Christian SanzMendoza en foco

La infinita hipocresía del periodismo mendocino

El periodismo en Mendoza es difícil de definir, la mayoría de los medios viven alineados a los poderes de turno y los hombres de prensa que allí trabajan agachan la cabeza cual corderos yendo al matadero. 

Se trata de una hermosa provincia, de enorme gravitación política, pero donde ningún funcionario o exfuncionario jamás va preso. Nunca. Por más que aparezcan pruebas que lo comprometan directamente.

Los jueces y fiscales suelen hacer “acting” toda vez que alguien del poder aparece complicado a nivel judicial. Hacen como que impulsan una investigación, llegan a imputar a los acusados en cuestión pero no más que ello. Nunca esa persona terminará condenada y mucho menos tras las rejas.

Hay una Fiscalía de Estado y un Tribunal de Cuentas en Mendoza, sí… pero son apéndices de los poderosos de turno. Ergo, no hacen nada de nada.

Es lo que explica por qué en Mendoza ocurren las cosas que suceden, con tal impunidad. Por caso, ¿quién está condenado hoy por el vaciamiento del banco emblemático de la provincia, uno de los hechos más graves de la historia argentina?

Los periodistas, salvo honrosas excepciones, acompañan con su silencio cómplice cada acto de corrupción. Ni siquiera ostentan sentimiento de culpa, porque están acostumbrados a hacerlo históricamente.

Lo hacen por diversos motivos: en algunos casos, es por censura, pero en otros es “auto” censura. Es decir, nadie les dice nada pero deciden no hacer olas “por las dudas”. Luego aparece el tópico más incómodo: el temor, la sensación más perniciosa que puede tener un hombre de prensa.

Lo que no entienden esos “colegas” es que terminan siendo parte del mismo engranaje que permite el latrocinio de los poderosos, sea por el motivo que fuere.

Si en la Argentina el periodismo es así de miserable, en Mendoza ello es exponencialmente mayor. Es una provincia donde abundan la complicidad y corrupción dentro de las redacciones. Y ello en fenomenal in crescendo.

Hay dos anécdotas que permiten graficar lo antedicho: la primera ocurrió en 2017 en la redacción del portal Sitio Andino, donde un periodista llamado Leandro Abraham fue despedido sin explicaciones luego de hacer una nota donde mostraba las inconsistencias de las declaraciones juradas de los funcionarios del entonces gobierno de Alfredo Cornejo.

La segunda es la que me tocó en suerte, cuando Diego Gareca, exsecretario de Cultura de Mendoza, también en 2017, censuró la presentación de mi libro Trimarco SA en la biblioteca San Martín, con la complicidad de su directora, Marta Babillón.

En uno y otro caso, la solidaridad de los colegas mendocinos fue casi nula. Abraham recibió dos o tres apoyos tibios. Yo tuve algo más de suerte, porque llegué a los ¡seis!

Lo curioso es que he sido un férreo defensor de muchos de los periodistas que se mantuvieron en silencio en aquellos días, en momentos en los que ellos debieron enfrentar embates de diversa índole.

Ese mutismo es pernicioso, bastardo y encubridor, más aun cuando proviene de un periodista. Es el que permite que los justos sean avasallados por los corruptos.

Allá lejos y hace tiempo lo definió tan brillante como brutalmente Martin Luther King: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

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