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“Un médico rural debe saber que trabaja en la adversidad”: el reto constante para salvar vidas en Malargüe

Falta de tecnología, caminos llenos de nieve, distancias largas y muchas situaciones particulares ofrecen desafíos permanentes a Francisco Pinol, un médico rural que se enamoró de su actividad, que hoy se celebra en la Argentina en honor a Esteban Laureano Maradona. “Te enamorás o la dejás”. A la hora de atender a una embarazada debe ser clínico, ginecólogo y pediatra, esa es su mejor definición de su ardua labor.

Aunque Francisco Pinol supo desde siempre que la medicina rural era su vocación, la verdadera prueba de fuego la sorteó varios años después de egresar de la Universidad Nacional de Cuyo. Sucedió poco después de afincarse en Agua Escondida, una pequeña población de Malargüe, al sur de Mendoza, para curar a enfermos en medio de la nada, sin Internet, con caminos intransitables, escasos insumos y pobreza extrema.

La fecha la tiene fresca en la memoria: 8 de abril de 2013. Era el nuevo médico rural de la zona y aquella mañana salió de recorrida, tempranísimo, en su antigua Chevrolet S 10 de doble cabina que había adquirido meses antes.

“De pronto, a lo lejos, observé un hombre en medio del paisaje árido y helado. Detuve la camioneta sin entender qué sucedía y lo vi golpeado, desorientado. Resultó ser un empleado de Anses, de nombre Rubén, el único sobreviviente de un accidente fatal ocurrido un rato antes. Dos de los cuatro miembros de esa comitiva que relevaba los puestos murieron en el acto y el restante quedó en el lugar, inconsciente. Para pedir ayuda, emprendió la marcha y transitó varios kilómetros… pero para el lado equivocado”, evoca el doctor “Pancho”, como le dicen en Malargüe ante una imperdible entrevista del portal Infobae.

“Lo cargué y salimos volando rumbo al lugar del accidente, varios kilómetros al sur, en un lugar desolado llamado Pampa de los Pajaritos. Uno de los fallecidos yacía inerte a la vera del camino y el otro, mucho más lejos. Con lo poco que tenía atendí al paciente que aún respiraba y partimos a La Salinilla, donde había radiollamada”, rememora ante el mismo sitio y cuenta que aún hoy, a falta de buena señal de Internet, todavía muchos se comunican con ese sistema.

La historia no tuvo un final feliz. Pancho subió a la ambulancia y acompañó a los heridos hasta el Hospital de Malargüe, a 200 kilómetros, donde aquel paciente finalmente falleció y sólo Rubén logró salir adelante.

Pasaron nueve años y es la primera vez que lo cuento. Me costó mucho superar aquella primera ´bofetada’, pero siempre me repetía lo mismo, que para eso me había formado”.

Pinol, casado y papá de cinco hijos, nació en Santiago de Chile el 9 de abril de 1975, aunque a los seis meses su familia se radicó en Mendoza. Su primera experiencia como médico de familia fue en Las Coloradas, una pequeña población en el sudoeste de la provincia de Neuquén con apenas 400 habitantes.

En 2012, tentado con lo mucho que había por hacer en su provincia, se radicó en Agua Escondida. El trayecto desde Mendoza –casi 500 kilómetros—los cumplió en micro y llegó en la más absoluta oscuridad porque la luz suele cortarse muy seguido. Incluso algunos lugareños carecen de luz eléctrica y utilizan grupo electrógeno.

“Estaba tan oscuro que me pasé de largo y terminé bajando a unas cuadras de la sala médica. Siempre digo que mi llegada fue con suerte, porque esa misma noche debuté atendiendo a un niño que iba a ser derivado a varios kilómetros. Al final todo salió perfecto”, evoca.

Para este médico de boina negra y sonrisa pegada a la cara, el trabajo en territorio es esencial para todo médico rural. Al menos a él le permitió aprender muchísimo y ganar una importante experiencia. Hoy se desempeña como coordinador del área sanitaria de Malargüe y tiene a cargo 14 centros de salud. Además, cambió su vieja Chevrolet por una moderna Hilux, mucho más confortable para atravesar caminos difíciles. Según cuenta, la vida que eligió es la que siempre quiso: “Es simple, o te enamorás o te vas. Yo me enamoré y trato de sacar provecho de cada experiencia”.

“Vuelvo a decir lo de siempre: uno puede estudiar, especializarse, pero nadie mejor que el propio paciente para enseñarle a un médico. Es el mejor maestro. Su problema, su situación y su dolor son claves para el fogueo en la profesión”, asegura.

Eso sí, todavía hoy no logra inmunizarse frente a los momentos tristes o a los desenlaces no deseados, situaciones que también suelen ocurrir. “La felicidad que siento cuando logramos algo es infinita y va en la misma proporción que la tristeza que me invade cuando no resulta. Entiendo que todos somos seres humanos y podemos fallar, pero suelo preguntarme si realmente lo di todo”, reflexiona y vuelve a su gente: “Valoro mucho a los pobladores rurales por su espíritu de supervivencia y su capacidad de adaptarse a una vida particular, simple por la falta de sofisticación, pero a la vez compleja. Los puestos no tienen gas natural y la calefacción es a leña, aunque en general todo escasea, hasta el agua”, ejemplifica.

