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Roberto Zaldivar repasa su fascinante historia: “Regresé a Mendoza con 500 ideas nuevas para trabajar junto a mi padre”

De regreso de Washington DC, donde fue distinguido con el premio Roger Steinert, habla de su vida y sus pasiones. Y también de sus pacientes famosos: desde Susana Giménez hasta Brad Pitt.

Su destino estaba escrito. Sin embargo, Roberto Zaldivar asegura que su vocación despertó de manera natural: nació y creció entre los principales miembros de la comunidad oftalmológica internacional. Hoy, a los casi 65 años, medio siglo después de haber pisado por primera vez la Facultad de Medicina de la UNCuyo, en Mendoza, asegura que jamás se sintió forzado a continuar el legado de su padre y revive parte de su historia. “Si yo crecí en medio de todo esto…”, insiste.

De hecho, llegó al mundo mientras Roger, su padre mendocino, un médico adelantado para la época, realizaba una maestría en la prestigiosa Universidad de Yale, situada en New Haven, Connecticut.

Roberto fue único hijo de Roger Eleazar -el nombre completo, de origen catalán- y de María Riviére, administrativa de un hospital. Se enamoraron en esos pasillos mientras él estudiaba en la UBA y luego daba sus primeros pasos como médico. Se casaron apenas surgió la posibilidad de partir a Estados Unidos y regresaron cuando Roberto tenía menos de dos años.

“La Universidad de Yale está a la altura de Harvard, de modo que mi padre volvió a su Mendoza natal con grandes innovaciones, trajo el primer láser de rubí de América Latina, creó el banco de córneas del país y el Instituto Zaldivar. De manera simultánea se dedicó a la docencia toda su vida. Fue una persona muy reservada, casi parca, al igual que yo, pero después entendí que estuvo siempre muy ocupado, por eso mi madre, una mujer a la que jamás vi enojarse, se encargaba de las relaciones sociales. Crecí en la clínica y me convertí en la mascota de grandes especialistas en la materia, ya que lo acompañábamos a viajes, charlas y congresos a lo largo del mundo”, relata, recién llegado de Whashington DC, donde recibió días atrás uno de los reconocimientos más importantes de su carrera: es el primer extranjero distinguido con el premio Roger Steinert, de la Sociedad de Cataratas y Cirugía Refractiva de los Estados Unidos (ASCRS). Se trata del mayor reconocimiento de la oftalmología en el país del norte, y antes de Zaldivar lo habían recibido solo cuatro profesionales, todos ellos estadounidenses.

Con su marcada tonada cuyana, todavía emocionado, confiesa: “Fue la primera vez en mi vida que me sentí estresado por recibir un premio y también primera vez que me acompañaba mi familia completa. No sé por qué tantos nervios, tal vez porque conozco a quienes decidieron otorgármelo, verdaderas eminencias”.

-Roberto, ¿cómo hizo para ingresar a Medicina con 16 años y graduarse a los 22?

-Charlando con un amigo en el penúltimo año de la secundaria, en el Colegio de los Hermanos Maristas, se nos ocurrió rendir libre quinto y pasar directo a la universidad. Además, había entrado con 5 años a la primaria. Insisto, todo resultó natural. Cuando era estudiante muchos creían que ya trabajaba como oftalmólogo, para todo el mundo era un especialista.

-¿Se especializó fuera del país al igual que su padre?

-Así es, finalicé la residencia y enseguida apliqué para una beca sobre prevención de la ceguera en Boston. Por entonces ya estaba de novio con mi esposa, Stella Gaibazzi. Recuerdo a dos grandes maestros, Paul Chandler y Richard Simon (al primero de ellos se le debe el nombre de Síndrome de Chandler a un diagnóstico ocular), que me dieron cuatro días libres antes de iniciar un entrenamiento muy riguroso. Entonces llamé a Stella para pedirle que viajara y nos casáramos. Así lo hicimos. La celebración fue en casa de Simon, en las afueras de Boston, y los únicos invitados de la Argentina fueron mis padres y un amigo, porque los suyos no tenían la visa.

-¿Qué pasó después, cuando terminó la beca?

-Regresé a Mendoza con 500 ideas nuevas para trabajar junto a mi padre. Le cambié la cabeza. Ojo, él era un innovador, pero conmigo inició una etapa nueva, la de la cirugía refractiva, una operación quirúrgica diseñada para reducir o eliminar la dependencia de artículos ópticos correctivos de los pacientes. Fue un esfuerzo muy grande desarrollar esas ideas y así lo hicimos durante años en el Instituto que él había fundado.

