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Los muertos en el placard de Vladimir Putin

El líder ruso parece ostentar su incontinencia criminal, decidiendo asesinatos que llevan su firma de autor. Por Claudio Fantini, revista Noticias.

Todos los zares ordenaron crímenes políticos, pero Iván IV Vasilievich fue el mayor exponente de la criminalidad en la Rusia zarista. Por eso lo llamaron “el Terrible”. Todos los líderes soviéticos, con la posible excepción de Gorbachov, ordenaron crímenes políticos, pero Stalin fue la mayor expresión de la criminalidad del totalitarismo comunista.

Entre las últimas décadas del siglo 20 y las que van del 21, muchos líderes mundiales habrán ordenado asesinatos, pero nadie puede disputarle a Putin la imagen de asesino serial.

Saddam Hussein era un psicópata que disfrutaba ordenar asesinatos y, como su hijo Uday, también gustaba hacerlo con sus propias manos. Pero hasta este sanguinario dictador iraquí trataba de cuidar las formas ante el mundo, salvo que se tratara de masacrar chiitas y kurdos. En cambio Vladimir Putin ostenta sus asesinatos.

La pregunta no es si el presidente de Rusia mató a su archi-enemigo Alexei Navalny. La pregunta es por qué ordenó un crimen que llevaría su firma de autor. Con la larga lista de personas que lo desafiaron y terminaron envenenadas, acribilladas a balazos, cayendo de edificios y en aviones privados que se vienen a pique, si algo no debía pasarle al su principal desafiante es morirse. Sin embargo, murió.

Por cierto no le entregaron en tiempo y forma el cadáver a la familia ni hubo garantías para una autopsia creíble. La madre del disidente convertido en mártir viajó hasta la prisión siberiana, pero no logró ver el cadáver de su hijo. Le negaron el derecho que no se le niega a nadie. Lyudmila Navalnaya encarnó lo que representó Antígona  reclamando ante el rey Creonte el cuerpo yermo de su hermano Polinice, en el drama escrito por Sófocles.

Si no hubiera sido un asesinato ordenado por Vladimir Putin, el autor de ese crimen presentado como “muerte súbita” sólo podría ser un enemigo visceral del jefe del Kremlin, que asesinó a Navalny para que el mundo tenga uno motivo más para considerar a Putin un asesino serial.

Pero un enemigo del presidente ruso no tiene posibilidad alguna de cometer un crimen en la cárcel remota del círculo polar ártico a la que llaman “Lobo Siberiano”. Navalny estaba exclusivamente al alcance de la mano del déspota que impera sobre Rusia y de él era la decisión de proteger esa vida de la que dependía su imagen ante el mundo y la historia, o volver a dar rienda suelta a su incontinencia criminal.

La pregunta sigue siendo por qué Putin decidió una muerte que sólo él podía decidir, sabiendo que, aunque no puedan decirlo, no hay rusos que crean que el mayor exponente de la disidencia murió de forma natural, y también sabiendo que ningún gobernante del mundo dudaría un segundo de su autoría. Lo cual se verificó de inmediato, porque antes de que el cuerpo del nuevo mártir se enfriara, cientos de dedos acusadores en Rusia y en el mundo apuntaban hacia el Kremlin.

Si Navalny tenía más de tres décadas de encarcelamiento por delante ¿por qué decidió matarlo? Esta pregunta está ligada a otra: por qué Navalny decidió regresar a Rusia desde Alemania, donde le salvaron la vida del envenenamiento con Novichoc que había sufrido en Siberia, también por orden de Putin, sabiendo que quedaría al alcance del verdugo que tres veces lo hizo atacar con agentes químicos.

La decisión de ese abogado que denunció gigantescos casos de corrupción en la cúspide del poder, equivalió a un suicidio. Sabía, y lo dijo muchas veces, que Putin podía intentar matarlo, lo que sin dudas lograría fácilmente estando al alcance de su mano.

Lo único que podría detenerlo es la certeza de que todos los rusos y los gobernantes del mundo le atribuirían esa nueva ejecución de un disidente. Incluso sus aliados o los que, por negocios con el gigante euroasiático, prefieren guardar silencio. No hay forma de creer, realmente, que el avión de Progozhin se descompuso en pleno vuelo y que Navalny murió por síndrome muerte súbita, como afirma el informe oficial.

La estadística de disidentes muertos señala al jefe del Kremlin con exactitud inequívoca.
Si Putin fue capaz de asesinar a quien había sido un amigo y socio, como Yevgueny Prigozhin, a quien no le perdonó la rebelión del Grupo Wagner contra el generalato, mucho menos le costaría ordenar la muerte del disidente que le hizo las más graves acusaciones y que se había convertido en su más poderoso enemigo.

Las sospechas de que Putin elimina a sus enemigos asesinándolos, comenzó con las muertes de los diputados liberales Boris Golovliov y Serguei Yushenkov. Tomó forma de certeza cuando balearon a la periodista Ana Politkovskaya, envenenaron con un agente radioactivo al ex agente de inteligencia Aleksander Litvinenko y apareció ahorcado el “oligarca” Boris Berezovski.

Con las muertes de Prigozhin y Navalny ya no existe ningún margen de duda. La certeza es absoluta. Salvo que Putin contenga una maldición como la de los tesoros de los faraones en las pirámides, cuyos ultrajadores morían por un designio misterioso.

Si el presidente ruso eligió cometer un crimen que inexorablemente se le sería adjudicado, en lugar de dejarlo encarcelado e inhabilitado para competir en elecciones y seguir investigando la corrupción del poder, es porque la alternativa le parecía más peligrosa.
¿Qué peligro podría representar Alexei Navalny en prisión? Convertirse en una versión rusa de Mandela.

Aquel líder sudafricano venció al poderoso régimen racista de la minoría blanca desde una cárcel donde pasó casi tres décadas. Fue en la celda 466/64 de la prisión insular que está frente a Ciudad del Cabo donde el abogado y dirigente del Congreso Nacional Africano, Nelson Mandela, se convirtió en un gigante invencible para el apartheid. Eso es lo que podría haber ocurrido con el abogado moscovita que, en una inmolación heroica, decidió regresar desde Alemania, donde estaba a salvo, para luchar en territorio ruso contra un déspota que en el poder se convirtió en asesino serial.

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