Sus habitantes, relata, conservan costumbres propias del siglo pasado: debido a la falta de tecnología, las novedades del pueblo se comunican a través de una emisora radial, obviamente a pilas. “Sí, parece increíble pero es real. Si alguien recibe visitas, si un niño está enfermo o si alguien tiene un turno en alguna dependencia, la radio lo comunica dos veces al día”, detalla.

También destaca el rol de los agentes sanitarios, muchas veces verdaderos héroes anónimos. Resulta fundamental porque, según dice, representan el verdadero nexo con los pacientes y conocen cada caso como si fueran de la familia. “No es fácil entrar a cada puesto, ganarse la confianza, dialogar. Muchas veces cuando acompaño a los agentes los dejo primero a ellos que entren en clima y recién después entro yo. Hay ciertas reglas tácitas que hacen a la vida del campo”, confiesa.

Malargüe es el territorio más extenso de toda la provincia de Mendoza pero el menos densamente poblado, con 0,7 habitantes por kilómetro cuadrado. Para ejemplificar, señala Pancho ante Infobae, la capital o el departamento de Godoy Cruz tienen 1.400 habitantes por kilómetro cuadrado.

¿Alguna vez pensó en claudicar?

— No. Un médico rural debe saber que trabaja en la adversidad y en medio de situaciones particulares, con todo lo bueno y lo no tanto que eso conlleva. Me radiqué en Malargüe consciente de haría todo lo que iba a poder con lo que iba a tener.

— ¿A qué se refiere?

— Por ejemplo, no puedo indicarle un tratamiento demasiado complejo a un paciente que vive en condiciones humildes y a más de 50 kilómetros de la farmacia más cercana. Sé que no va a ir. Tengo que resolver el problema de manera práctica y con lo que tengo. Hay que ingeniérselas, además, porque la falta de tecnología complica las cosas y a veces los caminos están repletos de nieve. A esto se le suma la burocracia, que siempre está. Pero al desafío de resolver un amplio espectro, distintas patologías, accidentes, estudios, derivaciones y hasta consultas psicológicas, lo tomo como aprendizaje.

— ¿Cómo se sortea el trabajo en un contexto tan difícil?

— Primero, con vocación, aunque también es necesario el equilibrio. Jamás uno puede pensar que una tarea no le corresponde, porque a veces todos tenemos que hacer de todo. Sin embargo, debemos poner un límite y no pedir lo que no es realmente necesario.

— ¿Qué implica ser médico rural?

— El mejor ejemplo es el de una mujer que atendí antes, durante y después del parto. Uno es clínico, ginecólogo y pediatra. También amigo y psicólogo. Ingresar a cada puesto es siempre entrar a una historia nueva signada por el esfuerzo y las carencias. Y es eso lo más valioso, el gestionar los recursos y tener el contacto cara a cara con el paciente. Hoy muchos eligen especialidades más “cómodas”, en ciudades, con acceso a todos los tratamientos. Es razonable.

— ¿Y usted sigue eligiendo esta vida?

—(Ríe) En realidad, ya no tengo edad para dormir en colchonetas en medio del campo, pero la medicina rural me sigue apasionando por muchos aspectos, sobre todo por la responsabilidad que implica. Me acompaña un gran equipo de gente, enfermeros y agentes sanitarios que también vuelcan todo su amor por los pacientes del campo. Siento que le debo todo a la medicina rural y que no me equivoqué.

— ¿Cómo son los puestos y cómo suelen recibirlo?

— Los puestos son casitas muy precarias donde viven las familias en el medio de la nada. Algunas son de adobe, muy humildes, y la visita de los médicos es todo un acontecimiento. Los chicos de esta zona se crían diferente, juegan en los corrales, se divierten con sus cabras… algunos ni siquiera conocen la ciudad. Las escuelas los alberga durante 15 días al mes y el resto estudian desde su casa. Los padres vienen de generaciones de puesteros dedicados a la cría de chivos y no pretenden otra vida. Sus viviendas a veces están tan escondidas que, en muchos casos, hasta se nos hace difícil acceder a nosotros.

— ¿Siguen existiendo egresados de la carrera que estén interesados en la medicina rural?

— Sigo recibiendo alumnos que hacen capacitaciones y de hecho hoy llegar un grupo de Buenos Aires y en su mayoría, no sé por qué, son mujeres. Desde 2015 hemos trabajado con capacitaciones en salud rural para estudiantes argentinos, chilenos y de algunos otros países, como España. En octubre y noviembre recibiremos médicos españoles residentes de medicina de familia que trabajarán en la ruralidad junto a nosotros. Me resulta apasionante y hasta me emociona que los profesionales se vuelquen a esto. Por supuesto, Malargüe es ideal para desarrollar el trabajo territorial dentro de la atención primaria de la salud. Al ser una práctica optativa dentro de la carrera nos ha sorprendido la cantidad de personas que se inscriben. Los cupos de 2021 y 2022 estuvieron completos. Esta rotación tiene una duración de dos semanas de capacitación y el municipio brinda alojamiento gratuito a esos futuros especialistas.

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