Investigación

9 de Julio: ¿Qué debemos festejar? ¿Debemos festejar?

De valores devaluados, hipocresía y otras yerbas. Por Christian Sanz, desde la redacción de Diario Mendoza Today.

Christian Sanz
Christian Sanz

Cada cosa representa, ni más ni menos que lo que es. Nunca escuché una frase tan idiota. Aunque tampoco escuché nunca una frase más brillante.

Pareciera que en estos tiempos muchas cosas dejaron de ser lo que eran. Es que, hemos olvidado con el paso del tiempo cual es el verdadero sentido de ciertos principios.

Las cosas tienen un valor intrínsico o fiduciario. Algo es intrínsico toda vez que su valor propio es igual al valor que representa, por ejemplo una moneda de oro que vale por peso propio. El valor fiduciario tiene que ver con el valor supuesto de las cosas, por ejemplo, un billete que no vale por el papel con el que está hecho, sino por la confianza que se deposita en él.

Gran parte de las cosas que existen en este mundo sólo tienen valor fiduciario. Y, como un innegable reflejo de la decadencia de este mundo, muchas cosas van perdiendo su valor intrínsico. La “palabra”, por caso, ha dejado de tener el valor que solía poseer.

En algún momento perdido de la historia, no existían los pagarés, ni los cheques, ni los contratos, ni los recibos de nada. Todo bastaba con la palabra. Uno se comprometía a algo y lo cumplía. No por temor ni por presión de nadie. Sólo por cumplir lo que uno había prometido. Uno había dado su palabra.

No sé si el mundo era mejor en esos días y desconfío de aquellos que aseguran que sí lo era. La verdad es que poco importa si el pasado fue mejor o peor. De hecho creo que, si antes las cosas eran mejores, no se debió solamente a la confianza que existía en esos días.

De todos modos, lo cierto, es que las cosas han ido cambiando. Las palabras pierden sentido a fuerza de repetición. Si decimos algo una y otra vez, llegará un momento en que ese algo nos sonará vacío.

Es entonces que nos damos cuenta de que muchas cosas tienen poco de análisis y mucho de reiteración.

Decimos frases hechas, que ni siquiera sabemos muchas veces qué significan. Hablamos de valores que no tenemos y damos cátedra de experiencias personales que sabemos que son intransferibles.

Luego nos quejamos de los políticos y otros “referentes” que no cumplen con lo que dicen, o que nos dicen lo mismo desde hace más de cincuenta años.

Ni siquiera nos damos cuenta —o no queremos hacerlo— de que ellos son un reflejo de nosotros mismos. Obviamente en un nivel elevado a la enésima potencia. Y en ellos vemos valores que parecieran ser selectivos. En algunas de sus actitudes, los justificamos, como si fuera lógico que ellos hicieran cosas malas.

Siempre escucho en conversaciones de café cómo se justifica a la clase política cuando comete algún delito, como si fuera esto inevitable.

-“Y… ese tipo roba pero por lo menos hace cosas”, dicen algunos. Están realmente equivocados los que dicen eso. Yo nunca vi que una maestra le robara a un alumno. Y me consta que esa maestra cobra diez veces menos que un diputado. Los valores han pasado a ser, lamentablemente, sólo una palabra más.

Existen en este mundo mil cosas que no están escritas en ningún lugar —por suerte no lo están— y que no deben asumirse jamás como verdades de vida.

Muchas veces evaluamos a las personas por algo casual que vemos en su comportamiento de un sólo momento. Y creemos que esa persona es solamente lo que vimos de ella ese instante.

Eso se llama “prejuicio” y es uno de los peores males de la idiosincracia de los ignorantes. Lo triste es que es algo contagioso.

Los valores de las personas sólo pueden ser evaluados en un conjunto de gestos. Y siempre debemos medir a esos gestos con la mayor objetividad posible.

No sé en qué momento se perdió eso, pero debemos pelear cada día para recuperarlo.

Los valores no están escritos en ningún libro ni se pueden encontrar en ninguno de los documentales de canal Infinito.

Los valores no están en ninguna de las palabras vacías de esas recurrentes charlas de café.

Los valores simplemente se contagian. Se sienten como el comienzo de la incubación de un virus. Y se incorporan a nuestro ser como el perfume de esa chica que nos gusta.

Los valores son, en definitiva, los que marcan la diferencia entre aquellos que quieren mejorar el mundo y aquellos que no nos dejan vivir.

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