-¿Tiene otras pasiones fuera del quirófano?

-Soy un apasionado de mi profesión y también de la Arquitectura. Me involucré muchísimo a la hora de diseñar el lugar donde íbamos a trabajar (una antigua casona enclavada en la emblemática avenida Dr. Emilio Civit). Nos llevó cuatro años crear la casa que soñamos.

-¿Nunca fantaseó con radicarse fuera del país?

-De alguna manera hice lo mismo que mi padre, que se capacitó afuera pero eligió su país. En cambio, su hermano, mi tío, también médico, nunca más regresó.

-Es curioso que, en un país tan centralizado como el nuestro, se haya establecido en Mendoza. Dicen que Dios está en todas partes pero atiende en Capital… ¿Tampoco evaluó establecerse en Buenos Aires?

-Yo tengo mucha afinidad con Mendoza y muy paciencia para sortear tantas distancias como sucede en Buenos Aires. Por lo tanto, no me gusta invertir demasiado tiempo para llegar a mi trabajo. Cuando llegué del exterior y fue momento de expandirnos, resultó un desafío hacerlo en un lugar que no era ni el Primer Mundo, ni Buenos Aires. Pero nunca me arrepentí. Hoy demoro 10 minutos en llegar de mi casa al instituto. Viajo todas las veces que quiero a Buenos Aires, donde tenemos dos clínicas y la fundación Zaldivar.

-Roger, su hijo, sigue sus pasos. Ya se puede hablar de una dinastía Zaldivar en la oftalmología.

-Sí, Roger también es oftalmólogo, está a cargo del instituto en Mendoza y viajó conmigo a Whashington para participar de conferencias de innovadores de edades intermedias. Es un privilegiado y fue clave el acompañamiento de mi padre en su carrera, le enseñó muchísimo. Cuando Roger se estaba formando yo estaba muy ocupado y mi padre fue su guía incluso hasta 2008, cuando murió. A los 90 años se fue con una gran lucidez. Mi hija Mercedes es abogada aunque no ejerce, me ayuda en Buenos Aires.

-¿Cómo nace la fundación?

-Fue una idea de mi padre que surgió en los años 90 debido a la gran cantidad de pacientes que recibíamos sin cobertura médica, con cero recurso. Se hizo enorme. Hoy, junto con las clínicas, tenemos alrededor de 200 empleados.

-¿Qué les diría a los jóvenes profesionales que emigran al extranjero en busca de un futuro mejor?

-No los culpo, porque a veces no están dadas las condiciones para ejercer y desarrollarse en nuestro país. Los problemas nos superan. Sin embargo, felicito a aquellos que eligen permanecer en la Argentina para triunfar”.

-De acuerdo a su experiencia, ¿cuál diría que es la base del éxito?

-Formar equipos de trabajo de excelencia, profesionales entrenados, esforzados y capacitados. Ningún resultado sería favorable de no ser por el gran equipo que logramos formar.

-¿Qué sintió al recibir el premio en reconocimiento a sus “significativas contribuciones a la cirugía refractiva”?

-Como dije antes, nunca había sufrido tanto y, al mismo tiempo, me di cuenta de la importancia de ser el primer extranjero en obtenerlo, algo que ya nadie me lo puede quitar. La entrega fue durante la primera jornada del congreso, con miles de colegas presentes. Fue emocionante. Cuando llegó el momento de mi presentación me sorprendió un video con toda mi historia profesional, además de fotografías que ni siquiera sabía que existían. Recién allí, en ese preciso instante, pude saborear la recompensa.

Zaldivar, que ya había sido incluido en la lista de los 100 oftalmólogos más influyentes del mundo de The Ophtalmologist, una selección por votación entre pares que es la elite absoluta de esa ciencia a nivel mundial, responde con pudor cuando se le pregunta sobre sus pacientes más conocidos. “Operé mujeres de presidentes y presidentes. Pero no me pregunte quiénes, si ellos no lo han dicho –se excusa-. De la gente conocida, es muy público, a Susana Giménez. El más trascendente, por la época, fue Bernardo Neustadt. Cuando se hizo acá la película Siete años en el Tíbet, vino a consultarnos Brad Pitt. Era miope. Y también vino la que era su mujer, Gwyneth Paltrow, que hablaba español”.

Las tres generaciones de oftalmólogos Zaldivar: Dr. Roger Eleazar (sentado), Dr. Roberto Zaldivar (parado, izquierda) y Dr. Roger Zaldivar (derecha)

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