Christian SanzMendoza en foco

La pesadilla de una abuela mendocina de 93 años que no puede ver a sus nietos por una falsa denuncia

El derrotero de Olga Domínguez, que expone la perversidad de un sistema que no da para más.

Christian Sanz
Christian Sanz

“Lo único que quiero es volver a ver a mis dos nietos antes de morir”, dice Olga Domínguez, cuyos 93 años porta con envidiable lucidez y, por qué no, hidalguía.

Su derrotero arrancó hace cinco años, en julio de 2019, a causa de una serie de denuncias falsas que le hicieron a su hijo. Y que derivaron en que perdiera contacto con los vástagos de este último, a partir de ese mismo momento.

En realidad, tuvo una última chance el 12 de noviembre de 2019, cuando logró que le otorgaran una reunión con los pequeños, con la intermediación de un mediador llamado Alberto Romano.

“Me dieron una reunión de conciliación donde estuvieron los chicos y la madre, donde me maltrató. No la pasé bien”, explica Olga a Diario Mendoza Today. Con la voz quebrada por el dolor, que siempre es elocuente.

Como se dijo, la trama arranca a mediados de 2019, cuando el hijo de la mujer, Pablo, fue víctima de una denuncia por presunta “violencia psicológica y económica”, que derivó luego en otra presentación, por violencia contra sus chicos, refrendada ante el 5to Juzgado de Familia de Mendoza.

Lo curioso es que a los menores, que hoy tienen 12 y 15 años, jamás les hicieron la pertinente Cámara Gesell, peritaje que permitiría desentrañar la verdad de la cuestión.

Más aún: el Ministerio Pupilar de Godoy Cruz dictaminó a favor de la revinculación del hombre con sus hijos, bajo argumento de que no había indicios de violencia. Sin mencionar que la ley 24.270 penaliza a quien impide u obstruye “el contacto de los menores de edad con sus padres no convivientes”.

A pesar de todo ello —y hay mucho más—, el tiempo pasa y Pablo no logra volver a ver a sus vástagos. Tampoco su madre. Ni ningún otro integrante de la familia.

Básicamente porque su ex mujer logró bloquear por completo —y aislar— al núcleo familiar paterno. Lo hizo gracias a sus contactos de alto vuelo, que llegan hasta la Suprema Corte de Mendoza.

Ella es una conocida escribana, hoy en pareja con el jefe del Registro de la Propiedad, quien busca ocupar el lugar de Pablo, incluso llevando a sus hijos al colegio, a pesar de que no debería poder hacerlo. Se trata de la ostentosa escuela Rainbow, proclive a este tipo de escándalos.

Los nombres que aparecen en la trama son de profunda relevancia: la suprema Teresa Day e incluso la cuestionada Andrea Maturana, complicada por el escándalo de los audios del Consejo de la Magistratura. Habladurías, diría Carlos Pagni.

Como sea, lo relevante es que Olga hoy en día no puede ver a sus nietos. Aún cuando alguna vez un oficial de Justicia se sinceró ante su presencia: “Señora, usted tiene derechos”.

Pero a la mujer sólo le gana la impotencia, y sólo ostenta el recurso de las redes sociales, donde sabe postear mensajes dedicados a sus nietos. Uno de ellos lo publicó hace unos meses:

“Querido Máximo, hoy es tu cumpleaños, apagamos las velitas con tu papá y los obreros de la imprenta, cantando el feliz cumpleaños. No si algún día tendré la felicidad de volverte a abrazar. Sino consigo cumplir con este sueño, quiero dejarte una reflexión basada en lo que decía Hipócrates el padre de la medicina ‘lo primero es no hacer daño’. Aplicado al diario vivir convertiriamos este mundo en un lugar de felicidad para todos. Son mis deseos de que logres en tu mundo ser feliz y convertirte en un hombre de bien. Recuerda ‘Nunca hacer daño a nadie’. Con todo el amor de tu abuela Olga”.

Continuará…

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