Christian SanzMendoza en foco

Acerca de Hugo Laricchia, la Justicia de Mendoza y la insoportable corrupción local

Hugo Laricchia me sorprende. Siempre. Es un tipo directo y sincero, que siempre dice lo que piensa, sin filtros.

No sé si eso es bueno o malo, no sabría calificarlo, ni me interesa hacerlo, solo lo describo. Sencillamente porque es así.

He hablado algunas veces con él, menos de las que hubiera querido. Y jamás nos hemos visto en persona. Creo.

No comparto algunas ideas que él abriga, pero las respeto, y admito que ostenta una coherencia que pocos ostentan en una provincia como Mendoza.

También le reconozco una gran valentía para enfrentarse a puntuales “molinos de viento”. Sabiendo que hacerlo le cierra muchas puertas a nivel local. Aquellas que siempre se necesitan para meterse en el fango de la política.

Tal introducción es para agradecerle a Laricchia un hilo de Twitter que me dedicó este sábado, de manera inesperada e imprevista, sobre aquel juicio que le gané a un exfuncionario del radicalismo llamado Marcos Nuarte.

Lo relata a través de trazar una analogía entre ese fallo judicial y una historia añeja que refiere al rey de Prusia, Federico II. Imperdible:

Cuentan que una mañana el rey de Prusia, Federico II, molesto porque cierto molino cercano a su palacio de Sans Souci afeaba el paisaje, envió a un edecán a que lo comprara por el doble de su valor para luego demolerlo. Al regresar el emisario con la oferta rechazada, Federico se dirigió personalmente al molino y duplicó su oferta.

El molinero declinó, con tanta amabilidad como firmeza, la tentadora oferta. Ante el desaire, el encolerizado rey se retiró, no sin antes advertirle al campesino que si antes de que terminara el día no aceptaba lo ofrecido perdería todo, pues a la mañana siguiente libraría un decreto para expropiar el molino sin compensación alguna.

Cerca del anochecer, el molinero se presentó en el palacio y pidió ver a Su Majestad. El rey lo recibió complacido. Le preguntó si comprendía ahora lo justo y generoso de su oferta. El campesino se descubrió y, en silencio, le entregó a Federico una orden judicial que prohibía a la Corona expropiar y demoler el molino contra la voluntad de su propietario sólo por satisfacer un capricho del rey. Funcionarios y cortesanos temblaban imaginando la furia que se desataría contra el terco campesino y el temerario magistrado.

Pero, finalizada la lectura, Federico levantó la mirada y dijo: “Me alegra comprobar que todavía hay jueces en Berlín”. Saludó al molinero y se retiró, satisfecho por el funcionamiento institucional de su reino.

Desde entonces, esta frase se utiliza cuando algún juez planta cara a los avances de un poder totalitario y restablece el Estado de Derecho, la separación de poderes y la independencia judicial.

Hasta ahí el cuentito, hoy podemos decir: “Todavía hay jueces en Mendoza”.

Acto, seguido, Laricchia adjunta la nota en cuestión, aquella en la cual relato cómo le gané en la justicia a ese funcionario que me hostigaba por haberlo investigado en el marco de severos hechos de corrupción cometidos por él.

La Justicia no siempre funciona como debiera, pero a veces nos sorprende. Muy cada tanto, pero lo hace.

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