Marcelo López Masia

Muchos periodistas sabían del choreo, pero casi nadie se animó a hablar

A fines de abril de 2003 me enviaron a Santa Cruz para preparar un informe para Canal 9 (Hora Clave) sobre el entonces gobernador santacruceño Néstor Kirchner, quién días antes había logrado el segundo lugar en las presidenciales, detrás de Carlos Menem.

Tomé un avión de Aerolíneas Argentinas a las cinco de la mañana y cerca de las nueve había arribado a Río Gallegos. Como ocurre en todo feudo del interior de nuestro país, cada vez que llega un equipo de periodistas de Capital Federal, que tiene la chance de denunciar a nivel nacional lo que los medios locales callan por temor o por dinero, me fueron a recibir al aeropuerto de la capital provincial varios autos y camionetas con maestros, jubilados, empleados estatales y productores agropecuarios.

Durante la semana, me había comunicado con cada uno de ellos para conocer una de las campanas sobre un personaje tan controvertido como el citado primer mandatario patagónico.

La recepción fue muy intensa, casi eufórica. Ideal para disimular el frió tremendo que ya congelaba uno de los Estados subnacionales más australes del país.

Cada historia que me contaban en las mesas del bar del Hotel Santa Cruz, ubicado en pleno centro de la ciudad, se tornaba inaudible. Los “gargantas” llegaban a taparse la boca con sus manos mientras se justificaban arqueando las cejas. “Detrás tuyo nos están escuchando los lupineros”, me advertían.

En apenas cuatro horas, supe que el “Lupo” —Néstor— no era más que un impresentable que se había enriquecido en los peores años de la dictadura militar gracias a “apretar” a pobres inversores de la Circular 1050 dictada por el ex ministro de facto José Alfredo Martínez de Hoz.

Mientras desayunábamos, escuché decenas de historias sobre un gobernador que:

-Había desaparecido mil palos verdes de los Fondos de Santa Cruz.

-Tenía “toton macoutes” que molían a palos y mandaban a terapia intensiva a caceroleros que osaban protestar contra su gobierno.

-Había puesto a dedo como titular del Tribunal Supremo de Justicia provincial a Carlos Zannini, un tipejo con el que se juntaba por las noches en una básica llamada “los muchachos peronistas”.

-Incumplió todas y cada una de las promesas de desarrollo de una provincia con recursos hídricos, oro, petróleo, gas, uranio, carbón y joyas turísticas como el Glaciar Perito Moreno, el Chaltén o el monte Fitz Roy.

-Había designado a los peores tipos en los mejores cargos estatales: Ricardo Jaime, Julio De Vido, el prófugo Claudio Uberti, entre tantos otros.

-Había transformado a la unicameral legislativa en “la cueva de las manos”, ya que los diputados no debatían, sólo se limitaban a levantar sus manos cuando el Führer se los ordenaba.

-Desplazó sin causa a un Procurador como Eduardo Sosa, quién osó investigar a la banda gubernamental.

Estaba abrumado. Había conocido a “tiranuelos” como los Saadi en Catamarca, los Juárez en Santiago del Estero, Miranda en Tucumán, los Romero en Salta o los Romero Feris en Corrientes.

Sin embargo, en apenas cuatro horas me daba cuenta (sin haber sido nunca un genio) que esto era algo distinto, que era mucho peor a lo malo conocido. A las trece, me llamó el productor de Mariano Grondona y le conté lo que había recabado.

“Buscá urgente la otra campana. Queremos una de cal y una de arena. Luces y sombras. Nadie puede ser tan malo” me aconsejó, pensando que mi visión era muy preliminar para ser tan contundente.

Durante los tres días siguientes, intenté en vano hablar con Néstor, Alicia y Cristina Kirchner. Lo mismo me ocurrió con cada uno de los ministros del gabinete provincial.

Tuve que mentir y decir que era de un medio local para que me dijeran dónde se realizaría un acto al que concurriría el “Lupo”. El sitio se llamaba La Horqueta, a unos 50 km de Rio Gallegos. Cuando me vieron llegar, comenzaron a insultarme y a intentar desconectar la cámara Beta con la que trabajábamos en esa época.

Kirchner llegó y no pudo responder una pregunta tan simple como “dónde están los fondos de Santa Cruz”. Hubo revuelo, golpes y terminamos junto a mi compañero en el suelo.

Desde entonces me pregunté: “Si a mí (que tengo una inteligencia absolutamente promedio) me tomó cuatro horas darme cuenta de que el tipo era un malandra, ¿cómo puede ser que tipos inteligentes de verdad hayan tardado tantos años en darse cuenta de algo tan evidente?”.

Desde entonces, me dediqué durante varios años a denunciarlos. Lo hice casi en soledad, con algunas excepciones entre 2003 y 2007 que hoy quiero destacar:

Daniel Gatti, autor de “El amo del feudo”. Fue el primero en denunciar desde Santa Cruz a un tipo tan deleznable como Néstor Kirchner.

Pablo Abiad, autor de “El Club K de la obra pública”. Un joven periodista que contó hace más de una década todo lo que hoy está saliendo a la luz sobre la “Cámara Argentina de la Corrupción”.

Jorge Asís, autor de “La marroquinería política”.

María O’Donnell, autora de “Propaganda K”.

-La revista Noticias, que denunció a los K desde el primer día y sufrió la discriminación publicitaria durante más de una década.

-La revista TXT, del desaparecido Adolfo Castello, que también se animó a denunciar quién era el por entonces gobernador de Santa Cruz.

-El portal Tribuna de Periodistas, primo herman de Diario Mendoza Today, que también se atrevió a contar todos los desaguisados de la corrupción K y se ganó una veintena de juicios por calumnias e injurias por parte del kirchnerismo.

Julio Nudler, el primer censurado de la era K, en diario Página/12.

Para todos ellos, el mejor de los recuerdos a la distancia. El resto de los colegas debería explicar por qué fue tan negligente, indolente, desaprensivo o cómplice.

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