Mendoza: tierra del sol, el buen vino, la gran cordillera y también del secano
El sociólogo y antropólogo Luis Triviño afirmaba, en sintonía con otros muchos estudiosos y creadores literarios, que el mendocino en esencia “es más del desierto que de la montaña”, aunque los turistas suelen pensar en el vino (el oasis) y el Aconcagua cuando se les menciona a Mendoza. El montañés puro suele ser más hospitalario …
El sociólogo y antropólogo Luis Triviño afirmaba, en sintonía con otros muchos estudiosos y creadores literarios, que el mendocino en esencia “es más del desierto que de la montaña”, aunque los turistas suelen pensar en el vino (el oasis) y el Aconcagua cuando se les menciona a Mendoza. El montañés puro suele ser más hospitalario con los extraños, porque saben que son pasajeros de paso y a lo sumo el visitante se detiene hoy transitoriamente por un alud o una tormenta de nieve que bloquea los caminos.
En cambio los hombres y mujeres del desierto son más reservados y desconfiados, como si la soledad y el silencio que los rodea antepusieran una barrera invisible con el visitante. Su genética -aseguran- está entrenada para “administrar la escasez”. Además, el testamento huarpe los hizo más sedentarios que nómades, como sí lo eran y lo son los beduinos árabes en aquellas latitudes.
La colonización y las distintas corrientes migratorias, sobre todo de Europa, cambiaron la fisonomía provincial y expandieron, al amparo de los cursos de agua, los distintos oasis productivos. Ese proceso trajo aparejado una corriente de progreso, incorporación de tecnología, producción, trabajo, educación, alguna oportunidad de industrialización y, por supuesto, la urbanización moderna.
Ahora, el 98 por ciento de la población de Mendoza (que tiene poco más dos millones de habitantes en total) se concentra en lo que se denomina el Gran Mendoza (que hace rato incorporó a Luján de Cuyo y Maipú a la red residencial), el Oasis Este, el Valle de Uco y el Oasis Sur. Con una superficie cultivada de apenas el 4 por ciento del total del territorio. El resto es montaña y, sobre todo, desierto.
Quienes defienden a los pueblos originarios (en el caso de Mendoza) lamentan que “esa Mendoza” creció porque se quedó con el agua que originalmente llegaba tierras abajo, como a Lavalle, donde pescaban y cosechaban abundamente trigo, entre otras actividades que proveían su sustento. Pero esa mirada, demasiado simplista tal vez, no puede desmerecer el enorme aporte de las familias y los emprendedores que se afincaron a fines del siglo antepasado y durante la mitad del siglo 20, convirtiendo a Mendoza en un polo vitivinícola y frutihortícola de enorme potencial.
El vino, a su vez, cuando los bodegueros se dieron cuenta de que había que “asomarse al mundo” apostó a la calidad. Y subió la vara para poder competir. Los resultados fueron más que favorables. Mendoza es una de las grandes capitales mundiales del vino y el enoturismo (o turismo derivado de nuestra emblemática bebida) creció, con los vaivenes propios del dólar (que atrajo en especial a norteamericanos y europeos).
La belleza de la “ciudad bosque”, herencia del sistema de irrigación rural en cuadrículas, y las propuestas, las imponenetes bellezas de la montaña y un poco de nieve, aunque limitadas, fortalecieron el combo y traccionaron otras actividades que también se desarrollaron en cantidad y calidad, en especial la gastronomía y la hotelería, entre otros servicios.
Pero ese modelo está empezando a tocar su techo. O “no alcanza para seguir creciendo”, como bien lo definió días pasados el gobernador Alfredo Cornejo. Por eso aparecen las apuestas a la energía (parques eólicos y solares), el petróleo (reasignado operadores en los pozos en vías de agotamiento) y la minería, claro, ese mito que podría sacarnos del estancamiento que la economía provincial viene repitiendo desde hace ya casi 15 años. Cornejo se ha acordado también de la ganadería, otra de las industrias rezagadas de las “tierras bajas”, asignando recursos a los desastrosos caminos ganaderos.
“La Barcelona del interior del país” (como dicen que le llamaba Domingo Faustino Sarmiento) necesita volver a crecer. Pero le cuesta decidir. Y se llena de peros y preguntas: apostemos a la minería pero cuidemos el agua; expandamos la ciudad pero sin resignar ricos suelos aptos para las vides y otros cultivos; poblemos el pedemonte pero no ovidemos que es una zona de transición que escurre agua de la montaña y no podemos tapizarla de cemento; cobremos la plata de Portezuelo del Viento pero veamos primero dónde la vamos a invertir. Sobre todo, habiendo tantos interesados en hacer sus negocios…
Como buenos hombres y mujeres del desierto, vamos administrando la escasez, que por ahora se compensa con anuncios oficiales, promesas de inversión y avances puntuales. Al fin de cuentas, todos queremos una Mendoza más próspera, con menos chicos malnutridos, menos delitos en las calles y menos adolescentes pensando que tienen que emigrar para ser felices. Total, cabrito asado se puede comer en otras partes del mundo.


