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Amargo sabor: consumir café descartes es muy peligroso para la salud

Nunca es tarde para aprender a preparar y saborear una buena taza de café especial. Por Iván Nolazco, escritor, periodista, catador de café. Especialista en agregado de valor y franquicias.

Llega muy relajada al supermercado que está camino al dique de Ullúm, en San Juan. Observa cuidadosamente la góndola donde se hallan varias marcas de café en grano. Quiere pasar café, el mejor posible, aunque sea el mismo de siempre, pues en esta parte del mundo no se encuentran muchas opciones. Por lo general, se trata de cafés brasileños descartes (lo último de la cosecha), con más de cuarenta por ciento de humedad, que se sobretuesta para eliminar el exceso de bacterias, hongos y mohos. Andrea no es la mejor en la preparación de una buena taza de café, pero está convencida de que con unos buenos complementos podría mejorar su performance.

Ella se siente cómoda con una sola manera de preparar café en sus veinte años de convivencia. Café negro tostado con azúcar, molido fino, vertido en una prensa francesa, a la que agrega una cucharada de sal y agua caliente. Luego hace presión hasta obtener una bebida totalmente negra y muy amarga a la que bautizó «torrado».

Estaba en plena molienda cuando apareció Ramón en la cocina. Como todos los sábados, vendrían a desayunar sus hijos Francisco y Lautaro, que ya vivían solos. Tras algunos entredichos, Ramón le dijo que se irá de la casa y que no podría estar en la reunión. Ella sabe que nada habría cambiado si Ramón hubiera dejado su determinación para después del desayuno.

Andrea escoge una bolsa de café y un kilo de azúcar rubia. Las pone dentro del carrito junto al pan casero, los huevos y el jamón ahumado que tanto le gusta a Ramón. Se estaba olvidando de llevar las semitas caseras, que son las preferidas de Francisco y Lautaro. Recuerda que Ramón siempre se toma el tiempo de revisar cada producto, puesto que en ese supermercado ya le había pasado anteriormente encontrar productos vencidos. Revisa cada empaque que se encuentra en el carrito y levanta un pote de yogur. Se percata de que ya había expirado. Piensa en Ramón y suspira.

Va hacia las líneas de caja y busca una que se halla con más hombres en fila. Sabe que estos no demoran tanto en escoger y llevan solo los productos necesarios. Por eso sus carritos pasan más rápido que los de las mujeres.

Ramón era muy rápido cuando hacían compras. A Andrea siempre le faltaban cosas que llevar, pero debía ir al ritmo e impaciencia de Ramón. Ella jamás le ha reclamado por eso. No ha protestado en sus veinte años de convivencia; él tampoco hasta esa mañana. Aunque lo de Ramón no fue un reclamo, solo le informó. Lo dijo, pero no le pidió nada. Le hubiera convenido hacer un pedido, pero no fue así.

Al fin comienza a descargar su carrito en la caja número veintinueve, una coincidencia que la hace sonreír: es el mismo número del día del cumpleaños de Ramón. Mira su reloj, y aunque perdió mucho tiempo en limpiar la cocina, los chicos no irán hasta pasadas las doce.

—¿Y ahora cómo le digo a los chicos? —le preguntó a Ramón.

—Yo les voy a explicar después.

—Sí, claro, Ramón. Después… ¡todo después!

Pero, antes, Andrea tendría que enfrentarse a los muchachos. Estaba obligada a explicarles cada una de sus preguntas del porqué él ya no estaba en casa. Le pidió que, por favor, se fuera después del desayuno, pero él respondió que no, que ya tenía todo preparado.

Durante los entredichos, ella estaba confundida, pero serena. Tranquila hasta cuando Ramón agregó que lo estaba esperando otra mujer. En ese momento su mirada cambió. Ella quería saber el qué, no le importaba quién era la mujer. Solo quería saber el qué y el cómo. Preguntó y él respondió con lo de siempre: que el amor se terminó, que la costumbre termina por asfixiar el amor. Pero Andrea refutó:

—¿Qué cosa hice mal? ¿Qué te hizo alejarte?

Pero no obtenía respuesta alguna, por eso siguió insistiendo por el qué. Ante su silencio, lo tomó fuerte del brazo y siguió indagando por el qué.

—¿Qué? ¡Qué hice!

Ramón, irritado por la insistencia, respondió para que lo dejara ir:

—No soporto el café que preparas. ¡Es un asco! Está sobretostado, amargo, salado… No tiene cuerpo ni aroma. Parece un concentrado pantanoso de agua sucia maloliente.

Andrea sintió un profundo dolor en el corazón. Esas palabras fueron la gota que colmó su paciencia. Quería desaparecerlo, y aún tenía en sus manos la prensa francesa de acero quirúrgico que compraron en un viaje a Mar del Plata, a la cual le estaba agregando cuatro cucharadas de café y una de sal.

Paga la cuenta, se despide de la cajera, mete las cosas en las bolsas y va a buscar su auto. En un primer momento no puede recordar dónde lo estacionó, pues está inquieta. Claro que se halla inquieta. Debe regresar a casa a terminar de preparar el café, hornear las semitas, hacer los huevos revueltos para el desayuno… y contarles a los chicos que Ramón se había ido para siempre de la casa.

Al fin logra ver las luces parpadeantes del Volkswagen Bora blanco. Abre la puerta y carga todas las compras en el asiento de atrás. Sube al auto, enciende el motor y ve en el tablero el testigo de los frenos encendido. Sonríe porque recuerda que Ramón no podía ver nada extraño en su auto; era un maniático de los detalles y controlaba al milímetro todo lo concerniente al sonido y sistema eléctrico. El estéreo con la música preferida de Ramón se enciende y ella acelera camino al dique de Ullúm. Mientras en los parlantes y subwoofer se escucha los acordes musicales de «Y sin embargo te quiero», la canción preferida de Ramón.

Los nervios la invaden y sin querer se sale de la pista por un instante; descontrol suficiente para que una patrulla de la Policía que estaba por la carretera le ordene detenerse. Ella detiene rápidamente el auto. Luego lo parquea a un costado de la vía y se apresura a bajar. De pronto se percata que unas gotas de sangre caen del maletero. Se trata de la sangre de Ramón.

Andrea recuerda, como saliendo de un mal sueño, que en el momento más intenso de los entredichos le había propinado un fuerte golpe con la cafetera. El impacto de acero le había roto la cabeza y, al caer Ramón, se había desnucado.

Resignada, pisa las gotas, mientras el policía la mira fijamente, y le dice que había terminado. Ella está a punto de confesar, pero el agente la interrumpe:

—Gracias a usted, profesora, terminé la secundaria.

Andrea lo mira y reconoce a su alumno. Era del turno noche de la escuela Domingo Sarmiento. Ella se disculpa y sonríe. El agente le indica seguir con cuidado. Se despiden, y ambos siguen su camino, pero ella, a diferencia de él, arrastra un amargo sabor en la boca.

Los sucesos y personajes referidos en este relato son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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