 50′, el cine, la arquitectura, la moda y la música respondían a una lógica de orden, aspiración y armonía. Encuadres clásicos, narrativas claras, edificios funcionales pero elegantes, ropa que estructuraba el cuerpo y una cultura que buscaba elevar, no provocar. Tras la posguerra, Occidente buscaba estabilidad y belleza como antídoto a tanto horror vivido.

En los 60, en cambio, se rompe conscientemente con esa idea y el cine abandona el relato clásico para volverse fragmentado, incómodo, asquerosamente intrínseco. Todo pasa a ser ideal para pasar a ser ideológico.

La arquitectura y el arte renuncia a la belleza en nombre del “concepto”, o de lo “asbtracto”; la moda deja de construir formas para desarmarlas; la música reemplaza melodía por ruido y actitud. (Y no hablemos de la actual, por favor).

No fue una “evolución” artística, fue una rebelión contra la forma misma, porque la forma implicaba límites, tradición y jerarquía. Y negarse a ello al parecer era “progreso”. El mismo que hoy desfila por la torre Eiffel con hijab.

El cine cambió de manera tan marcada que duele. Había que destruir el imaginario anterior para imponer uno nuevo. Pero lo que se presentó como libertad creativa fue, en realidad, una ruptura con la idea de que el arte debía aspirar a algo más alto que la expresión individual. Desde entonces, gran parte de la cultura dejó de construir mundo y empezó a cuestionar su existencia, a minimizarla hasta dejarla nula, para ser conquistada por otra.

El comienzo del fin: los nietos pagaron cara la diversión de la abuela

Uno de los mitos más persistentes de ese mal llamado mítico mayo del 68 es que “liberó a la mujer”, pero en realidad, la dejó más expuesta. La promesa de emancipación terminó convirtiendo la intimidad en mercancía y el cuerpo femenino en territorio de explotación sin barrera alguna.

La mujer pasó de ser protegida por normas sociales —tal vez imperfectas— a ser arrojada a un mercado sin límites, donde la libertad suele beneficiar al más fuerte que al más vulnerable.

La chica de la foto no fue una ganadora histórica, sino una víctima anticipada de una revolución que prometió dignidad y entregó precariedad. Fue el momento exacto donde la mujer se sacó su corona de princesa de cuento no para destruirla, sino solo para dársela al primer varón que pasara por allí.

El comienzo del fin: los nietos pagaron cara la diversión de la abuela

Mayo del 68 inauguró un Occidente adolescente, frágil, rebelde, narcisista e incapaz de transmitir legado alguno. Un Occidente que se avergüenza de su historia, que relativiza todo, que confunde crítica con autodesprecio, y orgullo con insulto.

La época vintage me atrae porque recuerda que la civilización no es automática. Se construye, se cuida y se defiende. Y cuando una generación decide burlarse de ese esfuerzo —creyéndose moralmente superior por destruir lo que no entiende— el costo no lo paga ella, sino las que vienen después.

El comienzo del fin: los nietos pagaron cara la diversión de la abuela

El comienzo del fin: los nietos pagaron cara la diversión de la abuela

No fue el comienzo de la libertad. Fue el comienzo del deterioro. Y todavía estamos pagando la factura, vaya a saber con qué “solución”.

¡Gracias, boomers!

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